Internacionalista de la Universidad Iberoamericana

Ecuador, más que un partido

Un recorrido por la historia, la cultura y la riqueza natural de Ecuador desemboca en una reflexión sobre los desencuentros diplomáticos con México.

¿Qué tiene Ecuador? me preguntó alguien con desidia unas horas antes de abordar el avión a Quito. Le respondí: primero, la osadía de la geografía, el centro del planeta. La Real Academia Española, define la palabra: Círculo máximo que equidista de los polos de la Tierra. Estar en sus coordenadas que se trazan entre el trópico y las alturas andinas, más que ganancia, es una recompensa de vida, le dije. No me equivocaba. Antes de mi primer paso a Ecuador, aprendí de esa patria que perteneció intermitente entre el Virreinato del Perú y el de Nueva Granada, por los libros y la fascinación que me daban las imágenes del Volcán del Chimborazo, mirador a la amazonía ecuatoriana y a las lejanas, pero suyas, islas Galápagos. Charles Darwin agradeció estudiar el archipiélago que ofreció invaluables aportaciones a la ciencia. Otra fascinación de un país que a pesar de su geografía pequeña es el intrincado camino de vértices andinos entre Quito y Cuenca. A nivel del mar, en el trópico aparece Guayaquil, frontera en rivalidad eterna entre el platanar y su río que desemboca al Pacífico cuyas corrientes camaroneras hacen de ese país una potencia del crustáceo.

Muy chico escuche una discusión ¿Por qué México no entró a la OPEP?, interrogante que cuando se la hice a Francisco Rojas Gutiérrez, ex Director de Pemex, mejor guardó una sonrisa. El castellano venezolano y ecuatoriano tenían expresión en Viena, sede de la organización petrolera hasta que Ecuador abandonó la OPEP en oposición a las cuotas de producción de crudo. Comprendí que era una patria bendecida, pero también amenazada por el filo de la navaja en su riqueza petrolera porque el crudo no es eterno. ¿Qué pasará cuando se acabe? Ecuador como otros países petroleros tiene esa asignatura pendiente antes que el futuro los rebase. Su riqueza en la biodiversidad de su territorio podría generar una nueva oportunidad para sus más de 18 millones de habitantes. Una oportunidad más generosa que el “exilio económico” por las remesas de ecuatorianos en el Norte e incluso a ultramar, como lo ilustra la diáspora ecuatoriana en España.

Más allá de cada viaje a Ecuador que me hicieron sentir en casa por el soplo andino que reconforta y la sangre liviana que tienen muchos ecuatorianos, las conversaciones con muchos de ellos han sido una cátedra de vida. Cuando la agitación de la historia ecuatoriana ha sido una lucha permanente, aprendí las luces del Alfarismo, el liberalismo ecuatoriano y el incesante paso a la democracia por más tormentas auspiciadas de exterior como la caída en 1981 del avión del presidente progresista Javier Roldos, para muchos obra de la CIA. A las semanas de ese avionazo hubo otro que mató al general panameño, Omar Torrijos, que firmó los Acuerdos con Jimmy Carter para el regreso de la soberanía panameña al Canal. Quedó tan marcado el atentado al líder progresista que el alma acongojada de sus votantes la captó el pincel de Oswaldo Guayasamín, el pintor y muralista ecuatoriano que aprendió a pintar frescos del consejo de José Clemente Orozco cuando el jaliciense lo aceptó de ayudante en la magna obra del Hospicio Cabañas en Guadalajara. El mural de Guayasamín que ilustra “La imagen de la patria” en el mismo parlamento en el que Roldos llamó “patriarcas de la componenda” a congresistas de la oligarquía ecuatoriana, aparece un ser misterioso, con una tenebra que escala la superstición y coronado por una especie de casco nazi, sin medias tintas, dice: CIA. Un atento recordatorio al rosario de intervenciones y de dictaduras que sufrió Ecuador, que adicional a ello, cuesta trabajó entender sus diferendos territoriales con los peruanos con los que han tenido enfrentamientos armados en el pasado.

A César Verduga, ecuatoriano le debo la edificación para entender las claves del laberinto del poder que no admite derrotistas por más tupida que sea la realidad. Él ha sido uno de los profesores del que perder una clase en la universidad, dolía. Un ecuatoriano sin la camisa de fuerza que la academia mantiene cuando no se tiene experiencia en el campo de batalla, pero también, un político de cepa que supo acompañar al príncipe con el libro abierto. Sendos diálogos con personajes históricos de la Internacional Socialista o de los que pueblan la capital romana del siglo XX (y parece ser que una buena parte del XXI), que es Washington. El maestro retrataba en el aula lo mismo una conversación que sostuvo con el sueco, Olof Palme, que con un halcón republicano. Cátedras vivientes sin la soledad del cubículo académico. Ministro del Interior, entre otras carteras, acompañó al expresidente ecuatoriano Rodrigo Borja, que terminó su período constitucional sin el fuego golpista. Del mismo perfil, la obra de Borja rebasó la política y su Enciclopedia de la Política, editada por el Fondo de Cultura Económica, es una de las obras insignia de estudiar el poder desde una mirada latinoamericana.

Tanto Borja como Verduga, pausados, con gran sentido del humor, conversadores natos, enciclopédicos y con anécdotas que valen más que créditos universitarios, reencarnan esa parte noble del ecuatoriano libre y universal que además sabe compartir y transmitir valores y dosis de resistencia frente a tiempos turbulentos. La dureza de un exilio para Verduga lo ha hecho mexicano como muchos latinoamericanos, pero su cuna es Guayaquil, un islote liberal en medio de las aristocracias bananeras del puerto histórico, el más caribeño de los puertos del Pacífico sudamericano, como le gusta decir de su orgullosa patria chica.

Verduga es el mismo de siempre, es de esos hombres que da cuenta de que entre más ascendió más humilde se hizo, además de no caer en el error de vivir de las glorias pasadas sino de retar el presente para decir: “ahora, que hacemos”. En el reciente desayuno que mantuvimos me despejó una incógnita y es la de esa imagen del oprobio que supo transmitir Guayasamín en su mural. El entonces embajador ecuatoriano estaba en el Departamento de Estado presto para presentar sus cartas credenciales, pero el diplomático estadounidense advirtió con una soberbia imperial y dijo: señor embajador tenemos un percance con Ecuador. ¿De qué se trata?, respondió el diplomático de Ecuador. - Ustedes tienen un mural en su Congreso que dice CIA y no es la mejor representación ni de Foggy Bottom (sede del Departamento de Estado en la capital estadounidense) ni de nuestro gobierno. El embajador hizo gala de la virtud diplomática, sonrió, atemperó el alma y dijo con suavidad: en el mismo tenor, nos encantaría que revisen eliminar esos almacenes de ropa cuya marca dice a todas luces: “Banana Republic”. El diplomático anfitrión rió nervioso y cómo si nada hubiera pasado dió paso a la ceremonia del representante de Ecuador. Después de todo, Ecuador al ser el mayor productor de plátano en América Latina y quinto productor bananero del globo, marcó una diferencia con dignidad.

México tiene mucho que aprender de Ecuador, tal como el impulso al cacao que hizo que el país sudamericano sea el cuarto productor mundial. Más allá de los gobiernos que por suerte tienen la vocación de tener caducidad es difícil creer que dos países hermanos hoy no tengan relaciones diplomáticas. La entrada violenta de fuerzas ecuatorianas en abril de 2024 a la sede de la misión diplomática en Quito (algo que ni siquiera hizo Pinochet en Chile o la Junta militar en Argentina) es tan reprobable como el caso de que México haga controversia en el derecho de asilo con personajes que navegan en la duda de su probidad, más que de su lucha política. Del lado mexicano es reprobable que el principio de No intervención sea usado a conveniencia desde Palacio Nacional, más por lealtad ideológica que por ser posición de Estado. La mala broma de la presidenta Sheinbaum de mencionar “los camarones de Sinaloa son más ricos que los de Ecuador” ilustra desconocimiento e irresponsabilidad cuando el narcotráfico mexicano es una amenaza al país sudamericano.

Viene un juego mundialista definitorio entre México y Ecuador, por ello más allá de la aventura del esférico, que la pasión futbolera sea el único grito entre mexicanos y ecuatorianos. El reencuentro diplomático espera en la cancha del entendimiento y la reconciliación. Por fortuna ambas naciones se reconocen en la admiración y hoy, 22 jugadores en el campo de juego del eterno Estadio Azteca.

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