Ortega y Gasset dijo que regresar a la historia es la labor de un profeta, pero al revés, por ello es imposible sustraerse del medio siglo del primer 11/9, pero de 1973 en Chile. El golpe derrumbó más que a un gobierno electo, la continuidad democrática chilena y fue el inicio de una amarga noche para la nación sudamericana que había dado muestras de solidez democrática en la región.
Con independencia de animadversiones contra el derrocado presidente Salvador Allende, que encabezó la Unidad Popular (UP), en ningún otro país del orbe una fuerza política socialista con profunda huella revolucionaria llegó al poder por el voto. Allende no era el prototipo de revolucionario con casaca de guerrillero, sino el masón educado y refinado como cuentan. En Cuba, un movimiento armado llegó al poder para expulsar al entonces dictador caribeño, pero el error de origen fue cuando Washington, inmerso en la soberbia, desconoció al nuevo grupo encabezado por Fidel Castro, quien, sin titubear después de su intento fatídico de visita a la Casa Blanca, solicitó el apoyo del Kremlin. La historia es conocida y un satélite de la órbita soviética se ancló a unas cuantas millas de Florida. Antes, la fatídica invasión estadounidense a Guatemala para derrocar al presidente democrático, Jacobo Árbenz, que no era comunista, pero si un mandatario que buscaba poner un alto a la de triste memoria de la United Fruit Company y hacer una reforma agraria, marcaba otro lamentable error de Estados Unidos que retratan dos premios Nobel de Literatura: el guatemalteco Miguel Ángel Asturias, en Week-end Guatemala, y Mario Vargas Llosa en Tiempos Recios. Guatemala y Cuba anteceden el 11/9 chileno que no pudo estar aislado de los agitados tiempos de una Guerra Fría que fue capaz de dejar tuerto al que veía y de hacer ver espejismos al que no veía la realidad.
Un mar de tinta ha repasado la injerencia abierta de Richard Nixon y Henry Kissinger en el primer 11/9 y su apoyo a Augusto Pinochet. A la suma de errores del propio gobierno allendista se sumó el boicot de sectores empresariales y transnacionales para hacer un cuello de botella que atacó la mesa cotidiana de los chilenos. Otro “satélite soviético” en el Cono Sur era imposible para la Casa Blanca y una gran parte del empresariado de la nación austral. El bombardeo a la icónica Moneda, Palacio Presidencial, fue metralla asesina y por más que aparezcan diversas versiones, si Allende se suicidó con la metralleta que le regaló Fidel Castro o teorías de una conspiración variopinta, fue un asalto a la democracia. El oprobio fascistoide se hizo trasnacional con la operación “Cóndor”, que desde la CIA operó con los peores regímenes militares sudamericanos para extinguir a los “comunistas” y a los defensores de la democracia.
Existen diversas expresiones y miradas al 11/9 : “no hubo dictadura, fue dictablanda”, “fue un gobierno militar, no una dictadura”, dicen los defensores del pinochetismo como si los desaparecidos, torturados y asesinados sólo fueran daño colateral para restablecer el orden. No es casual que México, Suecia, Venezuela, entre otras naciones relucieron su vocación de asilo donde se jugaba la vida y el derecho a un exilio seguro. La locura de Pinochet fue más allá de Chile para eliminar a sus rivales, entre los más significativos, asesinó al Gral. Carlos Prats y a su esposa en Buenos Aires, después en Washington con una bomba en su automóvil liquidó a Orlando Letelier, canciller con Salvador Allende.
Regresó la democracia electoral, el NO a los militares que arrojaron 55.99 por ciento de votantes en el plebiscito del 5 de octubre de 1988 marcó un derrotero, pero también una dualidad; frente a la ola democrática global ya no era “costeable” militares en el poder y dos, los integrantes de la junta militar se blindaron en una constitución que hoy impera. Hasta el dictador se hizo senador vitalicio hasta que en el 2005, las reformas constitucionales le quitaron más que la investidura el manto de impunidad. Para muchos, Chile fue el experimento económico de la Escuela de Chicago, donde Milton Friedman ensayó las fórmulas de privatización, estado mínimo, liberación comercial, pensiones privadas, etcétera. Hoy la población chilena roza los 20 millones de habitantes, el doble de la de 1973 y pese a su modernización económica, la desigualdad y la pobreza campean. A 50 años del golpe, quién imaginó que en el presente una tercera parte de las exportaciones chilenas van dirigidas a China, quien desplazó a Estados Unidos como su primer socio comercial.
El retorno a la democracia, en 1990, se dio con un ejemplo de madurez política e inclusión en la Concertación de Partidos por la Democracia, que entre sus pilares estructurales lograban sobresalir la Democracia Cristiana y el Partido Socialista. El desgaste de gobernar y la competencia frente a la derecha y nuevas demandas en una renovación generacional hizo que la Concertación pusiera fin a su mandato en el 2010, no obstante, mucho del desarrollo democrático se le debe a ella. Hoy, Chile enfrenta a un país dividido por el golpe y llega a medio siglo con un mandatario de izquierda, pero con un Constituyente electo de mayoría de ultraderecha que elaborará la nueva Constitución, dado que en el primer intento no fue aprobado por los votantes.
Al final, Pinochet no fue el inmaculado redentor cuando se descubrieron desvíos del erario nacional y cuentas en el exterior como las que demostró el Senado estadounidense que tenía el personaje en la Unión Americana, su antiguo aliado. Su capítulo de triste memoria en Londres cuando estuvo en arresto domiciliario demostró una incógnita jurídica internacional, pero también una pregunta que es más que una interrogante académica: ¿la corrupción es igual o peor en dictaduras o en democracias? En el arresto del dictador una de sus visitantes fue Margaret Thatcher, la ex primera ministra conservadora británica que agradeció su apoyo cuando Reino Unido libró contra Argentina la Guerra por la Malvinas. Ya candente estaba la confrontación con los argentinos, presa de su propia Junta Militar, por el Canal de Beagle que el papa Juan Pablo II logró evitar un conflicto bélico entre los países que comparten la Patagonia. El hilo de los acontecimientos despierta otra interrogante: ¿entre dictaduras es más probable el conflicto bélico que entre democracias?
La reconciliación en democracia es una tarea difícil, pero es un reto permanente. Frente a los ataques a la democracia en el mundo, el 11/9 chileno evoca la utopía democrática, la injerencia atroz del exterior, pero más el respeto a la memoria de 40 mil chilenos que fueron asesinados, desaparecidos y torturados en la larga noche. Pablo Neruda escribió que “podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera”, la primavera chilena sigue en la espera de una reconciliación nacional que involucre a toda la nación, en especial, su clase política, a las Fuerzas Armadas y por ende la solidez de su democracia. El Museo de la Memoria en Santiago que otrora fueron instalaciones de tortura y prisión para presos políticos de la dictadura, sobresale en un muro la Carta de Derechos Humanos y una leyenda de enorme vigencia sobre esa larga noche que fue paréntesis salvaje de 17 años, pero con consecuencias latentes a medio siglo: “para nunca más, nunca más negarlo”.
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