Internacionalista de la Universidad Iberoamericana

Más que el Mundial

El balón tendrá la oportunidad de que nuevos nombres puedan sumarse a las leyendas que han demostrado que 22 jugadores pueden hacer poesía en la cancha.

De nuevo el balón de soccer rueda en la máxima justa global. La primera justa en Uruguay en 1930, idea que cristalizó el francés, Jules Rimet, Presidente de la FIFA, supo dar la importancia de un torneo global exclusivo del soccer. La historia de éxito comenzaba.

Frente a una competencia que por décadas se llevó a cabo entre América y Europa, será el tercer Mundial que se realice fuera de esos continentes. Después de que la sede fue Corea del Sur, y Japón en 2002 y Sudáfrica en el 2010, ahora el Mundial será en Medio Oriente, en Qatar, uno de los países más ricos del mundo, célebre por sus reservas de gas natural, pero también por sus puentes de entendimiento con Irán. Además de tener una de las mayores tasas de ingreso per cápita del globo, Qatar es la residencia de la televisora, Al Jazeera, referente obligado de comunicaciones del mundo árabe. Si existe la representación proporcional geográfica en la diplomacia, en el soccer llegó tarde y sólo resta Oceanía para organizar un Mundial.

El Mundial será fuera del verano por el calor que entraña la península arábiga, del que los organizadores han resuelto poner aire acondicionado en sus estadios. Peccata minuta si lo puede resolver el dinero y de eso no tienen ningún problema los qataríes (a pesar de sospechas de corrupción para lograr la sede mundialista), cuya población de nacionales es menor que los extranjeros que viven en su territorio.

Si de 1938 a 1950, célebre por el “Maracanazo” donde Brasil perdió en su propia patria la Copa, hubo un interregno por la Segunda Guerra Mundial, el Mundial regresa bajo tiempos convulsos por la crisis de Ucrania y los ensayos militares de una y otra parte en la Península coreana. Hubo voces para castigar a ciertos países, pero la FIFA no es la ONU. La primera, con 211 asociaciones del mundo que la conforman y la segunda, con 193 miembros, tienen objetivos distintos, además de poderes y recursos desiguales.

Pretender castigar a selecciones nacionales hubiera imposibilitado que países que fueron metrópolis coloniales o que estuvieron bajo el yugo militar, hubieran participado en diversos mundiales. El segundo Mundial realizado en Italia en 1934 fue inaugurado por Benito Mussolini, la “Guerra del Fútbol” entre El Salvador y Honduras que posibilitó el pase al primer Mundial del primero en México 70 (para muchos el mejor Mundial de la historia), el aguerrido partido entre la escuadra argentina contra la británica en el Estadio Azteca en 1986 con la fresca herida de la guerra de las Malvinas o los encuentros entre Estados Unidos e Irán, han demostrado al fútbol como mucho más que un deporte, catalizador de fibras sociales y nacionales. Todo deporte lo hace y la competencia y respeto es parte del principio olímpico, pero en el fútbol el hierro ardiente rueda con una pasión que marca.

Si desde 1930 el primer Mundial se jugó con 13 equipos, siendo el primer partido entre Francia y México (4-1), hoy serán 32 países los que disputarán la Copa. Para el Mundial del 2026 serán 48 equipos que jugarán en América del Norte. La inclusión parece proporcional al crecimiento de la familia de Estados.

En plena crisis de las democracias del Norte y del Sur, el fútbol es el espacio de la inclusión social, de todos sin importar origen, condición socioeconómica, política, religiosa o cultural. Dos grandes ídolos, Pelé y Maradona, no provienen de la herencia de apellidos o posesiones, su magia en el juego los llevó a la gloria desde su humilde origen.

El poder del dinero en los patrocinios, la miopía de hacer un “pago por evento” la transmisión de los juegos, el despiadado poder de las federaciones nacionales, deben quedar atrás porque el balón tendrá la oportunidad en pleno desierto de que nuevos nombres puedan sumarse a las leyendas que han demostrado que 22 jugadores pueden hacer poesía en la cancha.

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