El Globo

Más ocurrencias

Colocó la bandera de Estados Unidos a toda la región de Norteamérica, por encima de Canadá y de México.

Donald Trump tuvo un fin de semana de ocio. Al parecer, la terapia golfística en su mansión de Mar-a-Lago resultó insuficiente para ocupar su tiempo, distraer su atención y evitar causar más daño, caos o perturbación nacional e internacional.

Dos mensajes en su red social “Truth Social”: Cambiar el nombre de Nuevo México por Nueva América, es decir, suprimir el término México a toda costa; y, ya de plano, eliminar a los países vecinos —pensamos que socios aún en materia comercial— como estados nacionales con su propia bandera, identidad y nombre.

Colocó la bandera de Estados Unidos a toda la región de Norteamérica, por encima de Canadá y de México.

Alguien podría decir “ya lo perdimos”, pero ¡no! Es una más de sus locuaces, provocadoras y transparentes ocurrencias. Es locuaz porque no tiene ninguna viabilidad real, ni siquiera la de cambiar el nombre de un estado de la Unión Americana por su propia voluntad. Imposible.

Como tampoco lo es la anexión de los territorios de Canadá y de México. Fuera de toda realidad.

Es provocadora porque ahí radica su capacidad disruptiva: lanzar afirmaciones y declaraciones al aire para incitar una respuesta, elevar el discurso, iniciar un fenómeno de escalada a ver quién emite la declaración más fuerte.

Y finalmente transparente, porque exhibe con absoluta claridad no sólo sus ambiciones, sino sus sueños de ampliar el territorio americano, extender sus fronteras, hacerse de mayor riqueza mineral, energética, petrolífera y presentarse —como anhela— como el mejor presidente en la historia de los Estados Unidos.

La locura de Trump alcanza niveles sin precedentes en la Casa Blanca, es decir, ningún otro presidente en la historia de ese país ha tenido un historial tan desequilibrado, estrambótico y poco racional.

Es su estilo. Lanzar petardos con amenazas, hostigamiento, insultos y con frecuencia agravios personales o nacionales, para mantener al oponente en guardia.

Someterlo bajo la fuerza de la amenaza, de la fortaleza de su tamaño y poderío, frente a otras naciones que con absoluta incredulidad escuchan al supuesto “líder del mundo libre”.

Tristemente, ya no más.

El actual presidente de los Estados Unidos no goza del reconocimiento, respeto y credibilidad de ningún país del mundo, salvo aquellos extraviados que pretenden obtener ventajas de su rocambolesca presidencia: Argentina, El Salvador, Colombia ahora y algunos otros.

Por supuesto que quisiera anexarse a sus dos vecinos del norte y el sur. Luego alguien se encargará de la administración, de los sistemas políticos, judiciales, presupuestales, etcétera. Para él lo importante es el relumbrón, el anuncio, la inauguración, los desfiles.

Un presidente de aparador.

El problema de fondo es que muchas de sus medidas y políticas de gobierno, por ejemplo, los aranceles en materia comercial han causado enormes consecuencias en la ruptura e interrupción de cadenas comerciales en el mundo, el despido de miles de trabajadores y, para colmo, ni siquiera la economía americana se ha beneficiado.

Es solo un instrumento de presión.

Ser un presidente que domina la frivolidad y los símbolos —sobradamente dorados, por cierto— del poder resulta profundamente dañino para las relaciones internacionales, la diplomacia, la paz mundial, la estabilidad económica y el avance del comercio global.

Muchos en el mundo se ríen de sus ocurrencias de fin de semana. El problema es que ejerce acciones que acompañan esas ocurrencias.

Equipos de inteligencia y seguridad evaluando escenarios, como la toma de Groenlandia, la invasión de Irán, el sometimiento de Canadá o la sumisión de México.

Las ocurrencias locuaces y dislocadas que provocan distracción de otros asuntos graves, como su fracaso económico, la inflación que no controla, la presión inconstitucional sobre la Reserva Federal para que baje las tasas y otros temas sensibles rumbo a las elecciones de noviembre, acaban no siendo tan desequilibradas.

Porque en los hechos, ejerce presión sobre los destinatarios de sus mensajes, crea inestabilidad, provoca respuestas, defensas, estrategias y mil reacciones.

Hacemos votos porque el golf y el clima le permitan estar más ocupado los siguientes fines de semana.

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