Fuera de la Caja

A lo que importa

A partir de ahora, la discusión nacional debe centrarse en los temas, y no en las personas, hasta que llegue el momento de definir nuevas candidaturas.

La elección del domingo pasado nos ha hecho cambiar de escenario. Primero, la amplia participación ciudadana y el respaldo al INE han quedado fuera de duda. Los mexicanos quieren elegir a sus autoridades, y creen en las instituciones. Esa señal fue entendida en Palacio, desde donde ya no hubo descalificaciones en esa dirección, aunque sí hacia medios y opinadores.

Segundo, la posibilidad de un régimen autoritario concentrado en una sola persona se reduce significativamente, puesto que Morena y aliados no lograron obtener la mayoría calificada en la Cámara de Diputados. Con eso, se hace improbable una modificación constitucional, como por ejemplo la extensión del mandato presidencial, o la franca reelección. Dirán que eso nunca lo consideraron, pero no importa, ahora ya no es posible.

Tercero, el nuevo escenario corresponde a la institucionalización del morenismo. Salvo algún cambio, tenemos ahora 17 gobernadores de ese partido político, y uno más del Verde. En alianza, esos dos partidos (y su chipote, el PT) alcanzan mayoría simple en la Cámara de Diputados. Son, en términos prácticos, el PRI que tuvimos al inicio del siglo 21. Ésa no es una imagen arbitraria, es la realidad. A fines del siglo pasado, una parte del PRI (el echeverrismo) se movió hacia un nuevo partido, el PRD, con el que lograron mantener cerca de 20 por ciento del voto por varios años. Eso fue el origen de Morena. En 2018, hubo un trasvase adicional de votos, del PRI a Morena, que ahora podemos evaluar en 12 puntos adicionales. En pocas palabras, Morena es hoy un partido de un tercio de los votos, todos originados en el PRI y trasladados en dos etapas hacia este nuevo partido.

López Obrador no podrá reelegirse, de forma que entra en declive. Pero su partido, heredero del PRI, sabrá esperar hasta el último año para hacerlo evidente. Entre tanto, habrá que construir sucesores, jugar al tapado, y madrugar el nombramiento. Por el momento, no hay nada a la vista. Claudia Sheinbaum ha sufrido la peor derrota del priismo de izquierda en la historia, perdió la mitad de la ciudad. Marcelo Ebrard cargará con la tragedia de la Línea 12. Los dos herederos naturales están en problemas.

Los opositores también. Alfaro perdió seis distritos en Jalisco, y apenas mantuvo la zona metropolitana de Guadalajara; Cabeza de Vaca perdió el Congreso local, y con ello está en riesgo de ser desaforado en pocas semanas. No hay una persona que tenga claridad hacia 2024, y eso le da a López Obrador un buen margen de maniobra, aunque ya sin un Congreso subordinado.

Sin embargo, lo que importa es que ya no será el centro de la política nacional. Ya no tiene elecciones por delante (aunque quiera impulsar la consulta de agosto y el refrendo de marzo). Sus opiniones serán aún más irrelevantes, día con día, y sería un error atenderlas. Seguirá ocupando el cargo, pero ya no ejerciendo con la plenitud que buscaba.

A partir de ahora, la discusión nacional debe centrarse en los temas, y no en las personas, hasta que llegue el momento de definir nuevas candidaturas. Temas como el futuro energético del país, del que depende nuestra capacidad de atraer inversiones; la sanidad de las finanzas públicas, tema pospuesto merced al sacrificio de las capacidades del Estado; las bases elementales del bienestar, que son educación y salud, ambas en peores condiciones que antes.

Como hemos comentado en esta columna, se disipa el mito de la legitimidad popular aplastante y ahora, además de incompetente e insano es también irrelevante. Vayamos a lo que importa, que es México.

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