El presidente de Estados Unidos viaja a China el día de mañana miércoles, en lo que será su segunda reunión cumbre con Xi Jinping y el gobierno chino en poco más de un año.
La delegación americana, además de funcionarios y miembros del gabinete como el secretario de Estado Marco Rubio, el de Comercio, el señor Lutnick, y otros más, está definida por una numerosa comitiva de empresarios estadounidenses.
Son 15 líderes corporativos de primer nivel, convocados por Trump para realizar esta misión a China, que pareciera tener más tintes económicos y comerciales que políticos.
Además de Elon Musk (Tesla) y de Tim Cook (recientemente retirado como CEO de Apple), acompañan a Trump: David Solomon (Goldman Sachs), Stephen Schwarzman (Blackstone), Larry Fink (BlackRock), Jane Fraser (Citigroup), Dina Powell (Meta Platforms) y otros más.
La delegación está integrada por financieros de alto nivel y empresarios del mundo tecnológico, las esferas centrales en las cuales Trump quiere tener penetración en el mercado chino.
Si bien las pláticas incluirán reuniones con contrapartes chinas en materia empresarial, que eventualmente pudieran concluir en algún acuerdo, hay muchos más temas sobre la mesa.
Las guerras en curso, tanto Ucrania-Rusia como la de Israel y EU con Irán, han desviado la habitual tensión que Washington había venido sosteniendo con Beijing.
El viaje tuvo que posponerse precisamente por los ataques a Irán, y Xi Jinping ha tenido la prudencia enorme de evitar el involucramiento directo de China en ninguno de los conflictos.
Existen versiones de que Rusia se abastece de armamento por parte de China, pero lo cierto es que no ha sido comprobado.
Uno de esos temas sensibles es justamente el del armamento: China pretende evitar que Estados Unidos le venda armas a Taiwán, porque significaría armar a su potencial enemigo. Recordemos que Taiwán es considerada una provincia china cuyo territorio es, de forma inalienable, propiedad del gigante asiático. Taiwán ha pugnado por su reconocimiento a nivel mundial desde hace 50 años, logrando resultados económicos muy atractivos.
Las incursiones de Estados Unidos en Venezuela —con la reciente y estrambótica declaración de Trump de pretender convertirla en el estado número 51 de la Unión— y después, sus ataques contra Irak, han abierto la puerta para que China considere seriamente tomar control de Taiwán, a lo que Washington difícilmente podría negarse.
China insistirá en la cuestión de los aranceles y en el acceso al mercado estadounidense para mercancías fabricadas en Asia, en particular automóviles.
Probablemente Estados Unidos pudiera acceder, a cambio de artículos americanos en el territorio oriental.
Sin embargo, en los hechos, China no es una economía abierta de mercado, sino controlada por el Estado. Así que pudiera abrir la puerta, a cambio de que sus productos entren a los Estados Unidos. Todo por ahora, altamente improbable.
La egolatría del señor Trump lo conducirá a pronunciar sus sobredimensionadas declaraciones, al afirmar que logró los mejores contratos y negocios con China en la historia, que después veremos si se concretan en intercambios comerciales.
Pero el solo hecho del acercamiento, de la apertura de un diálogo inicial, es absolutamente positivo. En la medida en que los dos gigantes económicos encuentren vías de negociación y comercio, el mundo disminuye tensiones y alivia cadenas de suministro.
Especialmente en materia tecnológica: el principal fabricante de microchips vitales para toda la era digital y de Inteligencia Artificial, está en Taiwán. Estados Unidos lleva tres años intentando recolocar inversiones y manufactura de esos componentes, aún lejos de alcanzar abastecer su consumo anual.
Otra arista relevante es el respaldo de China a Vladimir Putin y la necesidad de Donald Trump de debilitarlo para terminar la guerra en Ucrania.
Algo que por ahora, a pesar del último anuncio de Putin —siempre coyuntural para meterse en una foto a la que no está invitado—, se ve lejano y poco creíble.
Las dos principales economías del mundo se sentarán a la mesa a discutir cómo disminuir barreras y colaborar en algunos terrenos, pero de fondo, lo que Estados Unidos pretende es evitar ser arrollado por el gigante asiático.
Trump admira a Xi porque es un autócrata que controla su país por completo, sin tener que lidiar con oposiciones, partidos, congresos o críticos prácticamente inexistentes.
Le encantaría a Donald convertirse en una figura así para los Estados Unidos, sin tener que pelear en el Congreso por presupuesto o permisos para realizar ataques y bombardeos.
Sin embargo, Estados Unidos es aún una democracia, decadente y cada vez más limitada por los crecientes controles y candados republicanos. Pero subsisten contrapesos que restringen el desbocado autoritarismo de Donald Trump.
Regresará triunfante, como acostumbra, mientras los chinos, pausados y sabios, esperarán el paso de los años para reorientar su conquista económica global.