Capital Jurídico

El México que el Mundial debería conocer

Un México en el que las reglas se aplican con equidad, en el que la justicia no se negocia ni se subasta, y en el que cualquier visitante perciba que sus derechos están protegidos por instituciones sólidas, transparentes y confiables.

Dentro de un par de días, millones de miradas convergerán sobre territorio mexicano. La Copa del Mundo es una ventana abierta de par en par hacia el alma de una nación. Y la pregunta obligada no es cuántos goles se anotarán, sino qué país querríamos mostrarle al planeta cuando cruce nuestras fronteras.

Seamos honestos, a los mexicanos, a todos sin excepción (sin importar partido, región, clase social o ideología) nos gustaría mostrar al mundo una cara muy diferente a la que hoy ofrecemos. Sabemos que merecemos más y que podemos más. La respuesta, entonces, debe ser contundente: un México que funciona, que dialoga, que construye y que inspira.

Ese anhelo es compartido y es legítimo, todos queremos que el mundo vea lo mejor de nosotros, no lo peor. Imaginemos, entonces, porque imaginar es el primer acto de voluntad política, un país donde el Estado de derecho no sea un concepto relegado a los libros de texto ni un eslogan de campaña, sino la experiencia cotidiana de cada ciudadano. Un México en el que las reglas se aplican con equidad, en el que la justicia no se negocia ni se subasta, y en el que cualquier visitante perciba que sus derechos están protegidos por instituciones sólidas, transparentes y confiables. Ese es el cimiento sin el cual ninguna otra aspiración se sostiene.

Cuando el aficionado que aterriza procedente del extranjero pise suelo mexicano, lo primero que encontrará será un aeropuerto. Ese punto de entrada podría ser un hub de clase mundial, moderno, eficiente, conectado con las principales ciudades del país y del mundo con la capacidad logística para absorber flujos extraordinarios de pasajeros sin colapsar. Pero la infraestructura no termina en la terminal aérea. Se extiende a carreteras seguras, transporte público digno, telecomunicaciones robustas, hospitales funcionales, escuelas que forman ciudadanos críticos y competitivos, y una red de servicios que demuestra que la inversión pública y privada pueden convivir con inteligencia, respeto y visión de largo plazo. No se trata de escaparates temporales levantados para la foto, sino de obras que seguirán sirviendo a los mexicanos mucho después de que se apague el último reflector del torneo.

El México ideal 2026 es un país con dinamismo productivo genuino, donde la inversión encuentra certidumbre jurídica, incentivos razonables y un gobierno que entiende que su papel no es sustituir al sector privado ni subordinarse a él, sino construir las condiciones para que ambos motores empujen en la misma dirección. Una economía pujante pasa por la calidad del empleo que genera, por la capacidad de sus pequeñas y medianas empresas para crecer, un sistema de salud público que garantice atención oportuna y universal, un modelo educativo que prepare a sus niños y jóvenes para los desafíos del siglo XXI generando confianza a la inversión.

Nada de lo anterior es posible sin un ingrediente que trasciende la política pública convencional, la cohesión social. El México que queremos mostrar al mundo es uno en el que la Presidencia le habla a todos los mexicanos y no solo a quienes simpatizan con el movimiento en el poder. Un país donde gobernar significa escuchar, donde la pluralidad no se percibe como amenaza sino como riqueza, y donde el diálogo sustituye al encono. Que el aficionado extranjero vea en nuestras calles no solamente color y fiesta, sino una sociedad que ha aprendido a dirimir sus diferencias con civilidad, que valora la paz como prerrequisito del desarrollo y que entiende que la grandeza nacional no se construye desde la trinchera, sino desde el acuerdo.

Durante décadas, México ha exportado trabajo y talento a manos llenas; por necesidad, conveniencia y falta de arraigo. El México de la Copa del Mundo debe ser la prueba viviente de que ese ciclo puede revertirse. Un país que retiene a sus jóvenes porque les ofrece oportunidades reales, los forma con educación de excelencia y les garantiza acceso a servicios de salud dignos, que los incorpora a proyectos de nación que valen la pena y los hace sentir orgullosos no de una camiseta verde en un estadio, sino de pertenecer a una comunidad que apuesta por su futuro.

Este es el México posible. No es una utopía. La Copa del Mundo nos regala un plazo, un escenario y una motivación irrepetible. Depende de todos decidir si la aprovecharemos para maquillar fachadas o para sentar las bases de la nación que las próximas generaciones merecen heredar.

No esperemos el silbatazo inicial para ponernos en movimiento; construyamos ahora, juntos, el país que queremos que el mundo vea y que nuestros hijos se nieguen a abandonar.

Que 2026 no sea recordado como el año en que México organizó un Mundial, sino como el año en que México se organizó a sí mismo.

Juan Carlos Machorro

Juan Carlos Machorro

Líder de la práctica transaccional de Santamarina y Steta

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