La agonía cubana ha forzado al mítico gobierno de la Revolución a sentarse frente a frente con funcionarios del gobierno estadounidense, entre ellos, el director de la CIA. Alguien por cuyo cargo y función ha estado en la lista de los principales enemigos de la isla por décadas.
El escenario obliga al encuentro con el enemigo y a escuchar términos y condiciones. ¡Devastador! ¿Es el fin?
La situación es crítica, desesperada. El estrangulamiento por combustibles (diésel y gasolina) ha representado un certero golpe a la decrépita línea de flotación económica. Sin combustibles no hay electricidad y, en consecuencia, todo se derrumba: hospitales, escuelas, oficinas de gobierno, medios de propaganda, que no de comunicación o información.
Todo. Lo más importante, la comida. No hay refrigeración, ni distribución, ni almacenamiento. Puede ser el detonador de crisis humanitarias por salud y alimentación.
El régimen agoniza, ¿pero eso quiere decir necesariamente el final?
No estoy tan seguro. Existen maniáticos en la historia mundial que, antes de reconocer la derrota y dejar el poder, se lanzan al sacrificio de un pueblo entero.
Los medios americanos (CBS, CNN, NYT) confirman que el Departamento de Justicia pretende construir acusaciones legales en contra de Raúl Castro, el anciano líder de 94 años que aún, afirman los locales, mantiene los hilos del poder y de las Fuerzas Armadas.
Repetir el manual operativo del retiro de Nicolás Maduro de Venezuela no aplica a Cuba. La situación es radicalmente distinta por múltiples razones: culturales, sociales, históricas.
Sin embargo, todo indica que también han logrado abrir una vía de diálogo con Raúl Rodríguez Castro “Raulito” o “El Cangrejo”, nieto del histórico Raúl Castro.
Negociaciones extraoficiales, alternativas, fuera de la mesa de posibles negociaciones con funcionarios del gobierno de Trump.
El nieto “Raulito” no tiene un cargo formal en el gobierno de Díaz-Canel, pero aparece con frecuencia cerca de él en discursos y mítines.
La cúpula del Partido Comunista de Cuba podría inmolarse antes que entregar a Raúl Castro, Díaz-Canel o a los otros líderes militares, de inteligencia y políticos en contra de quienes Estados Unidos formula ya acusaciones.
A diferencia de Venezuela, Cuba no tiene valor energético que ofrecer, riqueza minera o petrolera. Pero sí tiene un alto valor turístico que para un empresario de bienes raíces como Donald Trump puede ser enormemente atractivo.
En la mesa de negociaciones puede haber concesiones turísticas, hoteleras, playas, ingreso de capital americano e inversión en infraestructura, telefonía, sistema financiero y energía como prioridades iniciales, a cambio de levantar las sanciones económicas, permitir el comercio global y mantener a un gobierno “amigo” estilo Delcy Rodríguez.
El cinismo político de Trump no incluye, como fue el caso en Venezuela, una transición política, apertura democrática, convocatoria a elecciones libres, registro abierto de nuevos partidos. Nada de eso figura en su interés, pero sí en los de Marco Rubio, cuyo origen cubano puede ser fundamental en la mesa de negociaciones.
Para los cubanoamericanos, la caída del régimen es condición obligada; para Trump y sus socios, se trata de negocios, no del fin del castrismo, aunque para más de uno puede estar implícito.
El tema es el incipiente malestar ciudadano en las calles. Algunas protestas de jóvenes inconformes por la crisis energética, los apagones, los alimentos y la carestía. Muy menor hasta ahora por el extendido temor al gobierno.
La apuesta americana es —lo pretendieron en Irán con elevados niveles de fracaso— que ahogar a un gobierno sea el detonante de una revuelta social que conduzca al cambio de régimen.
No sucedió en Irán, a pesar del asesinato de la cúpula del gobierno militar y represor de los ayatolás, y difícilmente sucederá en Cuba. El control social sigue siendo rígido, la represión contundente, las libertades inexistentes, pero además subyace un componente social particular.
Los cubanos tienen un intenso sentimiento de defensa de la Revolución, una convicción educativa, ideologizada, de rechazar el eterno acoso del imperio yanqui.
Está ahí, en el inconsciente colectivo por generaciones. Tal vez a la baja por las crisis sucesivas, pero es un ingrediente que no se puede dejar a un lado.
Como signo de buena voluntad, la semana pasada, el gobierno de Díaz-Canel liberó a una presa política, como sucedió en Venezuela en números que superan los mil presos. Sin embargo, no hay señales de fracturas internas o debilitamiento del aparato político-partidista… Por ahora.
Así que lo que venga, ojalá, se concentre en el diálogo y en la mesa de negociaciones.
Intercambios, concesiones, garantías y apertura. Si hay presión o amenazas de cargos judiciales, serán solo un instrumento. Cuba jamás entregaría a Raúl como Venezuela entregó a Maduro.
Sería una tremenda ironía histórica que el presidente de Estados Unidos que logre un verdadero cambio en Cuba sea el menos capacitado intelectual y políticamente.
Todo puede suceder.