Segundo piso

Encuestas: el recurso del método

La predicción electoral es la deformación más tentadora. Una encuesta mide el presente con método (más o menos preciso).

Morena difundió sus apuestas para las diecisiete gubernaturas. Se definieron tomando las encuestas como variable principal. Siguieron reacciones previsibles de perdedores y de algunos analistas de conjuras políticas. Conviene revisar para qué sirven las encuestas.

Se utilizan para producir conocimiento sobre la cultura política y sus mutaciones desde la academia o instituciones serias (INEGI, Pew Research Center, Latinobarómetro).

Son muy útiles para tomar decisiones estratégicas: evaluar perfiles, probar mensajes, segmentar públicos, identificar insumos para negociaciones... Se usan también para hacer propaganda (la función menos confesada y más practicada).

La predicción electoral es la deformación más tentadora. Una encuesta mide el presente con método (más o menos preciso).

Un estudio de opinión no debe ser igual para elegir una candidatura que para diseñar comunicación hacia un segmento, evaluar una política pública o tomar la temperatura del humor social.

Si es difícil que los políticos sepan qué estudios son adecuados a sus objetivos y cómo usarlos, más complicado es encontrar opinadores que divulguen con relativa precisión los resultados publicados por sus propios medios.

Un tracking telefónico diario, por ejemplo, solo se debe comparar consigo mismo. Es como un electrocardiograma cuya oscilación se debe en su mayor parte al margen de error. Sus resultados son reveladores cuando muestran un cambio en la tendencia. No importa el latido sino el cambio de ritmo cardiaco y qué acontecimiento lo provoca.

Un error frecuente es tomar en cuenta promedios de encuestas distintas, tan celebrados en las redacciones, pero estadísticamente deficientes cuando mezclan diseños muestrales, fechas de levantamiento y cuestionarios distintos.

Hay problemas de fondo que la técnica no resuelve. Pierre Bourdieu advirtió que la encuesta supone que todos tienen opinión, que todas las opiniones pesan lo mismo y que existe consenso sobre la pregunta.

De ahí que el porcentaje de “no sabe, no contesta” no sea un residuo estadístico, sino la huella de quien se retiró de la conversación; y sigue sin haber acuerdo entre encuestadoras sobre cómo repartir la indecisión y la no respuesta. Valdría la pena un estudio con ese universo. Permitiría distinguir entre desafección, rechazo antisistémico, indiferencia y desinformación.

La encuesta en vivienda con una muestra representativa de lo que se quiere conocer sigue siendo el estándar de calidad de los estudios cuantitativos, con sus escollos (costos, velocidad, dificultades de acceso a ciertas zonas).

La encuesta telefónica gana velocidad, pero pierde precisión. Carga sesgos provocados por la brecha tecnológica (cada vez menor) y por los altos niveles de rechazo. Si son en serie, se pueden comparar y medir variaciones, causas e impactos.

La digital, incluso bien formulada, retrata al usuario de la red, no al vecino. La última frontera son los “sujetos sintéticos” generados con inteligencia artificial que responden el cuestionario para medir la opinión pública sin consultar a público alguno. Rápido, barato, inhumano y sin reconocimiento de la Asociación Americana para la Investigación de la Opinión Pública.

Hay que saber a quién creerle. En México, el oficio tiene nombres, cada uno con distintas fortalezas: Francisco Abundis (Parametría), Juan Carlos Bautista (Calatrejo, mide para Palacio Nacional), Lorena Becerra (se independizó de Reforma), Jorge Buendía (Buendía & Márquez), Roy Campos (Mitofsky), Rodrigo Galván (Demotecnia), Francisco Gándara (Sigmados), Alejandro Moreno (el financiero), Heidi Osuna (Enkoll), Gabriela de la Riva (De la Riva Group) y Luis Woldenberg (Nodo). Con Massive Caller y México Elige no vale la pena perder el tiempo.

Elegir candidaturas por encuesta tiene una alcurnia que Abundis recordó en Milenio (“El saldo del método”). En 1988, Cuauhtémoc Cárdenas y Heberto Castillo zanjaron la candidatura de la izquierda con una medición de Ana Cristina Covarrubias.

También aporta un dato de control externo: en ocho de las diecisiete entidades Parametría midió por encargo de los propios aspirantes y en todas coincidió el ganador.

El método de Morena tiene sus límites —premia la visibilidad sobre la trayectoria—, pero facilita la gestión de la unidad y preserva correctores políticos como la paridad, que no la resuelve ninguna encuesta y decide el partido sin preguntar.

Lo que un estudio bien hecho permite, y casi nadie le pide, es identificar las causas sociales que movilizan o pueden movilizar: la crisis de vivienda en España precipitó el adelanto electoral. Cuando los partidos lo miden, la calle ya lo decidió.

Lectura sugerida: “La opinión pública no existe”, de Pierre Bourdieu, en Cuestiones de sociología (Akal).

Gracias, LGCH.

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