Ante la reciente oleada de victorias derechistas, en general en el mundo, pero especialmente en América Latina (Chile, Colombia, Ecuador, El Salvador, Argentina, en su momento Brasil, pero hubo un regreso con Lula), cabe preguntarse si es un síntoma extendido de un fenómeno comparable o si se trata de coincidencias y de procesos internos.
En primer lugar, descartamos absolutamente aquello de las conspiraciones mundiales, el apoyo de Trump y la existencia de una confabulación ultraderechista, como muchos repiten sin sustento. Pero hagamos a un lado la retórica. ¿Hay verdaderamente señales de un fenómeno extendido? ¿Existe el contagio de condiciones similares en distintos países? Es difícil responder en un texto breve y sin investigación profunda que permita comparar situaciones particulares en cada país.
En este contexto es vital subrayar que cada nación enfrenta sus propios procesos sociales a partir de condiciones absolutamente endógenas, que en efecto pueden tener similitudes en otros países. Pero una elección popular es un proceso complejo, lleno de variables impredecibles, de ánimos volubles en los electores, de personalidades o candidatos que logren conectar con el electorado.
Bukele triunfa en El Salvador y vuelve a triunfar —ya está en su segundo período y quiere más— por sus medidas drásticas y verticales en contra de la delincuencia y la inseguridad. Un país que en las últimas dos décadas fue siendo absorbido por las pandillas y las bandas criminales, tenía a la sociedad sometida, extorsionada, secuestrada.
Llega un líder que viola la Constitución, atropella los derechos humanos, encarcela a miles y los índices de criminalidad se desploman. La gente lo ama; sus niveles de popularidad son espectaculares. Es decir, para la sociedad que ahora vive en calma y sin la amenaza del criminal en el traspatio, es válido arrestar a mansalva, detener sin procesos, encarcelar en condiciones semejantes a un campo de concentración. Un caso.
Pero veamos Argentina, donde Javier Milei carece por completo de experiencia en la administración pública; es un economista de cubículo, pero arrasa en las elecciones con la sierra que va a eliminar presupuestos. Los casi 16 años de kirchnerismo acabaron con la economía argentina, la sumieron en el corporativismo pensionado de los sindicatos y los empleados del Estado.
Con un poco de drama y de histrionismo —es argentino, qué le vamos a hacer— se hace de la presidencia y expulsa a una izquierda corrupta, enquistada en el poder, llena de retórica y de corruptelas. El experimento está en curso; es anticipado aún declarar un resultado, considerando que Milei ha estado en la cuerda floja del derrumbe económico en varios momentos en que su amigo Trump ha entrado al rescate. Veremos.
En Chile, el señor Katz ha dado paso a un gobierno torpe e ineficiente, que ha perdido el germen de lo que quizá fue la izquierda más sensata y eficaz del subcontinente, representada por Lagos y Bachelet. El señor Boric resultó incapaz de continuar con una izquierda seria, profesional y de resultados. Se extravió.
En Colombia, el señor Petro parecía más un líder improvisado que desconocía cómo conducir los asuntos del Estado que impulsar de forma auténtica un cambio social. De la Espriella parece tener más cercanía con la frivolidad de Milei que con la seriedad de Lula, tal vez el único gobierno de izquierda que mantiene un curso firme, con metas, objetivos y resultados.
Un denominador común es que todos los ganadores, los que han derrotado a las izquierdas pobres e ineficientes, provienen del exterior del círculo político. Son outsiders, empresarios, académicos, algún líder social crecido a fuerza de machacar un discurso. Pero no son profesionales de la política, y eso siempre, de un lado o del otro, tiene un riesgo enorme.
Otro problema es que nuestras izquierdas latinoamericanas son ineficaces. Esto incluye el pobre y torcido ejercicio mexicano, que basa todo su proyecto social en el mayor instrumento neoliberal de la historia: un Tratado de Libre Comercio, que actualmente está en conflicto de renovación.
Pero nuestras izquierdas han sido ineficaces en brindar una auténtica redistribución de la riqueza. Lo cantan, lo hablan, lo dicen y lo prometen, pero han sido ineficientes en construir mecanismos de desarrollo y riqueza económica que permitan elevar la condición de “estado social benefactor”.
Las derechas están ganando, porque encuentran líderes carismáticos que tocan los nervios centrales del malestar social, causado por la ceguera y la improvisación de las izquierdas. Vamos a ver si logran mantenerse con gobiernos eficientes, liberales y democráticos.