La Aldea

Censura

La pretensión de designar UNA VERDAD por parte de una autoridad indeterminada para decidir si un medio se apega a los hechos o no, es un acto inequívoco de control informativo.

Una de las primeras lecciones del periodismo profesional en las universidades es que no existe una sola verdad. Los hechos sociales, políticos y económicos, tienen siempre ángulos, perspectivas de análisis e interpretación.

La pretensión de designar UNA VERDAD por parte de una autoridad indeterminada para decidir si un medio se apega a los hechos o no, es un acto inequívoco de control informativo.

Hay hechos medibles, cuantificables, como el presupuesto y su ejercicio, como los desvíos de fondos y sus montos, como las tasas de interés del Banco de México, como el número de boletos vendidos en un evento o, incluso, el número de afiliados a un partido (todo por verificar).

Pero hay muchos otros acontecimientos que carecen del dato duro y medible.

“El INE define una comisión antinarco pro-Morena para las próximas elecciones”; alguien, y seguramente el gobierno, podría decir que es tendencioso. Los consejeros electorales son independientes y no obedecen al interés de ningún partido.

Bueno, quien redactó el titular sustenta su afirmación en la votación que los consejeros propuestos han tenido en los meses recientes y en su inocultable inclinación a favor del régimen.

“Ernesto Ruffo representa el uso político de la justicia al perseguir a un exgobernador emblemático de oposición”; la presidenta afirma que no hay un uso político, por el contrario, hay “abundantes evidencias” de una actividad criminal.

Mientras las pruebas se presentan —elemento dudoso porque forma parte de un proceso en curso—, el señalamiento de la justicia sometida a los intereses políticos y gubernamentales prevalecerá.

El gobierno se incomoda porque no replican sus versiones, porque no repiten “sus verdades”, porque los medios ejercen, en pleno derecho de la libertad de expresión, la crítica, la opinión, el debate y el análisis.

Quieren restringir todo esto. Quieren que prevalezca solo su visión de la realidad: “en Morena no hay corruptos, esos son del pasado neoliberal, del PRI y del PAN”, aunque todas las semanas brincan casos de negocios, contratos, concesiones del partido en el poder.

“En Morena no se encubre a nadie”, aunque Rocha Moya lleva semanas escondido, sin dar la cara al público ni responder sobre las muchas acusaciones y señalamientos en su contra.

“El huachicol lo hace la oposición, no Morena”, aunque existen múltiples acusaciones de cómo el dinero del huachicol fiscal inundó las campañas morenistas del 2024.

¿Quién va a decidir cuál es la verdad? ¿Bajo el criterio de quién o de quiénes se llamará a cuentas a los medios electrónicos —según la propuesta de ley en debate— para exigir enmiendas, correcciones, autocensura bajo pena de multa?

Esto es extremadamente grave porque atenta contra las libertades básicas de un Estado democrático moderno.

No existe en el mundo ninguna reglamentación informativa, editorial, mediática, cuya auténtica intención no sea la restricción, el control o la censura.

Esta izquierda de pacotilla —subrayo de pacotilla, sinónimo coloquial mexicano de “de cuarta”— pretende erigirse en una fuerza transformadora y progresista de la sociedad mexicana, cuando todos los pasos, las leyes, las instituciones abolidas, las torcidas reformas que aniquilaron al INAI, al INEE, al Poder Judicial Federal independiente de México, han sido regresivas y antidemocráticas.

¡Qué ironía! Que los que se presentaron como los transformadores, los que iban a impulsar a la sociedad hacia delante, hacia el progreso, el respeto, la inclusión, la tolerancia, hacen exactamente lo contrario y pretenden amarrar a los medios, controlarlos, sujetarlos.

Esto no es nuevo. Gobiernos anteriores han sentido la misma incomodidad porque los medios no reflejan “la enorme obra patriótica de transformación social” que ellos encabezan.

Fuimos testigos de los enojos de Calderón, o de las bravuconadas de Fox, o de los intentos —económicos— de Peña por “orientar” la opinión pública y mejorar su imagen.

Morena no gasta ni invierte en esto; lo decretó AMLO porque diseñó una estrategia para controlar la narrativa.

Solo habla el presidente (a), solo es su verdad, dicho, afirmación o su visión la que cuenta. No hay otras voces en el gobierno ni en ningún organismo público.

Una sola voz, una sola realidad.

Y si los hechos contrastan —casi a diario—, siempre está la pueril salida del “yo tengo otros datos”, aunque los datos que difundimos los medios provengan del INEGI, de la SEP, de Salud, de todas las oficinas gubernamentales con datos oficiales.

Así AMLO construyó su mecanismo discursivo de imponer su visión de México, su ejercicio polarizador, su política de desmantelamiento del Estado democrático, profesional, estructurado, con contrapesos.

Hoy tristemente Claudia repite esos pasos de forma vergonzosa, pero va más allá: quiere hacerlo ley, quiere legislar la mordaza, el control y la censura, para que no podamos decir, escribir, informar, cuestionar, ya no diga usted, opinar.

A los censores de unos meses, esta es una columna de opinión.

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