El Globo

Veinte años después

Separar los acontecimientos históricos y determinar cuáles fueron detonadores de procesos de transformación, y cuáles lo hicieron en menor medida, resulta casi imposible.

Los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 marcaron de forma inequívoca el final de una era, y el inicio de otra.

Separar los acontecimientos históricos y determinar cuáles fueron detonadores de procesos de transformación, y cuáles lo hicieron en menor medida, resulta casi imposible. Para 2001, cuando el grupo de radicales islámicos bajo la guía y mandato de Osama bin Laden ataca instalaciones y edificios en suelo estadounidense, el desmantelamiento de la Guerra Fría tenía ya varios años de avance. El Muro de Berlín había caído una década atrás, la Unión Soviética había dejado de existir, sucedida por una Federación Rusa extensa y poderosa, pero con una economía frágil. La única superpotencia sobreviviente fueron los Estados Unidos, y el atentado apuntó al final de esa fuerza hegemónica.

Verlo en retrospectiva a 20 años de distancia, facilita la apreciación. Haberlo vaticinado en esos momentos, con las dos guerras e invasiones subsiguientes (Irak y Afganistán) y sus hoy evidentes fracasos, nos permite tener una perspectiva muy clara de cómo se movió y transformó el mundo en dos décadas.

La presencia potente de China como superpoder emergente ha dominado estos 20 años. El debilitamiento de Rusia, a pesar de los locuaces y amenazantes intentos expansionistas e invasores de Putin, ha reducido a la antigua superpotencia al sentimiento nostálgico de lo que un día fueron y luchan por todos los medios recuperar mediante una dictadura disfrazada de democracia occidental jamás enraizada ni abrazada por los rusos.

Estados Unidos ha tenido que navegar entre la persecución y la guerra contra el terrorismo islámico, al tiempo que pretendía sembrar instituciones democráticas, parlamentarias y representativas en Irak y Afganistán. Por si alguien no se los explicó con todo detalle, la cultura se impuso entonces y lo hará siempre.

La historia registra cambios y transformaciones culturales profundas, como la caída del Imperio romano o el desmoronamiento de los califatos medievales, pero no por imposición, sino por procesos de innovación cultural, ideológica, religiosa. El cristianismo y Constantino fueron esenciales para el derrumbe final de Roma, como las sucesivas divisiones entre sunitas y chiitas para la partición del mundo islámico.

Pero las Torres Gemelas y la tragedia de casi 3 mil estadounidenses y sus familias representaron un mensaje claro al mundo de que la vieja seguridad occidental terminaba de forma abrupta.

Estados Unidos tuvo que cambiar sus leyes, integrar departamentos de seguridad interna, limar asperezas absurdas y burocráticas entre la CIA, el FBI y la NSA que permitieron, bajo sus narices, que la información acerca de potenciales atentados no fuera atendida con seriedad. Se acabó el régimen de la libertad absoluta –si alguna vez existió– desde que la ley autoriza vigilar y espiar a ciudadanos norteamericanos que puedan estar vinculados a actos u organizaciones terroristas; se acabó el glamour y la tranquilidad del viaje civil en aeropuertos comerciales, forzados desde entonces a estrictos escrutinios de seguridad; se acabó la multiculturalidad neoyorkina con ciudadanos y creencias de todos los rincones: desde 2001 todo turbante acompañado de una barba es visto con cautela, resentimiento, desconfianza; se terminó la tolerancia absoluta a la práctica religiosa, cualquiera que ésta fuera. Se acabaron los Estados Unidos imperiales, que vigilaban y cuidaban al mundo de los excesos de algunos desequilibrados. El policía mundial fue atacado en su casa, violentado, atropellado.

En consecuencia, lanzaron dos guerras que por momentos lograron contener el terrorismo –no hubo, revise usted, desde entonces nuevos ataques a instalaciones o intereses americanos–, pero que a la larga, los convirtieron en los enemigos declarados del islam, o por lo menos de algunas de sus ramificaciones más ortodoxas, radicales y violentas.

Irak fue un fracaso y Afganistán peor, ahora que los talibanes han retomado el poder con sus fusilamientos y su brutal violencia de género.

Hace 20 años el mundo era distinto, no mejor sino diferente, o por lo menos subsistía la esperanza de un nuevo equilibrio global dominado por el comercio, el intercambio de mercancías y el consumo exacerbado, el libre tránsito de ciudadanos, la globalidad en pleno. Los últimos 20 años marcaron el regreso receloso a los nacionalismos, a los bloqueos y los muros, a las expresiones xenófobas contra corrientes migratorias, a pesar de los esfuerzos de líderes como Angela Merkel y otros de su generación.

Veinte años de una nueva realidad donde China, Rusia y Estados Unidos se disputan una preeminencia perdida. Europa batalla por mantener una unidad resquebrajada, el Reino Unido morderá los errores de su Brexit y las democracias pierden efectividad frente al multipartidismo y la fragmentación política.

Veinte años que, en efecto, cambiaron al mundo y limitaron la perspectiva de esperanza: medioambiente roto, pandemia devastadora, liderazgos con sueños autoritarios florecen en Turquía, en China, en Brasil y otros países emergentes.

Todo cambió en 20 años.

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