El Presidente logró sobrevivir a la cumbre de Norteamérica. A pesar de su perorata de ocho minutos (sin dar espacio a la traducción simultánea) acerca de sus muy personales creencias históricas; a pesar del gesto adusto, preocupado, lleno de angustia que evidencian las fotos, lo que reflejaron los medios mexicanos fue una reunión exitosa. Como ocurre con todos esos eventos, es muy difícil saber realmente qué ocurrió en las reuniones privadas, y las públicas estaban ya negociadas. Esperemos que todo bien.
La verdad es que la realidad está alcanzando al gobierno, y a nosotros mismos. En esta semana conoceremos abundante información económica, que nos permitirá tener una mejor idea de lo que ocurre, y que analizaremos en su momento. Hasta ahora, lo que podemos ver es que la recuperación, o mejor dicho rebote, de la caída del año pasado llegó a su fin muy rápido, y se quedó muy corta.
Todas las esperanzas se han cifrado en el Indicador Oportuno de Actividad Económica para octubre, publicado el jueves pasado, que anuncia un crecimiento de 0.6 por ciento contra el dato de septiembre. Lo que no han comentado es que hay una revisión relevante de los datos previos, que confirma una contracción cercana a -1.5 por ciento para el tercer trimestre del año, y que el dato de octubre resulta ser apenas superior al dato de enero. Si ya habíamos hablado aquí de un estancamiento desde marzo hasta septiembre, ahora sabemos que, en realidad, no es de seis meses, sino de diez.
La economía no puede reaccionar porque la gente no tiene dinero, y no consume. Ignoro cómo haya resultado el Buen Fin, y realmente deseo que los comerciantes hayan vendido, pero las cifras previas no son esperanzadoras, como acabamos de ver. El indicador de personal ocupado que calcula Inegi se encuentra en los niveles de 2016, es decir cinco años de rezago, y por eso el consumo no puede recuperarse. De hecho, este indicador empezó a caer en 2019, al menos seis meses antes de que llegara el COVID. Sin duda la pandemia, o más bien el confinamiento, profundizó la caída, pero ésta ya existía, y por eso la recuperación no puede ser total.
En esto también influye la decisión de López Obrador de no llevar a cabo ningún programa de apoyo, ni a empresas ni a personas, y apenas aceptar los créditos blandos del Banco Mundial que no tenemos idea cómo se asignaron. Lo que las cifras muestran es que no ayudaron a la población, de forma general, a sobrellevar la tragedia.
En ese contexto, agravado con una inflación creciente, parece sorprendente que la popularidad presidencial no se derrumbe. Tampoco es que sea extraordinaria. Según la recopilación que realiza oraculus.mx, en los últimos tres meses (en los que se realizaron ocho encuestas) la aprobación presidencial no llega a 60 puntos, frente a poco más de 36 de franca desaprobación, lo que deja un margen de poco menos de 24 puntos. Ahí mismo estaba en la primavera pasada, y en el verano de 2020. No tenemos clara la situación actual porque sólo hay una encuesta en octubre. Veremos cuánto le cuesta la inflación, y el cada vez más complicado crecimiento.
Al respecto, las estimaciones para 2022 me parecen cada vez menos creíbles. En un análisis más detallado (que puede ver en patreon.com/macariomx el próximo fin de semana), apenas logro encontrar un crecimiento de 1 por ciento para el próximo año. ¿La causa? Tres años de ahuyentar inversión, que ya son muchos.
La propaganda, el esfuerzo de los medios, las diarias homilías, no pueden contra un fracaso económico tan espectacular. Ampliamos el viernes.