Autonomía Relativa

Extorsión

López Obrador ha hecho de las rifas una especie de política pública para hacerse de dinero de mala manera, pues se trata de verdaderos actos de extorsión.

En política, como en muchas cosas de la vida, ya casi todo está inventado, ya pasó y solamente cambian las personas y las circunstancias. Aquí o allá las cosas se repiten, como bien dice el dicho, a veces como tragedia, a veces como comedia. Versiones chafas de algún caso, una decisión o un evento se suceden constantemente. Ver a AMLO o a Trump pelearse con la prensa, crear enemigos, su lenguaje virulento, su alejamiento del comportamiento que uno esperaría de un jefe de Estado, no son cosas inéditas. Sucede que hay cosas que uno cree que ya no se repetirán, que es algo que hace tiempo que se había superado, pero no, ahí siguen, a veces recargadas o con cierto barniz de supuesta originalidad.

López Obrador ha hecho de las rifas una especie de política pública para hacerse de dinero de mala manera, pues se trata de verdaderos actos de extorsión. Comenzó con la supuesta rifa del avión presidencial. Organizó una cena de tamales para obligar a los empresarios invitados a comprar miles de boletos de la famosa rifa. La falsa austeridad de los tamales para disfrazar la caza de millones de pesos. La extorsión a los empresarios –no es otra cosa– se repitió la semana pasada, con el pretexto de que lo que se obtuviera sería para hacer una presa en Sinaloa. A los hombres de negocios se les pasó un papel en el que se les solicitaba que dijeran la cantidad con que querían “participar”, se les sugerían montos concretos y poner su nombre y firma. De “colaborar” con alguna de las cantidades sugeridas, los empresarios cerrarían el círculo al ser víctimas de extorsión, pero también contarán como protección al haber participado con una especie de soborno para evitar alguna investigación o para recibir algún favor de las autoridades.

Lo de las rifas o subastas no es algo nuevo. En la Roma decadente las organizaba ni más ni menos que el mismísimo Calígula. Apurado por obtener recursos, pues todo lo dilapidaba, comenzó a realizar subastas de esclavos, gladiadores y objetos de los palacios. Así lo narra Robert Graves en ese gran libro que es Yo, Claudio: “Muchos hombres de dinero concurrían a esas subastas y ofrecían voluntariamente grandes sumas, no porque quisieran comprar gladiadores, sino porque si aflojaban voluntariamente los cordones de la bolsa era menos probable que Calígula los acusara después de cualquier cosa y los despojara de la vida al mismo tiempo que del dinero”.

Curioso, ¿no? Seguramente otros personajes de la historia han organizado ese tipo de evento, pero no deja de llamar la atención que fuera ese emperador, sinónimo del exceso, quien las organizara de esa manera. Pero no es el único paralelismo que hay con nuestro hoy Presidente (por supuesto, no es mi intención decir que López Obrador es como el demente romano, simplemente señalo coincidencias). Estamos de acuerdo en que AMLO llegó al poder como ningún otro presidente en nuestra historia reciente y que el enorme capital político que tenía lo ha ido dilapidando en pleitos absurdos y decisiones erróneas. Cito de nuevo a Robert Graves: “Calígula tenía 25 años cuando ascendió al trono del imperio. La historia del mundo conoció muy pocas veces –si es que conoció alguna vez– un príncipe aclamado con más entusiasmo, ni príncipe alguno se encontró con una tarea más fácil: sólo tenía que satisfacer los modestos deseos de su pueblo, que sólo quería paz y seguridad”. El emperador romano organizaba circos, obras de teatro, espectáculos para la gente y aventaba dinero desde su palacio. Lo de las subastas vino como consecuencia de ese despilfarro. Calígula terminaría sus días asesinado por algunos de sus colaboradores, hartos ya de la peligrosa demencia de ese hombre que tiene un nefasto lugar en la historia.

Así pues, las cosas se repiten y la originalidad en la extorsión no es creatividad de este gobierno. Simplemente es una expresión de su desmesura y del cinismo presidencial para sentirse orgulloso de liderar una extorsión.

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