Fuera de la Caja

Nueve días

El desprecio por la verdad y por los demás, le permite al Presidente ubicarse por encima de cualquier criterio moral.

El día de ayer, en la conferencia matutina, el Presidente reclamó el que se magnifiquen los ataques que han sufrido candidatos y activistas políticos, porque lo hacen por dañar su imagen. Días antes, había reclamado lo mismo en el caso del desabasto de medicinas. Tardó 15 días en solicitar perdón por la tragedia en la Línea 12 del Metro, y lo hizo de mala gana. Lo habíamos comentado en este espacio: no tiene empatía alguna.

También ayer insistió en que la inversión extranjera crece, y que la recuperación económica en México es modelo mundial. Los datos no dicen eso, pero a él lo tiene sin cuidado. No tiene empacho en mentir, como lo ha demostrado la empresa SPIN, de Luis Estrada, que le ha contabilizado más de 80 afirmaciones inexactas, o simples mentiras, por día.

Esta combinación, el desprecio por la verdad y por los demás, le permite al Presidente ubicarse por encima de cualquier criterio moral. Es, por decirlo claro, un personaje amoral. Desde esa posición, es obvio que las leyes no tienen relevancia alguna, y por eso insiste en que tiene todo el derecho de opinar acerca del proceso electoral, algo prohibido por la ley –a insistencia suya, no olvidemos–. Tampoco se limita en proponer nuevas formas de administrar el país, así sean violatorias de la Constitución. Si las leyes no lo limitan, ni lo hace la moral, se hace muy difícil tratar con él, como socio, como jefe, como adversario político.

Para desgracia del país, es también una persona con serias limitaciones intelectuales, que le impiden entender las consecuencias de sus decisiones. Tiene algunas ideas fijas, que posiblemente mantiene desde su juventud, e intenta hacerlas realidad, a pesar de que los resultados son sumamente negativos. Puesto que no entiende, no puede corregir. Puesto que es amoral, no escucha a los demás. Los subordinados saben que no tiene caso discutir, y hacen lo que pueden. Algunos se ven reflejados en él, inmorales con más estudios; otros se suman a las decisiones, para quedar bien y cosechar en el camino; unos más intentan diluirlas, y los últimos se contentan con dejar pasar el tiempo.

El desmantelamiento del gobierno, sumado a la desidia de su gabinete, ha provocado ya problemas importantes. Desde fallas severas de mantenimiento a la pérdida del nivel 1 de la aviación civil, desde tirar a la basura un billón de pesos por año a dejar morir a más de medio millón de mexicanos. Nada de esto aparece en las conferencias matutinas, en donde cualquier crítica se convierte en un intento de los malos por desacreditar al falso mesías, como lo ha calificado The Economist en su número de esta semana. La revista, por cierto, llama a los mexicanos a votar en contra de su coalición, para reducir el costo que tendrá la recuperación del país. Lo mismo hemos hecho decenas de opinadores y miles de mexicanos.

Pero, insisto, es muy difícil tratar con alguien que carece de moral. No es posible dialogar, porque no puede entender otros puntos de vista; no se puede debatir, porque no acepta evidencia contraria. A través de su conferencia matutina, impone la agenda diaria, ocupa los medios y mantiene entretenido al público, cuya esperanza es cada vez más lejana de la realidad. Diariamente, lo arropan unos pocos seguidores y unos pocos facilitadores, incapaces de aceptar su responsabilidad en la tragedia.

En nueve días, los mexicanos decidirán qué tanto poder le dejan en las manos a López Obrador. Ya no tienen la excusa de la esperanza, el cambio o la transformación. Ya lo harán con pleno conocimiento. La decisión del votante, del soberano, es inapelable. En nueve días nos dirá qué tipo de país desea.

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