Luis Wertman Zaslav

La ventaja irrepetible

Las ventajas competitivas tienen fecha de caducidad. La pregunta no es si México perderá la que hoy posee, sino si será capaz de transformarla antes de que otros la sustituyan.

Las ventajas competitivas tienen fecha de caducidad. La pregunta no es si México perderá la que hoy posee, sino si será capaz de transformarla antes de que otros la sustituyan.

Durante décadas, nuestro país construyó una de las plataformas manufactureras y exportadoras más importantes del mundo. La cercanía con Estados Unidos, la integración productiva de América del Norte, la experiencia industrial, la red de tratados comerciales y el talento de millones de personas nos colocaron en una posición privilegiada. Sin embargo, ninguna ventaja permanece si deja de evolucionar.

La competencia internacional cambió de naturaleza. Ya no se define por quién produce más barato o exporta más mercancías. Hoy se decide por quién diseña tecnología, desarrolla propiedad intelectual, forma talento especializado, protege sus cadenas de suministro y construye instituciones capaces de generar certeza.

Mientras muchos seguimos observando las cifras del comercio internacional, varias economías asiáticas llevan años construyendo ecosistemas de innovación.

Taiwán consolidó su liderazgo en semiconductores; Corea del Sur convirtió la investigación en ventaja empresarial; Vietnam avanzó hacia manufacturas de mayor valor; Malasia encontró nichos donde se volvió indispensable. Todas entendieron una lección: la competitividad es un proyecto de décadas, no de un solo gobierno.

México no necesita copiar esos modelos. Necesita aprender de ellos sin renunciar a su identidad. Nuestra ubicación continúa siendo extraordinaria.

Ningún país asiático puede sustituir la proximidad física, cultural y logística que tenemos con el mayor mercado del planeta. Pero la geografía, por sí sola, ya no garantiza liderazgo. Una frontera congestionada, infraestructura insuficiente, inseguridad o incertidumbre regulatoria pueden convertir una ventaja natural en una oportunidad desperdiciada.

El verdadero desafío consiste en dejar de competir por costo y comenzar a competir por inteligencia.

Eso significa ascender en la escalera del valor: pasar del ensamblaje al diseño, del mantenimiento a la ingeniería, de fabricar componentes a desarrollarlos, de utilizar tecnología a crearla y de producir para terceros a generar propiedad intelectual propia. Ahí empieza el liderazgo.

También implica reconocer que el talento será el principal recurso estratégico del siglo XXI. La educación debe dialogar con la industria, la ciencia, la inteligencia artificial y los desafíos reales de nuestras comunidades.

Dignificar la educación técnica, fortalecer la formación dual y promover el aprendizaje permanente será tan importante como construir carreteras o parques industriales.

Pero el desarrollo no puede quedarse dentro de las grandes empresas. Cada inversión debe convertirse en una escuela que deje capacidades instaladas: proveedores nacionales competitivos, pequeñas y medianas empresas integradas, trabajadores especializados, innovación compartida y conocimiento que permanezca en el país. Una planta genera empleo; un ecosistema genera prosperidad.

Nada de ello será sostenible sin seguridad para las personas, las inversiones, las mercancías, los datos y el Estado de derecho. La seguridad económica comienza con la seguridad humana.

La infraestructura más importante del futuro tampoco será únicamente física. Será la confianza: la confianza de que las reglas se cumplen, los contratos se respetan, la evidencia guía las decisiones y las instituciones ofrecen certidumbre.

Esa confianza convierte el talento en innovación, la inversión en desarrollo y el crecimiento en bienestar compartido.

La competitividad no pertenece a un gobierno, a un partido ni a un sector económico. Es una responsabilidad compartida entre empresas, universidades, gobiernos, comunidades y ciudadanía. Cuando todos avanzan en la misma dirección, las oportunidades dejan de depender de las coyunturas y comienzan a convertirse en políticas de Estado.

El mundo seguirá transformándose con rapidez. La inteligencia artificial, la relocalización industrial y las nuevas cadenas de valor seguirán redefiniendo la economía global.

La pregunta no es si esos cambios llegarán, sino si estaremos preparados para convertirlos en oportunidades.

Porque las naciones verdaderamente exitosas no son las que reaccionan más rápido, sino las que construyen ventajas que nadie puede copiar.

Y la ventaja más difícil de copiar será siempre una sociedad capaz de aprender, innovar, colaborar y generar confianza.

Hacer el bien, ¡haciéndolo bien!

Toda mi solidaridad con Ezra.

COLUMNAS ANTERIORES

¿Quién manda?
El reto chileno

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.