Segundo piso

El arte de la derrota (deportiva y política)

Deporte y política comparten naturaleza: cultivan sentimientos de pertenencia, se enfrentan unos con otros, polarizan.

El domingo pasado fue muy duro para la afición mexicana. Se rompió un trance colectivo en el que estuvimos inmersos durante tres semanas. Nuestra Selección consiguió convencer a creyentes y no creyentes, movilizar afectos intensos, llenar las calles como pocas veces habíamos visto, cohesionar generaciones y clases sociales en una identidad nacional, al alcanzar el quinto partido invicta y con la portería virgen. Pero llegó la derrota y toca enfrentarla.

Deporte y política comparten naturaleza: cultivan sentimientos de pertenencia, se enfrentan unos con otros, polarizan sociedades, pero también pueden unirlas; generan esperanza y optimismo y, simultáneamente, provocan decepciones profundas, avivando la tristeza, el odio o la rabia. ¿Cómo aprender de la derrota —deportiva y política— para mejorar?

1. Aceptar la realidad de los hechos.

La derrota, como cualquier pérdida, puede sumirnos en una fase de negación paralizante. En política, esto ocurre cuando un actor se niega a aceptar los resultados electorales. Un principio básico de la democracia consiste en que quien pierde reconoce el resultado y utiliza los cauces institucionales para impugnarlo si hubo irregularidades. La historia reciente ofrece un ejemplo evidente: Donald Trump nunca aceptó plenamente su derrota frente a Joe Biden y esa negativa desembocó en el asalto al Capitolio de los Estados Unidos el 6 de enero de 2021, uno de los episodios más oscuros para la democracia estadounidense.

En este Mundial, la afición mexicana aprobó: nadie fue a la embajada inglesa ni colapsó Reforma. Decía un meme: cuando el alma se deja en la cancha, no hay nada que reclamar. Aceptar una derrota es el primer paso para superarla.

2. La dignidad y el respeto al rival.

No hay peor manera de ser eliminados de una competencia que terminar un partido entre insultos y golpes. Después de un encuentro intenso y polémico, la Selección Mexicana mantuvo la cabeza alta y actuó con deportividad. Perder con dignidad también forma parte del juego.

En política resulta mucho más difícil. La polarización extrema hace que el adversario deje de verse como un competidor legítimo para convertirse en un enemigo. Quienes nos oponemos a la extrema derecha solemos preguntarnos cuánto respeto merecen líderes que promueven discursos discriminatorios y de odio. Pero detrás de ellos, millones de votantes son nuestros conciudadanos y se ponen la misma camiseta que nosotros en el Mundial. A ellos les debemos consideración y escucha. La próxima victoria depende de convencer a quienes hoy piensan distinto. Y eso difícilmente ocurrirá desde el desprecio.

3. Un buen diagnóstico.

Con demasiada frecuencia, la derrota conduce a la autoindulgencia, las excusas y la búsqueda de culpables. Tras su eliminación frente a México, Ecuador presentó una protesta ante la FIFA que alimentó rumores y teorías sin sustento, como las supuestas amenazas. Aunque siempre existan factores externos, convertirlos en la explicación principal suele impedir el aprendizaje.

Algo parecido ocurre en España con Podemos. Alcanzaron su máximo histórico de 71 diputados en 2016 y hoy cuentan con apenas cuatro. Pablo Iglesias atribuye reiteradamente la caída a las campañas de difamación en una intensa hostilidad mediática y a investigaciones policiales irregulares. Pero reducir toda la pérdida de apoyo social a esos factores implica ignorar graves errores propios y subestimar a los votantes. De una derrota se aprende si se analiza con honestidad.

El análisis también debe reconocer las virtudes que sobreviven al resultado. México jugó probablemente su mejor Mundial en décadas: mostró intensidad, orden, trabajo colectivo y compitió hasta el último minuto. Mucho tuvo que ver el liderazgo de Javier Aguirre, pero también una afición que llenó estadios, calles y zonas de aficionados. Ahí están las bases para construir el futuro.

4. Entender el final como un nuevo comienzo.

Perder suele conducir al abatimiento. La desesperanza puede inmovilizarnos y convertir una derrota puntual en una derrota permanente. Los movimientos de izquierda son especialmente proclives a este riesgo porque sus electores son más exigentes y se desactivan con más facilidad.

Sin embargo, un fracaso bien procesado puede sembrar victorias futuras. La derrota de Bernie Sanders frente a Hillary Clinton en las primarias demócratas de 2016 no fue estéril. Desde entonces, el ala socialista democrática del Partido Demócrata ha ganado influencia gracias a figuras como Alexandria Ocasio-Cortez o Zohran Mamdani. Andrés Manuel López Obrador perdió dos veces antes de triunfar en 2018. Las derrotas acumulan experiencia, construyen organización y preparan triunfos futuros.

Perder nunca es deseable. Perder bien es una de las habilidades más difíciles y más necesarias, en el deporte como en la política.

Lectura sugerida: “Burn Out. La experiencia emocional de la derrota política” de Hannah Proctor (Verso Libros).

Gracias, LGCH.

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