En el Gran Salón del Pueblo, en mayo pasado, Xi Jinping le habló a Donald Trump de la “trampa de Tucídides” —insistió en septiembre, en Estados Unidos—. Más de un asesor legislativo y de un diplomático tuvieron que echarse un clavado en la historia para explicarle a sus jefes el sentido del discurso.
El concepto —acuñado por Graham Allison en Destined for War— advierte sobre el alto riesgo de guerra cuando una potencia emergente (como China) amenaza con desplazar a una potencia dominante (como Estados Unidos). Xi insta a Washington a buscar un nuevo paradigma de convivencia pacífica y evitar un conflicto letal por tensiones comerciales, tecnológicas y el estatus de Taiwán. Xi lleva una década sosteniendo que la trampa no existe, salvo que las grandes potencias la fabriquen con errores de cálculo repetidos.
Para distinguir entre las interpretaciones, hace falta volver al texto, y nadie lo hace como Anne Carson, la poeta, ensayista, traductora y profesora canadiense, ganadora del Nobel de Literatura el pasado jueves. Es la decimonovena mujer en recibirlo entre 123 laureados.
Tucídides escribió que la causa verdadera de la guerra del Peloponeso fue también la menos declarada: el crecimiento de Atenas y el miedo que infundió en Esparta. En Tiempo habitual: Virginia Woolf y Tucídides sobre la guerra: Carson no lee al ateniense como manual de estrategia, sino como un hombre atrapado en un problema de medición. Para fechar el inicio de la guerra, necesitaba que coincidieran los relojes de Argos, Esparta y Atenas, y ninguna ciudad griega compartía calendario. Inventó entonces el suyo: un tiempo abstracto, contado por veranos e inviernos, hecho para elevarse por encima del tiempo habitual de la polis. Esa altitud le dio la mirada totalizadora que fundó la historiografía y el realismo político. Carson coloca ese pasaje junto a los diarios de Woolf bajo los bombardeos de 1940 y concluye que la guerra es, antes que nada, una catástrofe del tiempo: lo extraordinario devora lo ordinario, y escribir sobre ella consiste en recuperar una medida.
Esta es la primera razón para que la clase política la lea. Washington y Pekín tampoco comparten reloj: cuatro años electorales frente a planes de quince; trimestres bursátiles frente a un “rejuvenecimiento nacional” con fecha en 2049. Buena parte de lo que se diagnostica como choque de intenciones es desfase de calendarios. Tucídides lo sabía y Carson le dio escala humana y poética.
La segunda es que Carson lee lo que falta. Su obra es, al mismo tiempo, híbrida y fragmentaria, como la realidad misma. Sus traducciones de Safo (Si no, el invierno) conservan los corchetes donde el papiro se rompió; “Variaciones sobre el derecho a guardar silencio” sigue a Juana de Arco negándose a describir las voces que escuchaba. La política contemporánea se produce en pedazos —un hilo, un video de nueve segundos, una filtración— y quien gobierna rara vez dispone del texto completo. Hay dos maneras de responder: inventar el relato que rellena los vacíos, oficio de los spin doctors, o aprender a leer con los corchetes puestos, oficio de Carson. Un político que aprende a leer los huecos no confunde una pausa con una concesión ni una convocatoria con una amenaza. Carson nos enseña que en política no siempre es conveniente dejarse llevar por el propio discurso totalizante. Para entender las demandas sociales y la posibilidad del cambio político, hay que prestar atención a huecos, grietas y rupturas.
La tercera es de perspectiva. Autobiografía de rojo cuenta el décimo trabajo de Heracles (Hércules) desde Gerión, el monstruo al que el héroe mata para llevarse el ganado. Toda la retórica de las potencias se escribe desde Heracles: el que llega, toma y se va. Para México, que vive en la frontera del “héroe”, mirar desde Gerión es un ejercicio de supervivencia.
La cuarta es de gobierno. Antigónick no es una Antígona heroica, sino la tragedia de Creonte, gobernante que confunde firmeza con sabiduría y lo pierde todo por cumplir la ley con excesivo autoritarismo. En el prólogo de Grief Lessons está la fórmula más citada de Carson: la tragedia existe porque estás lleno de rabia, y estás lleno de rabia porque estás lleno de duelo. Una política que cosecha rabia sin preguntar por el duelo que la sostiene cae en la ceguera de Creonte.
Leer no hace mejor persona a nadie, y menos a un político. Pero sin lectura no hay pensamiento crítico, amplitud de horizontes ni capacidad de descifrar situaciones complejas. Leer a Carson es también asombrarse ante una frase que no se parece a ninguna otra, un goce sin finalidad en un oficio —el de la política— donde todo tiene precio.
Lectura sugerida: Hombres en sus horas libres de Anne Carson (Pre-Textos).
Gracias, LGCH.