México discute si el ahorro para el retiro debería usarse para financiar carreteras, puertos y otras obras de infraestructura nacional. Pero hay un proyecto de infraestructura mucho más grande que ya se está financiando, sin demasiada atención, y parte del dinero es mexicano.
La construcción no está en Sonora ni en el Istmo. Está en el norte de Virginia, en Texas y en Ohio, donde los centros de datos se levantan a una velocidad notable. Parte del capital detrás de ese despliegue viene, de manera indirecta, de las pensiones de los trabajadores mexicanos.
Es uno de los rasgos menos comentados del actual auge tecnológico.
Durante un tiempo, el foco estuvo en los modelos, los chatbots y el drama competitivo alrededor de cada nuevo lanzamiento. Últimamente la historia se parece menos al software y más a una formación pesada de capital. Las cifras involucradas no recuerdan demasiado al viejo libreto de Silicon Valley. Recuerdan más bien a un ciclo industrial: depende de terrenos, transformadores, subestaciones, equipos de enfriamiento, suministro de semiconductores y acceso a energía.
Meta dice que espera gastar entre 115 y 135 mil millones de dólares en capex relacionado con IA este año. Amazon parece encaminarse hacia los 200 mil millones. Microsoft y Alphabet operan en una escala parecida. Sumadas, esas cuatro compañías van camino a gastar más en un solo año en este despliegue que el tamaño completo de la economía chilena.
Nada de eso vuelve fantasioso el conjunto. Los ingresos son sustanciales. OpenAI, según se reporta, opera en torno a 25 mil millones de dólares de ingreso anualizado. Anthropic se acerca a los 19 mil millones. Nvidia cerró su ejercicio fiscal 2026 con 215.9 mil millones de ingresos. Pero al colocar esas cifras frente al costo de la infraestructura subyacente, el panorama cambia. Lo que se está apostando no es simplemente a mejores márgenes de software. Es una apuesta a que un ciclo gigantesco de inversión fija va a generar retornos lo bastante rápido como para satisfacer a los mercados públicos.
Esto le importa a México porque el país no observa desde la barrera. A finales de febrero, las Afores administraban 8.67 billones de pesos, alrededor de una cuarta parte del PIB. Cerca del 13.5 por ciento de ese monto, más de 60 mil millones de dólares, estaba invertido en renta variable internacional, buena parte a través de vehículos ligados a índices como el S&P 500 y el MSCI World.
En la teoría, diversificación prudente. En la práctica, el ahorro para el retiro de los mexicanos está expuesto a las valuaciones de la renta variable estadounidense en un momento en el que esas valuaciones están siendo jaladas, en grado inusual, por un grupo estrecho de empresas tecnológicas. El MSCI World sigue cargando la etiqueta de índice global. Pero quien mire la concentración del índice puede ver que una parte creciente de la exposición global a renta variable equivale ya a una visión bastante concentrada sobre un puñado de grandes compañías estadounidenses y su capacidad de convertir un gasto extraordinario en utilidades duraderas.
Y ahí es donde el debate doméstico empieza a verse un poco extraño. México está atorado en una discusión política sobre si el dinero de las pensiones debería canalizarse a infraestructura nacional. Mientras tanto, a través de los mercados cotizados, ese dinero ya está ayudando a financiar la expansión física de la infraestructura digital estadounidense. El país duda frente a un puerto en Sonora mientras su sistema de pensiones, en los hechos, ayuda a pagar otro centro de datos en Virginia.
El riesgo no es necesariamente que esta ola de gasto se desplome. Puede funcionar. La tecnología puede resultar transformadora, y las ganancias económicas eventuales pueden justificar buena parte de lo que se está gastando. Pero los tiempos importan. A los mercados no se les pide solamente creer en la utilidad de la IA en el largo plazo. Se les pide creer que un gasto de capital sin precedentes hoy se va a traducir en utilidades en un calendario que sostenga las valuaciones actuales.
Esa es una proposición más frágil de lo que sugiere el entusiasmo general. Si los retornos llegan tarde, o resultan más desiguales de lo esperado, las consecuencias no se van a quedar contenidas en los inversionistas de riesgo o en los fundadores de las empresas. Van a aparecer en los portafolios de instituciones que nunca fueron descritas, en realidad, como apostando de manera concentrada a la capa de infraestructura del sector tecnológico estadounidense.
Las Afores entre ellas.
Así que la pregunta no es si la IA es una burbuja o una revolución. Es demasiado pronto, y probablemente demasiado simplista, forzar la elección en esos términos. La pregunta más útil es quién está cargando con el riesgo mientras la respuesta sigue sin definirse.
¿Cuánto del ahorro para el retiro de los trabajadores mexicanos está atado, en última instancia, a las Magníficas Siete, ya sea de manera directa o por la propia construcción de los índices? ¿Qué tan severa sería la caída si el entusiasmo en torno al ciclo de gasto se enfriara de golpe? ¿Y qué proporción de esa exposición ha sido tratada como riesgo amplio de mercado cuando, en realidad, es algo bastante más específico?
Para cuando la clase política decida si las pensiones deben financiar infraestructura en casa, quizá convenga reconocer que ese mismo ahorro ya está financiándola fuera.