Mantén tus costos estables, tus gastos bajo control y tu cobranza al día; esa es la primera regla de oro que uno aprende cuanto tiene la oportunidad de estar al frente de una empresa privada. La segunda es hacer que las tres situaciones coincidan el mayor tiempo posible. A eso le llamamos balance.
Sin embargo, en las empresas privadas eso no siempre ocurre y los vaivenes de, por ejemplo, los precios de los insumos (inflación), de los servicios (luz eléctrica, agua) o la falta de pago de los clientes, obligan a muchos directivos a establecer estrategias constantes para lograr la estabilidad de las compañías que encabezan.
Pocas veces se inician negocios de cero, por lo general se trata de compañías con años en el mercado o corporaciones establecidas que adquieren a otras empresas para aumentar su participación en algún sector; eso obliga a buscar un punto de equilibrio desde el que se pueda despegar para dar utilidades.
Son procesos corporativos complejos, sujetos a decisiones que involucran muchos análisis, estudios de indicadores, formación de equipos profesionales en todas las áreas y metas que se trazan sobre una visión de lo que debería ser la empresa en un tiempo determinado.
Medir constantemente el desempeño por resultados, particularmente si el estado en el que se recibe el negocio acarrea pérdidas y malas decisiones, es crucial para una buena administración que ponga a flote la empresa.
Estas lecciones también aplican a las empresas públicas, salvo por el hecho de que el ejercicio de los ingresos que recibe un Estado debe orientarse al beneficio común y no necesariamente a la generación de ganancias a toda costa, menos si éstas descansan en malas condiciones laborales o en un servicio deficiente al consumidor final.
Al igual que en el ámbito privado, colocar a un organismo en una posición balanceada necesita contar planeación y un calendario, además de un elemento importante: un objetivo común, compartido por los que forman parte de la organización, para que trabajen con un mismo propósito.
Lleva tiempo, pero es posible y eso logra referentes que se convierten en casos de éxito para después reproducirlos en cualquier entorno y escalarlos hasta el tamaño que sea necesario. Una vez que eso ocurre, la empresa, pública o privada, se consolida y avanza con eficiencia.
El reto es tomar decisiones con base en información confiable y solucionar los problemas que surjan a la brevedad, sin sacrificar calidad en el servicio o en los bienes que se proporcionan.
Ahora tengo la oportunidad, con la experiencia empresarial de varias décadas, de encabezar un organismo que pronto será una institución en equilibrio porque hemos adoptado las mejores prácticas de la administración pública y de la privada, con un sentido de servicio al país y de cuidado por los miles de colaboradores que pertenecen a ella desde hace más de una década, sin olvidarnos que la dimensión social debe regir los actos públicos y también los de muchas compañías privadas.
Ya antes pude comprobar que un modelo híbrido podía funcionar con extraordinarios resultados, cuando dirigí una organización civil dedicada a la prevención y la atención de víctimas del delito en la que coincidían el sector privado y buenas autoridades, federales y locales, para lograr más seguridad en las calles.
Solíamos decir entonces que, si lo habíamos logrado en la metrópoli más grande del país, podíamos hacerlo en donde fuera. Hoy vamos por un reto distinto, aunque con la misma voluntad y compromiso, de demostrar que sí se puede tener lo mejor de ambos mundos.
El autor es comisionado del Servicio de Protección Federal.