Post-verdad Digital

La mediocridad como política de Estado

Los resultado de la prueba PISA 2025 exhiben el rezago educativo de México y cuestionan un modelo político que privilegia la lealtad sobre la capacidad.

México se ubicó esta semana en el lugar 64 de 91 países en la prueba PISA 2025, y en el 37 de 38 dentro de la OCDE. En matemáticas obtuvo 388 puntos, siete menos que en 2022 y 31 por debajo de su mejor marca, registrada en 2009. Solo 30 de cada 100 estudiantes de 15 años alcanzaron el nivel básico de competencia, frente a 65 de cada 100 en el promedio de la OCDE. Apenas 0.5% del alumnado llegó a los niveles más altos de desempeño, según el IMCO. El secretario de Educación, Mario Delgado, atribuyó la caída al uso de celulares. En 2023, el propio gobierno de López Obrador había descartado de entrada los resultados de PISA, alegando que la prueba no consideraba el contexto de los alumnos. El patrón es el mismo cada vez: cuando el número incomoda, se cuestiona el termómetro, no la fiebre.

Ese patrón no nació en un salón de clases, nació en la forma en que este movimiento decide a quién pone a cargo de las cosas. López Obrador lo dijo con todas sus letras cuando explicó qué buscaba en un colaborador: 90% honestidad y 10% experiencia. Sus críticos lo resumieron distinto, y con más precisión de la que probablemente querían admitir: 90% lealtad, 10% capacidad. Seis años después, el criterio sigue vivo, y sus resultados ya no son una hipótesis, son un expediente con nombre y apellido.

Empecemos por quien diseñó lo que millones de niños mexicanos leyeron en la escuela. Marx Arriaga, director general de Materiales Educativos de la SEP durante los libros de texto de la Nueva Escuela Mexicana, entregó materiales con errores que cualquier corrector de sexto grado habría detectado: la fecha de nacimiento de Benito Juárez cambiada del 21 al 18 de marzo, Querétaro etiquetado como Guanajuato en un mapa, y una representación del sistema solar donde Marte aparece más cerca del Sol que la Tierra. Cuando la propia Claudia Sheinbaum ordenó corregir esos y otros contenidos, Arriaga se negó, y en febrero de 2026 se atrincheró varios días en sus oficinas de la SEP antes de ser desalojado. No lo corrió la incompetencia técnica, lo corrió la insubordinación. La competencia técnica llevaba años ahí, documentada, sin consecuencias.

Subamos un nivel, al Poder Judicial. Yasmín Esquivel Mossa llegó a la Suprema Corte propuesta por López Obrador en 2019. En 2022 se reveló que su tesis de licenciatura reproducía, casi íntegra, una tesis de 1986 de otro autor. El escándalo duró meses, la UNAM nunca resolvió el caso, y la ministra jamás fue sancionada. Lo revelador no es solo que ocurriera, es lo que Morena hizo después en la Cámara de Diputados: en lugar de fortalecer las sanciones contra el plagio académico, un diputado del propio partido presentó una iniciativa para que la facultad de anular un título por plagio prescribiera a los cinco años, justo el plazo que ya había vencido en el caso de Esquivel. No se legisló para exigir más rigor, se legisló para que el rigor ya no alcanzara.

Y en la nueva Corte, surgida de la elección judicial de 2024, la ministra Lenia Batres llegó sin experiencia previa como jueza ni en derecho constitucional, con una trayectoria definida por la cercanía política más que por la trayectoria jurisdiccional. No hace falta cuestionar su título universitario para notar el patrón: entre dos atributos, el que pesó fue la lealtad al proyecto, no la especialización en la materia que ahora tiene que resolver.

Tres poderes, tres ejemplos, un mismo criterio de selección. Quien escribe lo que estudia un niño de primaria, quien interpreta la Constitución y quien decide la validez de un título universitario terminan compartiendo el mismo rasgo: llegaron ahí por su cercanía con el proyecto, no por haber demostrado, con evidencia verificable, que eran los más capaces para el puesto. Eso no es un accidente que se repite por casualidad tres veces, es un criterio de reclutamiento que ya tiene seis años de historial.

Y ese criterio, tarde o temprano, baja hasta el salón de clases. Un sistema educativo diseñado por alguien que prefirió defender un error de geografía antes que corregirlo no está entrenando a los maestros para que sus alumnos razonen mejor un problema de matemáticas, está entrenando un relato. La visión de López Obrador, 90% lealtad y 10% capacidad, dejó de ser un criterio para elegir colaboradores y se convirtió en el diseño curricular con el que hoy se educa, o más bien se adoctrina, a la próxima generación. Los números de PISA no son un accidente estadístico. Son la consecuencia, medida en puntos, de seis años enseñando a obedecer antes que a pensar.

En otras latitudes digitales…

Ya empezó la NFL, una liga que busca expandir sus audiencias a Europa y Sudamerica, siendo México uno de los países que más consume este deporte.

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