Autonomía Relativa

El hombre sin afectos

La mínima expresión de libertad fuera del movimiento que encabeza López Obrador es castigada con saña y con la humillación pública en la gran plaza que son sus conferencias de prensa.

Al parecer, contar con el afecto de López Obrador resulta ser un arma de potencial peligro público para cualquiera que cuente con ese ‘honor’. En efecto, la amistad, la cercanía con el presidente de México puede caer en cualquier momento, explotar por cualquier cosa y del cariño pasar a ser víctima de un energúmeno que despotrica contra quien por años tuvo la ‘suerte’ de estar cerca de él, de ayudarlo, de participar en sus gestas, de acompañarlo en algún tramo de su vida.

El Presidente es una mala persona. No entiende de aprecios y cariños. Para él está la lealtad, la sumisión que se le debe por su condición de líder de la patria, no hay más ruta que la suya, no hay más mérito que su mirada, ni castigo mayor que su desprecio. Ha sido claro: o se está con él o se está en su contra. No hay medias tintas, “es tiempo de definiciones”. Para quien piensa así, los sentimientos, los amores, son un estorbo, entorpecen la lucha y pueden cegar a la hora de los juicios severos que la realidad del movimiento impone.

Lo mismo da que sea el fiel amigo de décadas, el que sacrificó su vida por apoyarlo, que quien mereció, por algún motivo, su confianza y osó pensar por cuenta propia o quien simplemente hizo lo que su trabajo le demandaba. La más mínima expresión de libertad fuera del movimiento es castigada con saña y, si el caso lo amerita, con la humillación pública en la gran plaza que son sus conferencias de prensa. No se permiten desviaciones, la más mínima es considerada como traición y los traidores no merecen piedad, son señalados hasta que se cuelguen ellos mismos de algún árbol conservador.

Esta semana el hombre cuyo pecho no es bodega, pero que está saturado de rencor, el puritano que exuda resentimiento, la emprendió contra una periodista y un semanario. En su alegato viperino, habló de “periodismo para el pueblo” y otras estupideces que solamente revelan que el tipo no sabe qué es el periodismo ni cuál es la función del periodista. Preocupa el desconocimiento del Presidente sobre todo lo que no sea pancarta y consigna. Su intolerancia es reflejo de su ignorancia, su autoritarismo, de sus complejos y envidias.

Las defensas que se hacen del Presidente por sus fieles son cada vez más penosas. Son verdaderas renuncias a la dignidad personal, tributos al fanatismo que revelan el nivel de abyección al que se puede llegar cuando no se aprendió a tener y defender una idea y una vida propia; manifestaciones de júbilo por la venganza, de alegría por la saña, aplausos y vítores ante la pira que se prende cada vez con más frecuencia en la plaza pública.

El Presidente lanza ataques contra sus cercanos de una manera sorprendente.

Haber estado cerca de él, haberle dado apoyo y respaldo y pensar por cuenta propia pueden convertirse en causa de ataques arteros. Por eso pasa por encima de lo que sea, de la ley, de las instituciones, de sus cercanos; por eso su pasión por la exclusión y la estigmatización. Es mala entraña, mal vibroso. Un hombre que, a fuerza de exigir ignominia, se va quedando sin afectos. Es la historia de los hombres que se quedan solos.

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