Académico de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Panamericana

¿Se puede ser artificialmente inteligente?

Ninguna IA va a recordar nuestro cumpleaños a menos que lo pongamos en un recordatorio, y mucho menos va a aprender o llegar a conclusiones que no haya visto previamente.

Cuando abrimos Netflix, o YouTube, o Facebook, y vemos una serie de recomendaciones, ¿son esas recomendaciones hechas por un sistema de inteligencia artificial? ¿Acaso tienen Google o Facebook cerebros computacionales capaces de razonar y dar sugerencias basados en su intuición? ¿Pueden inferir mis sentimientos y recomendarme así contenido acorde?

La realidad es que no, lo que hay detrás de estas recomendaciones y de muchos sistemas mal llamados de inteligencia artificial son un conjunto de modelados estadísticos y operaciones matemáticas. Dichos modelos le permiten a la computadora poder calcular la probabilidad de que nos guste algo, o la probabilidad de que seamos buenos candidatos para un producto crediticio. Son en su mayoría modelos clásicos de estadística y bastante bien estudiados.

La computadora no razona, no piensa, no sueña y no tiene creatividad, o al menos eso es lo que pensamos la gran mayoría de los que nos dedicamos a estos temas. En el cálculo de la probabilidad no incurre ningún tipo de libre albedrío por parte de la computadora que vaya a afectar el resultado del modelo.

Blake Lemoine, un ingeniero de software en Alphabet Inc., el grupo empresario de Google, declaró recientemente que él pensaba que LaMDA, el chatbot de la empresa, había cobrado conciencia.

Como parte del proceso de pruebas del chatbot, Google les pide a varios ingenieros que prueben y hagan diferentes preguntas al sistema para localizar áreas de oportunidad en los que el sistema podría estar fallando. Es en este proceso que Lemoine, en su interacción con LaMDA, llegó a la conclusión no sólo de que era consciente, sino que además contaba con un alma, y debía tener derechos. Hacer esta declaración conllevó a que lo colocaran en suspensión en Google.

Este hecho causó revuelo en la comunidad de IA, pero el consenso general fue que LaMDA no tiene ninguna conciencia y son los sesgos personales de Blake los que lo hicieron llegar a estas conclusiones. La comunidad se galvanizó alrededor de este tema porque es bien sabido que, como científicos, estamos aún muy lejos de lograr una verdadera inteligencia artificial capaz de razonar y soñar como lo hacemos nosotros. Ninguna IA va a recordar nuestro cumpleaños a menos que lo pongamos en un recordatorio, y mucho menos va a aprender o llegar a conclusiones que no haya visto previamente.

Desde mi punto de vista, no sabemos ni siquiera si es posible replicar la inteligencia porque desde muchos frentes aún no estamos muy seguros de qué se trata la inteligencia. Podemos crear modelos sumamente sofisticados, capaces de llevar una conversación o crear arte, o discernir nuestros gustos a partir de lo que hemos visto.

Pero para poder llegar realmente a una inteligencia, se necesita algo mucho más avanzado que quizás está más allá de nuestras capacidades tecnológicas presentes y futuras. Es muy romántico pensar en robots como los T-1000 de Terminator, o Wall-E de Disney y considerar que podemos crear algo así de avanzado.

Mi opinión es que dejemos esas discusiones y avances a los expertos que día con día tratan de alcanzar esa inteligencia, pero que, en el ramo de los negocios, sigamos utilizando las herramientas mal llamadas de inteligencia artificial para agregar valor. Y sigamos pensando cómo podemos utilizarlas y mejorarlas para dar mejores servicios a nuestros clientes.

No se preocupen, ese modelo que nos dice si nos van a aprobar un crédito o que decide mandarnos o no una promoción, no va a dominar al mundo, ni va a tener una conciencia, ni hoy ni nunca, porque simplemente no están diseñados para eso. Es como argumentar que un taxi, el día de mañana, se va a transformar en robot y nos dominará a todos.

COLUMNAS ANTERIORES

La inteligencia artificial como catalizador de la evolución
El Gran Hermano no sólo existe, tiene un cerebro electrónico

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.