La Aldea

La obsesión por la historia

Toda la energía política, el discurso y la retórica para la falseada revocación de mandato girarán en torno a la cruzada por la reforma eléctrica.

Para nadie es un secreto que el presidente López Obrador anhela, por encima de todo, un lugar privilegiado en la historia nacional. La energía que guía su proceder diario, su mecanismo para la toma de decisiones, su visión del México que existe en su cabeza, está más ligado al paraninfo de la Historia Nacional –así, con mayúsculas– que a la realidad cotidiana demostrada en hechos, en cifras, en sucesos irrefutables.

Hay muchos de estos acontecimientos que le reclaman a diario los errores de sus políticas, los desaciertos de sus decisiones, y más aún, las equivocadas estrategias puestas en marcha por su gobierno.

Vea usted como ejemplo el improvisado, oscilante y tropezado combate a la pandemia. Los dichos del ‘Chapulín’ Gatell y las ocurrencias acerca de las pruebas, los exámenes, las vacunas, las mascarillas y tantas insensateces que, trágicamente, han cobrado vidas humanas en miles de ciudadanos y sus familias. Ellos siguen en los suyo, contando sus verdades a medias y sus mentiras completas. Se minimizan las cifras de decesos, se esconden los contagios y las hospitalizaciones, se presume con cínica sonrisa “vamos bien contra el COVID”. Dígame por favor en qué vamos bien contra el COVID.

Los programas sociales, eje vertical de la política de apoyo ciudadano y de combate a la pobreza de la 4T, han demostrado a tres años de implementación lo que todos los especialistas les pronosticaron: con esos mecanismos no se reduce, aminora o neutraliza la pobreza, es sólo un paliativo; y dos, la hipótesis acerca de la disminución de la violencia sustentada en mayor bienestar social, resultó estrepitosamente falsa.

La violencia y la inseguridad pública se han multiplicado y extendido por el territorio nacional. De las entidades tradicionales con problemas serios de crimen organizado y violencia (Tamaulipas, Sinaloa, Michoacán, Veracruz, Guerrero) ahora debemos agregar a Guanajuato, Zacatecas, Puebla, Morelos, Estado de México y muchas más. Casetas tomadas, organizaciones criminales diversificadas, que ahora construyen ‘divisiones’ alternas que no se dedican a la droga o al huachicol, sino a la política y la administración pública. Los abrazos no balazos, resultaron el detonador del narco-Estado al que México se aproxima. La semana pasada dos gobernadores (Veracruz, Cuitláhuac García y Morelos, Cuautémoc Blanco, ambos de Morena) fueron fotografiados en reuniones recientes con líderes de grupos criminales.

Esto es una realidad, no una suposición, aunque el presidente lo niegue y diga que son sus adversarios.

Esto hace que el balance de las acciones prometidas resulte más que negativo.

Al arranque del cuarto año de gobierno, la puerta lateral que la historia podría abrirle, ya no la principal con alfombra roja, sólo queda en su radical reforma eléctrica que viola principios constitucionales.

Cumplir esa obsesión se remite a la ideología nacionalista que palpita en el corazón presidencial. Devolverle al ‘pueblo’ lo que originalmente fue de suyo, y que el neoliberalismo le arrebató, es en síntesis la idea central que empuja una reforma absurda, contradictoria, violatoria, retardataria y regresiva en la historia, el mundo y la generación de energías.

Pero AMLO está obsesionado en legar a México ese legajo legislativo que –a sus ojos– le abra las puertas de la historia.

A estas alturas de enero, cuando expertos y legisladores serios –los menos– se preparan para un Parlamento abierto, y para la discusión libre y universal sobre el tema, más de un cronista parlamentario sabe de sobra que resultará inútil. Es sólo un camuflaje para disimular apertura y discusión abierta, cuando en el fondo todos los morenistas y sus aliados saben de antemano cómo van a votar la regresiva reforma.

¿Para qué el Parlamento si sus posturas están definidas a priori? Un finta política a la oposición y a los ingenios que sostienen mesas de discusión en Gobernación.

Ya no habrá más altares, nichos o bustos en la historia nacional para Andrés Manuel: no pacificó al país, no terminó con la corrupción, no redujo la pobreza, no potenció el crecimiento. Ya de salud pública, educación, federalismo o democracia, ni hablamos porque el retroceso es abrumador.

Lo único que queda es la mentada reforma que a los ojos del caudillo, representa el trampolín para conquistar ya no un hemiciclo como el del benemérito, pero siquiera una estatua como la de Cárdenas.

Toda la energía política, el discurso y la retórica para la falseada revocación de mandato, y la activa participación en las futuras elecciones estatales, girarán en torno a la cruzada por la reforma eléctrica. Nos faltan meses en esta discusión.

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