Si una lección trae el triunfo histórico de AMLO es que quien ha sido el líder social indiscutible del siglo XXI mexicano y que ganó con la mayor votación que haya tenido un presidente, en su desprecio a la cosa pública y a las columnas de un Estado como instrumento de cohesión, ley y protección, no ha sido el estadista que debió ser.
AMLO tiene dos espejos de líderes sociales que escalaron al poder con historias diferentes. El líder polaco Lech Walesa, que desde los astilleros conjuntó el apoyo de un papa polaco y de las fuerzas occidentales contra el comunismo. Y Brasil, con un obrero metalúrgico con estudios básicos, que nunca desistió para llegar al poder (como AMLO), salir de la cárcel y regresar al poder, Lula Da Silva. El polaco se quedó en líder social, pero tuvo una pésima gestión. Años después trató de regresar al poder y las elecciones le recordaron su pequeña dimensión. El brasileño supo respetar la herencia positiva que le brindó el período de Fernando H. Cardoso además de profundizar elementos del Estado brasileño como su reconocido Servicio Exterior, el Itamaraty. Lula regresó al poder en otro Brasil diferente. Se puede discutir que no hay liderazgos emergentes en el progresismo brasileño, pero nadie puede dudar que Lula respetó aspectos fundamentales del Estado y la democracia. ¿Con quién se identifica AMLO?
Tres patas del Estado mexicano están rotas: seguridad, el fisco y la política exterior. Es cierto, en buena parte una herencia maldita, pero en cinco años de gobierno se han roto más y no hay señas de enmendar. La austeridad como dogma, la salida de técnicos del aparato público y sueldos mediocres, han cortado la capacidad institucional del gobierno y con ello la presencia del Estado. Un estadista sabe que una administración pública profesional es clave para resolver problemas, no para crearlos. Destruir puentes entre gobernados y gobernantes que vulneran el sentido democrático de un “todos contamos”, ha sido uno de los errores de una democracia que no se agota en elecciones.
La seguridad militarizada y cientos de tareas civiles que hoy comandan los uniformados lesiona la credibilidad del Ejército que como apuntan los especialistas, no volverán a ser lo que fueron hasta el 2018. Un cuerpo de Estado es tomado como instrumento del gobierno en turno en detrimento del poder civil y lo peor, con complicidades que son una quimera.
La anemia fiscal sin llegar al 20% del PIB vía recaudación, exigen que un estadista hable a la nación para advertir que se necesita algo más que solidaridad o que paguen los grandes contribuyentes. Con la legitimidad en las urnas AMLO se negó a hacer una reforma fiscal anclado en que la honestidad es el instrumento para aumentar el gasto público. El sobrecosto de sus obras favoritas y su viabilidad están en juego. Desde el Palacio se cree que los recursos para programas asistencialistas que no crean ciudadanía entre el balance de derechos con obligaciones, son la llave electoral. ¿Sin esos recursos AMLO sería un líder con pies de barro?
La salud de AMLO y su resguardo para evitar vuelos largos es respetable, pero no le da el derecho de arrinconar a México en el mundo, a hacer el trabajo sucio migratorio a Estados Unidos y a perder oportunidades. La escalada en conflictos nunca vistos con países como España, Perú, Panamá, son ejemplos del encono presidencial al que un titular de Relaciones Exteriores ha hecho algo más que “tragar sapos y no hacer gestos”. En la reciente cumbre del G7 en Japón se invitó a Vietnam, Brasil, Corea del Sur, Indonesia, pero México fue ignorado. Países contrincantes para México en áreas como energía, sector automotriz y el famoso “nearshoring”, si son tomados en cuenta en países que siguen teniendo una fortaleza de alcance global por más que China sea el argumento para una nueva “Guerra Fría” en la comunidad internacional.
AMLO prefirió ser el líder de su movimiento, jefe de la facción antes de convertirse en estadista y profundizar un verdadero Estado social y democrático. Confunde al estadista que debió ser con el nostálgico emisario de un estatismo burdo, inútilmente concentrador y controlador. La diatriba, la ignorancia y el desprecio por el contrincante y el pluralismo lo exhiben en una lamentable oportunidad perdida.
La desigualdad social, la cruel violencia, el despojo de esperanza para millones exigen que se drenen nuevos estadistas demócratas, la necesidad de un nuevo consenso que incluya a las voces demócratas tanto de la sociedad civil como de actores políticos, apremian. No basta ser el redentor que confunde el poder con un ejercicio permanente de campaña política. ¿Conocerán los que alaban al presidente de la República la famosa frase de Bismarck que dijo “El político piensa en la próxima elección; el estadista en la próxima generación”?