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Reventar el T-MEC ¿es un escenario para la 4T?

La presidenta Sheinbaum juega una doble carta: apertura global y presión en el T-MEC, en un contexto donde política y economía redefinen la relación con EU.

La escena es, en apariencia, contradictoria: la presidenta Claudia Sheinbaum participa en un foro internacional en Barcelona, rodeada de líderes y corrientes que reivindican una izquierda global crítica del orden económico liberal, encabezado por Donald Trump. Para unos días después recibir en Palacio Nacional a Jamieson Greer, representante comercial de EEUU, en un acto fuera de lo normal para un mandatario dada la jerarquía dispar entre ambos. Pero en política, lo simbólico rara vez es inocente.

A primera vista, la participación de México en el foro de Barcelona podría leerse como una reafirmación ideológica, aunque nuevamente, contradictoria, ya que rompe con la hostilidad del Obradorismo frente a España. Esto nos lleva a pensar que este cambio en la postura oficial responde a una necesidad más estratégica, no se trata solo de un posicionamiento discursivo frente a una visión política opuesta, sino de un movimiento dentro de una negociación mucho más compleja: la del T-MEC, cuya revisión y continuidad estarán marcadas por tensiones políticas, económicas y electorales en ambos lados de la frontera.

En este contexto, el mensaje es doble. Por un lado, México muestra que tiene margen de maniobra internacional, que no está atado exclusivamente a la lógica de integración con Estados Unidos. Es, en términos clásicos de negociación, una señal de diversificación: “no dependemos solo de ti”. Pero por otro lado, también abre una interrogante incómoda: ¿hasta qué punto esta narrativa de autonomía es una herramienta de presión o el antecedente de una reconfiguración más profunda?

Hay un escenario que pocos dicen en voz alta, pero que empieza a tomar forma en ciertos círculos: la posibilidad de que a México no le resulte del todo inconveniente un rompimiento o debilitamiento severo del T-MEC, especialmente si este ocurre de manera unilateral por parte de Estados Unidos.

Suena contraintuitivo. Durante décadas, la integración comercial ha sido uno de los pilares del crecimiento económico mexicano. Sin embargo, desde la lógica política interna, el cálculo puede ser distinto. Un debilitamiento del tratado implicaría, casi de inmediato, disrupciones económicas: menor inversión, incertidumbre en las cadenas de suministro, presión sobre el empleo y, en consecuencia, un deterioro en las condiciones de vida de amplios sectores de la población.

Y es ahí donde la ecuación se vuelve incómoda. Porque en un país donde la política social ha sido el principal mecanismo de legitimidad, un contexto de mayor vulnerabilidad económica puede traducirse en una mayor dependencia del Estado. Más clientelismo, más programas, más control.

La historia latinoamericana ofrece múltiples ejemplos donde el deterioro económico no necesariamente debilita a los gobiernos, sino que, en ciertos modelos, los fortalece políticamente. La pobreza, lejos de ser solo una tragedia social, se convierte en un terreno fértil para consolidar estructuras de poder que operan a través de la asistencia y la lealtad electoral. MORENA claramente se ha beneficiado de los pobres en México, el propio López Obrador lo mencionó en su mañanera del 4 de enero de 2023: “ayudando a los pobres va uno a la segura, porque ya saben que cuando se necesite defender, en este caso la transformación, se cuenta con el apoyo de ellos. No así con sectores de clase media, ni con los de arriba, ni con los medios, ni con la intelectualidad, entonces no es un asunto personal, es un asunto de estrategia política”.

En ese sentido, la eventual salida o debilitamiento del T-MEC no solo tendría implicaciones comerciales, sino también políticas. Reduciría la influencia directa de Estados Unidos en la agenda interna mexicana, en temas regulatorios, energéticos o laborales, y abriría espacio para un rediseño institucional más alineado con la visión del régimen actual.

Esto no significa que exista un interés explícito en romper el tratado. Pero sí sugiere que, ante un escenario adverso, el costo político interno podría no ser tan alto como se pensaría. De hecho, podría incluso ser funcional a un proyecto de poder de largo plazo. Recordemos que la 4T ya controla al ejército, así que una caída en la economía y una probable imposibilidad de continuar con los programas sociales podría ser suplida por un control social basado en las armas, como sucedió en Cuba o en Venezuela.

La visita a Barcelona, entonces, deja de ser un acto aislado y se inserta en una narrativa más amplia. Una narrativa donde México no solo negocia con Estados Unidos, sino que también redefine su posición frente al mundo y posiblemente, frente a sí mismo.

El verdadero punto no es si se desafía a Trump, sino entender hasta dónde es capaz de llegar el régimen actual para mantenerse en el poder y de qué lado se pondrán en la lucha geopolítica que se está librando hoy.

En otras latitudes digitales…

Trascendió que la empresa eslovena CETIS está por expandir sus contratos como proveedor de los pasaportes mexicanos. Esto no tendría nada de raro si no fuera porque dicha empresa acumula antecedentes de corrupción, fallas operativas graves y escándalos en varios países, incluyendo desvíos financieros en Eslovenia y un caso crítico en Kosovo donde errores masivos en boletas electorales alteraron su proceso democrático. Así que gestionar un documento tan importante y con tantos datos personales en un país 100 veces más grande que Kosovo no suena buena idea.

¿De dónde sacan estos proveedores?

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