Luis Wertman Zaslav

Sanciones

De la serenidad con la que se asuman las provocaciones y del manejo adecuado de las sanciones que se aplican depende la escalada del conflicto o su eventual pacificación.

El poder de imponer sanciones en un mundo globalizado siempre debe usarse con precaución. Más cuando el equilibrio de la economía del planeta ha soportado el peso de una pandemia, un aumento internacional de la inflación, y la etapa inicial de un conflicto armado cuyas consecuencias son difíciles de predecir.

El libre comercio, en la teoría y en la práctica, debe estar regulado con claridad, pero sin emplear demasiados mecanismos de castigo que terminen por entorpecerlo. Si tomamos el ejemplo de muchas cadenas de suministro que tuvieron que ser interrumpidas para detener los contagios, y la consecuencia inmediata que provocó en la escasez de componentes electrónicos, materias primas y alimentos, imaginemos ahora lo que podría ocurrir con un bloqueo deliberado justo en el momento en que podría dar inicio la nueva realidad que vamos a vivir.

La recuperación tardaría y la batalla contra el aumento de precios podría arrastrarnos a una subida de tasas de interés (ya inició el miércoles) que frenaría cualquier oportunidad de crecimiento sostenido. Si el pronóstico era llegar a cierta estabilidad a partir del segundo semestre del año, el escenario podría cambiar radicalmente hacia uno de franco estancamiento.

En una situación de contingencia, ahora económica y no sanitaria, el apoyo social a los segmentos de la población que más lo necesitan y la producción interna de combustibles serán factores esenciales para que nuestro país atraviese por este entorno con menos sobresaltos. En ese sentido, las medidas tomadas durante los últimos dos años de pandemia habrían sido una preparación adecuada.

Es en lo internacional donde estará en mayor desafío. Países endeudados, con problemas de producción y suministro, dependientes de la importación de combustibles, ahora sufrirían por la presión política que representa no unirse a las sanciones. Sin medios para encontrar proveedores en el corto plazo, tendrían que recurrir a más deuda y a costos importantes para resolver las necesidades de su población y así evitar consecuencias políticas y electorales. Nada fácil.

El mejor escenario, siempre, será la negociación y alcanzar una en la que las partes comprendan que un conflicto armado es lo menos que necesitamos, ya sea por cuestiones políticas o por conveniencia económica.

Tensar cualquier situación hace que las posiciones necesariamente se alejen y vayan a los extremos. Olvidar que el mundo sigue en trance por una emergencia sanitaria es apostarle al caos para intentar generar un nuevo orden internacional. Ningún intento en esa dirección ha terminado bien.

De la serenidad con la que se asuman las provocaciones y del manejo adecuado de las sanciones que se aplican depende la escalada del conflicto o su eventual pacificación por medio del diálogo de alto nivel. Este fin de semana será decisivo para ello.

Mientras tanto, el destino del planeta seguirá en vilo, porque seguimos interpretando la economía en dos rutas paralelas: una en la que no podemos dejar de vivir sin energía y combustibles fósiles, y otra en la que necesitamos avanzar en la transición hacia aquellas que llamamos limpias. Una representa soluciones a la urgencia y la otra implica la planeación del futuro. Ambas constituyen el destino del mundo, pero el fin de la primera no será inmediato (posiblemente tampoco en 2050) y el inicio de la segunda tampoco.

Como ciudadanos tenemos el poder de presionar para que el cambio energético acelere su marcha y nosotros hagamos lo que nos corresponde para cambiar hábitos y reducir la dependencia personal de utilizar fuentes de energía no renovables. Es una tarea cívica que involucra también a empresas e instituciones y podemos organizar entre todos. A la luz de los acontecimientos, empecemos cuanto antes.

El autor es director general de Seguridad Privada de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana.

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