La alicaída frase de las elecciones como la “fiesta de la democracia” está desgastada y se queda corta frente al reto de defender mucho más que el voto y elecciones. Si la virtud de la democracia implica inclusión también cómo afirmó W. Churchill, sigue siendo “el peor sistema de gobierno a excepción de todos los demás”.
La ola contrademocrática ha traído también un huracán de autocracias en los cuatro puntos cardinales del planeta. Estos autócratas, curiosamente, han arribado al poder por la vía del voto, no por el golpe de estado, la figura más oprobiosa para ganar el poder. Lejos se ve el final del siglo XX cuando Francis Fukuyama escribió que la democracia y su escolta el “libre comercio” habían ganado y con ello en el mármol de la posteridad se escribía el “fin de la historia”.
En México, encerrados en el laberinto de la transición democrática y de reforma electoral en reforma electoral, hemos descuidado la operación cotidiana del quehacer democrático. Tras 21 años de gobiernos divididos, tres alternancias presidenciales e infinidad de ellas en municipios y gobiernos estatales, la democracia electoral avanzó más que la democracia en el poder y la interrelación de este con los gobernados y la multitud de actores sociales, productivos y ciudadanos.
El ataque sistemático que desde el poder recibe la autoridad electoral, la misma institución por la que lucharon diversos actores de la izquierda democrática, mina la fase inicial de la vida democrática; el voto y su proceso imparcial. Ante el “olvido” del respeto a la voluntad popular que tuvo el INE para el triunfo del lopezobradorismo, es responsabilidad de los demócratas impedir que en el tobogán al autoritarismo neocaudillista resbale al órgano electoral ciudadano que ha dado solvencia técnica y profesional a lo que fue una quimera por décadas, el “sufragio efectivo”.
La democracia no se puede centralizar en el absolutismo personalista, el “todos” que es la nación con su pluralidad, contrastes y diversidad forman el abanico democrático y debe persistir para seguir siendo una democracia en proceso, no en regresión. Nadie puede reencarnar al proceso histórico democrático ni pretender ser su redentor por más que habite en el Palacio. La democracia se escribe en plural, no en el singular que segrega, confronta, divide, polariza y tacha de “traidores de la patria” a los que con derecho, legitimidad, argumentos y libertad discrepan de la voz única del poder.
En el paisaje de retos está el anémico sistema de partidos que pinta una balcanización de un pluralismo que actúa como cuerpos herméticos a la ciudadanía. Con pocos liderazgos nuevos y diminutas plataformas para resolver los grandes retos nacionales, los partidos políticos no han estado a la altura de las circunstancias históricas. El cambio de estafetas de nuevas hegemonías ha transitado del sistema priista a la voluntad unipersonal de un maxi presidencialismo que ni siquiera existió en tiempos del PRI. El partido que nació en 1929 era un sistema de claroscuros, el lopezobradorismo es el neocaudillismo. El tricolor gobernó sus propias estructuras orgánicas, posibilitó la oposición (la real como el PAN y la simulada como diversos partidos satélites) y el lopezobradorismo descalificando, negando y bombardeando a la oposición, desaparece la interlocución y la oportunidad de hacer política. A ese rosario se le debe sumar el reto de gobernar a las corrientes y grupos de interés de variopinta refugiados en MORENA. Parece que más que la transición a la democracia, es la transición de hegemonías políticas con el paréntesis panista de dos sexenios en el poder.
Un ejemplo más de la balcanización partidaria tiene lugar en el Congreso. Se han aprobado decenas de presupuestos de egresos de la federación. La mayoría por unanimidad o por claras mayorías, pero el debate del gran vacío fiscal sigue ausente desde que México aceleró su paso a una economía abierta. El tema fiscal es engorroso para ciudadanía y gobernantes, pero vital para el compromiso de saber cubrir necesidades legítimas de toda la ciudadanía. Pretender dispersar recursos sin control y equilibrios entre derechos y obligaciones, es fomentar clientelas políticas para despreciar el ejercicio ciudadanía.
Por décadas hemos escuchado la trillada “la cobija no alcanza para todos”, pero ninguna fuerza política tradicional o emergente o la combinación de ambas en virtud de que la oposición de hoy fue gobierno y el gobierno actual fue oposición, ha decidido discutir con seriedad y altura una reforma fiscal que rebase el mediocre promedio de recaudación. En lugar de ello, muchos creen que sumando reformas constitucionales se resuelven los problemas de la nación. Desde el 2000 hasta mayo del 2021, 351 reformas constitucionales. López Obrador antes de la mitad de su sexenio empató a Salinas de Gortari en artículos reformados (55) y cuando la oposición se atrincheró y dió una muestra de división de poderes, el apocalipsis de la descalificación. Todos los fallidos intentos de seguridad y el proceso de militarización en nichos civiles han pasado la aduana constitucional, salvó una inoportuna iniciativa presidencial que haga que la Guardia Nacional pase a SEDENA. Los votos no dan para ello.
Freedom House dijo con razón que la democracia está bajo asedio. Nos toca desentrañar con valentía y decisión nuestra responsabilidad en aprender y ser demócratas de tiempo completo.