Luis Wertman Zaslav

La negociación Canadá-EU

Estados Unidos decidió no extender todavía el acuerdo por otros 16 años. Eso no significa que el T-MEC desaparezca: sigue vigente y entra en revisiones anuales. Pero sí introduce algo que todo gran negociador entiende de inmediato: incertidumbre.

Lo que está ocurriendo con el T-MEC ya no puede leerse como una simple revisión comercial. Estamos frente a una renegociación del poder económico de Norteamérica. Y quien crea que se trata únicamente de aranceles, reglas de origen o déficits comerciales está viendo apenas la superficie.

Estados Unidos decidió no extender todavía el acuerdo por otros 16 años. Eso no significa que el T-MEC desaparezca: sigue vigente y entra en revisiones anuales. Pero sí introduce algo que todo gran negociador entiende de inmediato: incertidumbre. Y la incertidumbre, cuando hablamos de plantas, cadenas de suministro e inversiones de miles de millones de dólares, tiene precio.

Canadá acaba de mostrar hasta dónde puede escalar una negociación. Tras el fracaso de sus conversaciones con Washington, anunció represalias sobre alrededor de 20 mil millones de dólares de importaciones estadounidenses. Al mismo tiempo, Donald Trump amenazó con elevar a 50% los aranceles sobre automóviles, camionetas y autopartes canadienses. Ya no hablamos de retórica: hablamos de decisiones que pueden modificar la arquitectura industrial del continente.

La señal más reveladora quizá vino de Honda. La empresa advirtió que podría no construir una nueva planta en Norteamérica si no existe certeza sobre la continuidad del acuerdo. Eso resume el verdadero riesgo: no hace falta destruir un tratado para dañarlo; basta con sembrar dudas suficientes para que una inversión se vaya a otra región.

México debe observar esto con cabeza fría. Ni triunfalismo ni pánico. Negociar bien no es levantar la voz. Es entender qué necesita la otra parte, qué no puede concederse y dónde existe una ganancia mutua.

Washington quiere más manufactura estadounidense, menor dependencia de China, cadenas más seguras y mayor contenido regional. México no debe responder sólo defendiendo lo que ya tiene. Debe construir una oferta estratégica: producir más en Norteamérica, sustituir dependencias críticas, elevar contenido regional donde sea viable y demostrar que nuestra capacidad industrial fortalece —no debilita— la seguridad económica estadounidense.

Aquí está la oportunidad.

México posee algo que ninguna tarifa puede fabricar: geografía. Comparte más de tres mil kilómetros de frontera con la mayor economía del planeta. Tiene décadas de experiencia manufacturera, proveedores integrados, talento industrial, capacidad exportadora y una red productiva que sería extremadamente costoso sustituir.

Pero una ventaja geográfica no basta. Debe convertirse en confianza.

Energía suficiente y competitiva. Aduanas modernas. Infraestructura. Seguridad. Estado de derecho. Certidumbre regulatoria. Protección de inversiones. Formación técnica. Si México fortalece esos factores, la presión sobre las cadenas asiáticas puede convertirse en una de las mayores oportunidades industriales de nuestra historia reciente.

También debemos evitar una tentación: celebrar las dificultades de Canadá. Sería una visión corta. México necesita una Norteamérica competitiva, no una Norteamérica fragmentada. Canadá, Estados Unidos y México producen juntos mucho más de lo que podrían producir separados. Defender la lógica trilateral no significa renunciar a negociar bilateralmente cuando sea necesario; significa comprender que la verdadera competencia no está entre nosotros, sino frente a Asia y otras regiones que también quieren atraer capital, tecnología y fábricas.

Un buen negociador nunca confunde una ventaja táctica con una victoria estratégica.

La prioridad mexicana debe ser clara: conservar acceso preferencial, impedir reglas que vuelvan anticompetitiva nuestra producción, aceptar mayores compromisos cuando generen inversión real y utilizar cada concesión para obtener algo equivalente. Nada gratis. Nada por miedo. Nada por orgullo.

El T-MEC puede salir debilitado de esta etapa. Pero también puede evolucionar hacia algo más ambicioso: una alianza norteamericana de producción, tecnología, energía y seguridad económica.

La pregunta, entonces, no es si México logrará “salvar” el tratado.

La pregunta es si tendremos la visión para convertir esta negociación en la plataforma que haga de México un socio cada vez más difícil de sustituir.

Ese debe ser nuestro objetivo.

No defender el pasado.

Negociar el futuro.

Hacer el bien ¡Haciéndolo bien!

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