En las capitales del mundo occidental se ocuparon las calles para conmemorar la Marcha del Orgullo LGBTTIQ+.
Cada 28 de junio se recuerda la rebelión de Stonewall, aquella madrugada de 1969 en Nueva York en la que personas homosexuales, lesbianas, trans, racializadas, pobres, expulsadas de sus casas o perseguidas por la policía decidieron no aceptar más el lugar de la vergüenza.
Desde entonces, el Orgullo ha sido una pedagogía pública de la dignidad, del derecho a existir sin pedir permiso, a amar sin clandestinidad, a nombrarse sin miedo, a caminar sin ser reducido a injuria.
El Orgullo ha cambiado con el tiempo y según el territorio. No significa lo mismo marchar en una ciudad donde los derechos han sido reconocidos, aunque sigan bajo disputa cultural, que hacerlo en países donde la diversidad sexogenérica es criminalizada o censurada.
Recientemente, el regreso de las ultraderechas a posiciones de poder ha colocado a las comunidades LGBTTIQ+ en el centro de una batalla más amplia. Donde los autoritarismos buscan restaurar jerarquías tradicionales, controlar los cuerpos y administrar la moral pública, la diversidad aparece como una amenaza y, como suele ocurrir, donde hay poder también hay resistencia.
La ultraderecha puede borrar derechos, pero no cancelar la resistencia. Colombia pinta la escena de preocupación e incertidumbre sobre el rumbo político que seguirá el gobierno de De la Espriella. En los Estados Unidos de Donald Trump, los derechos de la diversidad resienten una ofensiva sostenida, especialmente en estados gobernados por republicanos.
La batalla se libra en las escuelas, con restricciones a libros que abordan la diversidad sexogenérica, y también en la vida cotidiana de estudiantes trans, cuyas identidades han sido convertidas en campo de confrontación política.
En el plano federal, las medidas contra el acceso a tratamientos médicos y las dificultades para modificar documentos oficiales muestran que los derechos se desmontan mediante grandes sentencias y se erosionan por trámites, reglamentos y obstáculos administrativos.
La mayor victoria de Trump en su agenda antiderechos es discursiva. Según estudios, la aceptación de la homosexualidad y del matrimonio igualitario avanzó de manera sostenida entre votantes republicanos.
Esa opinión retrocedió en el clima de polarización alentado por el populismo trumpista. Lo que una generación considera irreversible puede dejar de serlo cuando cambian las mayorías judiciales, el discurso político y los equilibrios institucionales.
La buena noticia es que la extrema derecha también puede ser derrotada. “La libertad es una batalla constante”, recuerda Angela Davis. Hungría ofrece un ejemplo poderoso. Después de años de hostigamiento de Viktor Orbán, la Marcha del Orgullo de Budapest pasó de ser un acto de desafío frente a la prohibición y la amenaza estatal a convertirse en una celebración masiva de recuperación del espacio público.
Se demostró que los movimientos de diversidad sexual, como los feminismos, son trincheras democráticas frente al autoritarismo.
No todo gesto inclusivo es compromiso real. La causa de la diversidad puede ser manipulada. El pinkwashing es la estrategia con la cual gobiernos, empresas o instituciones adoptan un discurso de apoyo a los derechos LGBTTIQ+ para mejorar su reputación, lavar otras prácticas discriminatorias o desviar la atención de violaciones de derechos humanos. Lo hace Israel en su propaganda contra Palestina.
Lo hace la FIFA con el uso selectivo de defensa y prohibición del uso de la bandera arcoíris de un mundial a otro.
México no está aislado de esa disputa global. En la misma semana del Orgullo, el debate público fue sacudido por la publicación de una supuesta entrevista a Carlos Monsiváis, luego retirada por el medio que la difundió ante la imposibilidad de verificarla.
Más allá de filias y fobias políticas, el episodio mostró cómo una pieza no verificada puede convertirse en combustible para una campaña de insinuaciones, burlas y mensajes homofóbicos.
En este contexto, el mensaje del canciller Roberto Velasco en X a propósito de la marcha del Orgullo incluyente y favorable a los derechos humanos es un gesto que implica un compromiso real.
La prensa puede contribuir a desactivar o amplificar prejuicios. Puede investigar con rigor, nombrar con respeto o convertir la diferencia en sospecha. Puede incomodar al poder. Debe hacerlo sin recurrir a la degradación personal ni a códigos del odio. La crítica política es indispensable; la difamación y la homofobia no.
El odio siempre está al acecho, disfrazado de chisme, ironía, filtración o escándalo. Debe topar con calles llenas, instituciones firmes, lectores críticos y redacciones conscientes de su responsabilidad. El Orgullo es dignidad en movimiento. El periodismo, cuando honra su oficio, debe estar del mismo lado.
Lectura sugerida: “Epistemología del armario” de Eve Kosofsky Sedgwick (U-Tópicas).
Gracias, LGCH.