Hace muchos años que la relación bilateral entre México y Estados Unidos no atravesaba por momentos de tensión y desencuentro tan serios como el presente.
Desde el regreso de Trump a su segundo mandato (enero del 25), enfrentamos la retórica dura y ofensiva en torno a tres vertientes principales. La seguridad fronteriza, donde convergen dos líneas discursivas: tanto la migración en términos de indocumentados que cruzan la frontera, como las sustancias ilegales (mariguana, cocaína, fentanilo, metanfetaminas, precursores diversos, etcétera).
La segunda vertiente es la comercial, evidentemente, relación principal para las exportaciones mexicanas, y muy importante como primer socio para Estados Unidos, en muchas industrias, líneas productivas y de fabricación de componentes o materias primas.
La tercera se entendía como la seguridad nacional, el combate al crimen, el intercambio de información y, por supuesto, la desactivación de cárteles del narcotráfico, productores y generadores del tráfico de estupefacientes.
Una nueva vertiente se estableció en el último semestre: los narcopolíticos. Los funcionarios colaboran con el narcotráfico, lo que el director Cole de la DEA llamó corrupción institucional.
Nunca antes habíamos tenido señalamientos (excepción anotada de los casos García Luna y Salvador Cienfuegos) donde autoridades estadounidenses acusaron a exfuncionarios mexicanos como colaboradores del crimen y del narcotráfico.
Hoy se ha destapado una auténtica cloaca de corrupción, colaboración, dinero sucio y su lavado con beneficios político-electorales.
Vale la pena subrayar que no se trata de que a Estados Unidos le interese especialmente la justicia mexicana, o la solidez de nuestras instituciones. Especialmente en los tiempos que vivimos, donde la presente administración americana tiene tantos señalamientos en materia de corrupción y de desmantelamiento institucional.
Se trata de intereses estratégicos, control, información y sumisión absoluta. Esa es la óptica de Trump, además de obtener jugosos contratos y garantías en negocios en materia energética, eléctrica, aduanal y de transporte.
La carta de Andy López Beltrán semanas atrás provocó enorme tensión en la relación. Varios funcionarios del Departamento de Estado tuvieron que emitir declaraciones para amainar el temporal.
La presidenta pretende y trabaja diariamente en mantener una relación profesional, respetuosa, fluida, pero enfocada en los múltiples asuntos que nos vinculan, dejando de lado las diferencias políticas. López Obrador, en su locura defensiva hacia su hijo y los suyos, ha lanzado una ofensiva de graves consecuencias.
¿El efímero regreso de Rocha Moya el fin de semana fue un acto de rebeldía contra la presidenta? ¿Quién animó al gobernador con licencia a dar el paso y regresar? ¿AMLO? ¿Los morenos duros, Andy?
El retorno representó, en sus muy breves 34 horas, una afrenta clara a Washington, quien lo solicitó con fines de extradición hace cuatro meses. En las primeras horas parecía una osadía que el gobierno (Claudia Sheinbaum) hubiese permitido el regreso del gobernador con sospechas de cómplice criminal.
Si otorgamos credibilidad a que la presidenta no sabía y lo operaron a sus espaldas, versión que cobra verosimilitud con la nueva licencia 34 horas después, sin duda fue un madruguete morenista de AMLO y sus huestes.
El problema es que este tira-tira al interior de Morena, que todo indica que se va a incrementar rumbo a las elecciones del 2027, daña y disminuye gravemente la imagen de la presidenta frente a la Casa Blanca.
El mejor canal de comunicación con Washington, con la DEA, con el Pentágono y con el Departamento de Justicia es hoy por hoy Omar García Harfuch, un funcionario profesional serio —elogiado por el propio Cole en Buenos Aires— que no goza de la simpatía ni el respaldo de AMLO.
La causa es simple: no lo controla, su lealtad se pliega a Claudia Sheinbaum, además de ser un servidor público profesional y preparado, algo que López Obrador detesta porque los considera tecnócratas.
A él le gustan los mediocres, los de medio pelo, de formación incompleta, experiencia pobre, obediencia ciega. Son más fáciles de someter.
La encrucijada para la presidenta consiste en distanciarse sin ruptura del expresidente, en aras de fortalecer y equilibrar la imprescindible relación con Washington.
Como estableció en su propio tweet (X): “ningún grupo o individuo puede estar por encima de la nación”… léase Rocha, o los López.