Segundo piso

Por qué deben leer los políticos a Edgar Morin

No hay una sola variable que explique todo. Por eso hay que leer al pensador francés Edgar Morin, fallecido el 29 de mayo, a los 104 años.

En política, la única verdad absoluta es que todo es relativo. No porque todo dé igual, sino porque casi nada puede entenderse fuera de contexto. No hay una sola variable que explique todo. Por eso hay que leer al pensador francés Edgar Morin, fallecido el 29 de mayo, a los 104 años.

Más que sociólogo, filósofo o teórico de la educación, fue, como dijo Emmanuel Macron, “el humanismo hecho persona”, un intelectual de la lucidez incómoda que dedicó su vida a desmontar las certezas demasiado simples con las que los seres humanos, y particularmente los políticos, suelen explicar el mundo para poder dominarlo.

Nació como Edgar Nahoum, hijo de judíos sefardíes, militante antifascista, miembro de la Resistencia francesa bajo el seudónimo Morin (para escapar de la Gestapo), que terminaría siendo su identidad definitiva.

Morin, laico y universalista, fue un crítico severo de la ocupación y colonización de Palestina. En 2002 publicó en Le Monde, “Israël-Palestine: le cancer”, texto que le valió acusaciones de antisemitismo.

Dos décadas después, tras los ataques del 7 de octubre de 2023, condenó sin ambigüedad la barbarie de Hamás, pero rechazó que ese horror sirviera para justificar la devastación de Gaza. Se negó a la trampa binaria. Condenar a Hamás no obliga a callar ante el sufrimiento palestino.

Aquí podemos ver una clara aplicación de su concepto clave, complejidad, el cual nos da una forma de mirar la realidad sin mutilarla. Complejo: lo que está tejido junto. La inseguridad no es sólo un problema policial, es económico, territorial, educativo, cultural, institucional y transnacional.

La migración no es sólo una presión fronteriza, es desigualdad, violencia, mercado laboral, clima, demografía, crimen organizado, aspiración y desesperanza. La polarización no es sólo culpa de un líder o de una red social, es resultado de agravios acumulados, cambios tecnológicos, resentimientos legítimos, manipulación emocional, debilidad de intermediarios y fatiga democrática.

El político que no entiende esto gobierna con bisturí de carnicero. El periodista que no lo comprende deforma la realidad.

El pensamiento complejo descansa en ideas que deberían enseñarse en toda escuela de gobierno. La primera es que dos lógicas opuestas pueden coexistir y ser necesarias al mismo tiempo.

Orden y desorden, conflicto y cooperación, estabilidad y cambio, Estado y sociedad, libertad y autoridad. La política democrática consiste en administrar esas tensiones sin negar una de las partes.

Quien cree que todo orden es represión termina incapaz de construir instituciones. Quien cree que todo conflicto es amenaza, sofoca la pluralidad. Quien cree que toda crítica es traición acaba encerrado en una corte de aduladores.

La segunda idea es que las causas y los efectos se retroalimentan. Los individuos producen la sociedad, pero la sociedad produce a los individuos. Un gobierno moldea la conversación pública, pero esa conversación termina moldeando al gobierno.

Una decisión económica genera expectativas; las expectativas modifican conductas y esas conductas alteran los resultados de la decisión original. En política, nada termina en el acto de decretar. Toda decisión entra en una red de apropiaciones, resistencias y efectos imprevistos.

La tercera es que el todo está en las partes y las partes están en el todo. Una escuela pública revela el verdadero proyecto de nación. Una prisión exhibe la calidad moral del Estado. Una víctima muestra el fracaso de múltiples instituciones. Un discurso presidencial condensa una cultura política.

Una comunidad olvidada contiene, en miniatura, las promesas incumplidas de la República.

Morin enseña a desconfiar de las explicaciones únicas y la política contemporánea está enferma de ellas. Para unos, todo se explica por el neoliberalismo. Para otros, todo se explica por el populismo. La corrupción es la raíz de todos los males. El problema es la falta de crecimiento. El Estado es la solución de todo. Es el origen de todos los problemas.

Y es que nuestro país parece diseñado para desmentir las teorías simples. Aquí conviven modernidad exportadora y pobreza rural, democracia y pulsiones autoritarias, instituciones formales y poderes fácticos, integración con Norteamérica y desigualdad sureña, orgullo nacional y dependencia externa, riqueza cultural y violencia cotidiana. México no cabe en una consigna. Lo que Morin llama policrisis: conexión de desastres que se alimentan entre sí.

Leer a Edgar Morin no hará mejores a los políticos que no quieren pensar. Pero puede invitar a desconfiar de la explicación única, reconocer la interdependencia de los problemas, asumir que toda decisión produce efectos inesperados, resistir la tentación sectaria, mirar al adversario sin deshumanizarlo y recordar que la política, si pierde la compasión, se convierte en técnica de dominación.

Lectura sugerida: “Lecciones de la historia” de Edgar Morin (Taurus).

Gracias, LGCH.

COLUMNAS ANTERIORES

Zapatero: el costo de tocar los cojones
Manuel Buendía en las sombras: la CIA y la ultraderecha en México

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.