Sobremesa

Las andanzas de Néstor Vargas Solano

Ahora, con Néstor Vargas en el Órgano de Administración Judicial, la regla se volvió hacha. La prohibición es por país entero: no puede usted tener un solo pariente en ningún rincón del Poder Judicial de la Federación.

El pasado 18 de marzo publiqué la columna ¿Tráfico de influencias desde el Órgano de Administración Judicial?, en la cual, básicamente, le conté dos cosas. La primera: que el presidente, Néstor Vargas Solano, ostenta una “independencia” del gobierno tan singular que su currículum incluye haber sido –siéntese, por favor– consejero jurídico de Claudia Sheinbaum cuando fue jefa de Gobierno de la CDMX. La segunda: que mis fuentes me aseguraban que Néstor no se paraba por su oficina desde hacía semanas, presuntamente por motivos de salud. Aquella columna incomodó tanto al Órgano de Administración Judicial que su vocería se apuró y pidió el derecho de réplica. Pues bien, hoy regreso al tema porque las andanzas de Néstor Vargas dan para más de una sobremesa.

El hermano olvidado

Recordemos. La fracasada venganza-reforma judicial partió en dos al viejo Consejo de la Judicatura Federal. De un lado nació el Tribunal de Disciplina Judicial –al que, con sobrada razón, se le ha llamado tribunal de Inquisición– y, del otro, el Órgano de Administración Judicial. Los reflectores se los ha llevado el primero; del segundo casi nadie habla. Y repito, es un error mayúsculo, porque el Órgano de Administración Judicial es el verdadero motor del Poder Judicial: de él dependen los insumos, las adscripciones de los jueces, los sueldos, las liquidaciones y las pensiones. Quien lo preside hasta 2027 es Néstor Vargas.

‘El OAJ soy yo’

En este contexto, no hay nada más oportuno que acercarse al librero y retomar El mesías tropical, de Enrique Krauze. Es perfecto porque describe la concepción de gobierno de López Obrador como una de carácter patrimonialista: el poder no se administra, se posee. Y ese virus, créame, se contagia. Cuando un funcionario ha tenido que sacrificar tanto, firmar tanto –es decir, asumir tanta responsabilidad– y lamer tantas botas para escalar, termina convencido de que el cargo al que finalmente llega es una recompensa personal y no una encomienda de servicio.

Ahora que a Vargas le entregaron la suya, pareciera que, como Luis XIV, anda repitiendo aquello de ‘el OAJ soy yo’. Se ha apropiado de las facultades de todo el órgano (y no solo las que le corresponderían) como si fueran propias: no hay decisión, por menor que sea, que no cruce por su escritorio. ¿El resultado, querido lector? El Poder Judicial le está explotando en las manos.

¿Por qué le explota?

Por varias razones, y todas malas. Una: la reforma de 2024 cortó de tajo las funciones de magistrados y jueces que habían ganado sus cargos en exigentes concursos de oposición y les recortó sueldos y prestaciones. Muchos solo quieren irse… pero no pueden, porque nadie les autoriza nada. Tan honda es la inconformidad que, me cuentan, hay afectados que ya analizan tocar la puerta de la Corte Interamericana e incluso de la embajada de Estados Unidos. Dos: tampoco hay reglas claras para liquidaciones y pensiones, de modo que todo queda al arbitrio del de arriba. Y tres: para los que decidieron quedarse, las manifestaciones no cesan. La semana pasada, sin ir más lejos, colapsó la Ciudad Judicial Federal de Jalisco: un edificio que fue ejemplo y que hoy no tiene –según se publicó en redes– ni agua para beber. Tribunales sin tóner, sin papelería, sin aire acondicionado. Recuerde que el malestar por la falta de insumos estalló el año pasado en un paro nacional de “brazos caídos”, y el ambiente sigue al rojo vivo. El Poder Judicial está expectante de un choque entre los sindicatos –el mayoritario y el minoritario– y el propio órgano: un choque de pronóstico reservado sobre un Poder Judicial que ya de por sí está en ruinas.

Del nepotismo al hachazo

El nepotismo en el Poder Judicial no es nuevo; es un cáncer viejo. Tan viejo que fue uno de los motores que, en su momento, impulsó al ministro Arturo Zaldívar a crear el padrón de relaciones familiares y a vetar a los parientes dentro de un mismo circuito. Hasta ahí, razonable.

Pero ahora, con Néstor Vargas, la regla se volvió hacha. La prohibición ya no es por circuito, sino por país entero: no puede usted tener un solo pariente en ningún rincón del Poder Judicial de la Federación. Y aquí se soslaya algo elemental: así como hay familias de médicos o de ingenieros, también hay familias con auténtica vocación de juzgador. Con este criterio se está corriendo a cientos de personas –se habla de cerca de 500– y se le cierra la puerta a perfiles preparadísimos. Lo más grave: no existen criterios claros sobre quién se queda y quién se va. Eso no es combatir el nepotismo. Eso es administrar el miedo.

La presidenta, cada vez más sola

Aquí el fondo del asunto. La presidenta Sheinbaum luce cada vez más sola, rodeada –y, a ratos, traicionada– por gente que confundió la encomienda con el botín. Personajes que no llegaron por mérito ni por trayectoria en la carrera judicial, sino por servilismo y complicidad, y que terminan tratando el puesto como propiedad privada. Cada uno de estos episodios, además, es un clavo más en el ataúd de la confianza: un motivo adicional para que Estados Unidos mire con recelo a un Poder Judicial mexicano que empieza a parecer más feudo que institución.

Un consejo

Néstor, deberías cambiar. Tratar con equidad y con justicia a los jueces y magistrados que solo aspiran a retirarse con dignidad. No se puede impartir justicia sin cabeza fría –y sí, lo digo también por el aire acondicionado que les falta a los juzgados–. No se puede impartir justicia en condiciones decadentes. Lo demás es ruido.

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