No importa si estás de acuerdo o no con el partido gobernante, el simple hecho de que el presidente intente desaparecer la democracia en México es sin duda una de las mayores traiciones que ha vivido nuestro país en los últimos 50 años. Este será el verdadero legado de nuestro presidente y será comparable con el de los grandes villanos de nuestra historia como Obregón o Antonio López de Santa Anna quién incluso se hizo llamar “Su Alteza Serenísima”.
Lo peor es que tuvo la oportunidad de no ser así, tuvo en sus manos el suficiente poder tras arrasar en las elecciones, el apoyo popular de diversos grupos de la población, además de una buena situación financiera que le dejaron sus predecesores, para poder operar un cambio de fondo en nuestro país. Pero no, en vez de eso, le quitó dinero a todo lo que pudo y lo centralizó en una opaca presidencia, para luego asignarlo de manera electorera en una estrategia donde lo único que importa es mantenerse en el poder a toda costa, sin importar cuantos mexicanos se vean afectados o mueran por sus decisiones, las pruebas más crudas son el desabasto en hospitales, que ya dura varios años, la letal estrategia de manejo del COVID y la inútil estrategia de seguridad de “abrazos no balazos” que lleva ya miles de muertos y le ha entregado estados enteros al crimen organizado.
Lo único que funciona en el actual gobierno es su aparato de propaganda, que abusa de la investidura presidencial y la rebaja a la de un moderno “seductor de la patria”, como llama Enrique Serna al dictador Santa Anna, donde López Obrador está en el centro de toda la vida política nacional, todo lo que pasa ocurre por él y está pavimentando el camino para no quedar fuera una vez terminado su sexenio. Nadie cree que se vaya a retirar a su rancho, de hecho, lo mismo decía “Su Alteza Serenísima” desde su hacienda Manga de Clavo.
La marcha del próximo domingo es una demostración de que el México de caudillos se niega a desaparecer incluso doscientos años después de nuestra Independencia. Es una marcha promovida y encabezada por el presidente para apoyarse a sí mismo, usando innumerables recursos estatales, llena de acarreados de todos los rincones del país y para demostrar el músculo que tiene, lo mismo hicieron Echeverría y López Portillo, por ejemplo.
Pero la gran diferencia entre la marcha a favor del INE y de la democracia, con la del presidente, es que la primera no apuesta por un caudillo, apuesta por una idea, la de un México libre y democrático. Un México que no es vasallo de las ocurrencias y ambiciones de un solo hombre, sino que busca brindar las mismas oportunidades a todos los que aquí vivimos.
La marcha rosa es la esperanza de que podemos reconstruir nuestro país incluso después de la enorme destrucción y retroceso que estamos viviendo, por eso no hubo acarreados, por eso nadie destruyó monumentos o saqueó tiendas, porque los millones que fuimos, no solo en la CDMX sino en todo el país, creemos que México es mejor y lo demostramos hasta cuando marchamos.
El presidente puede decir lo que quiera desde sus mañaneras, pero el desastre que va a heredar a las próximas generaciones no lo vamos a olvidar, así como no hemos olvidado el desastre que dejó su predecesor Santa Anna hace más de 100 años; así es como se pierde el futuro.