Fuera de la Caja

Destrucción consciente

Lo más relevante de la información de Inegi es que 2020 rompió una tendencia ascendente en la proporción de personas en clase media (y alta) en el país.

La semana pasada, el Inegi nos informó de la actualización en su medición de la clase media. Se trata de un esfuerzo de investigación iniciado en 2010 (con motivo del libro Clasemediero, de Luis Rubio y Luis de la Calle) que han continuado cada dos años, aprovechando la información que genera la Encuesta Nacional de Ingreso-Gasto de los Hogares (ENIGH).

Como cualquier esfuerzo estadístico, tiene sus detalles, y más cuando se trata de medir un estrato social cuya definición es muy elusiva. Pertenecer a la clase media no es un asunto de ingreso, riqueza o educación, al menos no por completo. Como ya alguna vez comentamos, la proporción de personas que se identifican como clase media supera la que se obtiene utilizando ese tipo de indicadores. En cualquier caso, el comportamiento de la autoidentificación y de los datos ‘objetivos’ parece moverse en la misma dirección, según nos comentaba Alejandro Moreno en estas páginas el viernes pasado.

Lo más relevante, me parece, de la información de Inegi, es que 2020 rompió una tendencia ascendente en la proporción de personas en clase media (y alta) en el país. En 2010, el 39.2 por ciento de la población se encontraba en clase media, y 1.7 por ciento se ubicaba en clase alta. En 2020, estos porcentajes se reducen a 37.2 y 0.8 por ciento, respectivamente. Dicho de otra manera, mientras 45 por ciento de los mexicanos estaba en clase media o alta hace 10 años, el año pasado esa proporción se había reducido a 38 por ciento. El 7 por ciento restante abandonó esos niveles para ubicarse en la clase baja, según las definiciones de Inegi.

Se perdieron 10 años de avance, medido en proporción de hogares, o más que eso, medido en términos de población como lo comentado en el párrafo anterior. Casi 9 millones de mexicanos perdieron la base económica que les permitía aspirar a más, en contra de la voluntad presidencial. Aunque esos datos corresponden al tercer trimestre de 2020, podemos estimar que hoy mismo no hay cambio significativo: desde entonces, el índice de personal ocupado en los sectores económicos de Inegi ha crecido en apenas 1.5 por ciento, el índice de remuneraciones en 1.1 por ciento, y por lo tanto el de remuneraciones medias se ha contraído. Son datos de agosto, y todo indica que para estos días serán peores.

La pérdida de clase media es un problema importante en términos sociales, económicos y políticos. En cuestión social, se trata del grupo que impulsa la movilidad. Aunque todos hacemos un esfuerzo porque nuestros hijos vivan mejor que nosotros, es en la clase media donde ese ímpetu es más notorio, y da mejores resultados. En cuestión económica, se trata del grupo que mantiene el nivel de consumo del país, que es el elemento de mayor peso en el PIB. En cuestión política, la clase media es la base de la democracia, aunque eso siempre ha molestado a los defensores del estatismo. Por un lado, afirman que no se requiere clase media para tener una democracia; por otro, desprecian a la clase media por tener aspiraciones. Al final, lo único que les importa es que sea el Estado el que dirija ‘los destinos de la nación’. En otras palabras, entienden perfectamente que mientras mayor sea la clase media, menos espacio tendrán ellos para controlar al país.

Tanto el Presupuesto para 2022 como la propuesta de reforma eléctrica son garantía de una mayor reducción en la clase media. Veremos si la reacción de este grupo, evidente en la elección del 6 de junio pasado, alcanza para detener la destrucción consciente que impulsa el grupo en el poder.

También la semana pasada, la fundación Pagés Llergo tuvo a bien otorgarme el premio correspondiente a Columna Política. Lo agradezco mucho.

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