Cuando Washington pidió ayuda a sus aliados para garantizar la navegación por el estrecho de Ormuz, varios gobiernos europeos respondieron que esa no era su guerra. El argumento de la Unión Europea fue que Estados Unidos e Israel habían iniciado operaciones contra Irán “sin consultarlos”. La alianza no significa que cada país deba acompañar automáticamente cualquier guerra que otro decida iniciar.
Pero ahí se confunden dos cuestiones distintas. Una cosa es ayudar a EU a combatir a Irán; otra es defender la libertad de navegación por una vía marítima internacional. Por Ormuz transita cerca de una quinta parte del petróleo mundial, además de enormes cantidades de gas y mercancías. Europa depende de esa energía y Asia también. Existe además un principio que trasciende esta guerra: ningún país puede decidir unilateralmente quién tiene derecho a utilizar un estrecho internacional. El derecho internacional reconoce un régimen especial para los estrechos utilizados para navegación. La Convención de Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar establece que el tránsito no debe ser obstaculizado y, más categóricamente todavía, que no puede suspenderse.
Irán no ha ratificado esa Convención y EU tampoco, pero el principio del tránsito por estrechos internacionales es ampliamente reconocido como parte del derecho internacional consuetudinario. Europa podía negarse a ayudar a EU a bombardear Irán, pero defender el derecho de barcos europeos, asiáticos, estadounidenses o de cualquier otra nacionalidad a atravesar Ormuz es otra cosa.
Imaginemos que mañana España o Marruecos decidieran cerrar unilateralmente el estrecho de Gibraltar y determinar qué barcos pueden entrar o salir del Mediterráneo. ¿Diría Alemania que no es su guerra? ¿Lo consideraría Francia un problema exclusivamente español o marroquí? ¿Aceptaría Gran Bretaña que uno de los países ribereños decidiera qué petroleros o portacontenedores pueden atravesar una de las principales arterias marítimas del planeta?
El principio sería evidente. Gibraltar está rodeado por territorios soberanos, pero la navegación internacional no puede quedar al arbitrio de uno de ellos. ¿Por qué Ormuz debe medirse con una vara diferente? Entonces aparece una pregunta inevitable: si Europa considera que impedir el tránsito por Ormuz viola el derecho internacional, ¿quién debe defender ese principio? ¿Solamente Estados Unidos?
La discusión nunca fue realmente si la libertad de navegación importaba; era quién debía asumir el riesgo de defenderla y cuándo. Ahí regresamos al argumento de la primera parte. Europa pide a EU que mire más allá del texto de los tratados cuando considera amenazada su seguridad. Ucrania no pertenece a la OTAN, pero Washington debe ayudar porque impedir una victoria rusa protege un interés estratégico occidental y previene una amenaza futura. Es un argumento defendible, pero entonces el concepto de interés compartido tiene que funcionar también en sentido contrario.
No se puede sostener que prevenir una amenaza es responsabilidad común cuando se trata de Rusia, pero fundamentalmente estadounidense cuando se trata de Irán. Mucho menos que defender un país que no pertenece a la OTAN constituye una responsabilidad occidental mientras mantener abierta una vía marítima internacional de la que depende la economía mundial es problema de Washington.
Los aliados pueden discrepar; Europa puede considerar equivocada una guerra estadounidense y negarse a participar en ella. Puede exigir consultas antes de comprometer sus fuerzas. Pero una cosa es negarse a participar en una guerra y otra abandonar un principio internacional porque defenderlo implica costos.
Marco Rubio llevó recientemente el argumento todavía más lejos. Recordó que algunos miembros de la OTAN, entre ellos España, no sólo se negaron a participar en la guerra. Negaron a EU el uso de bases y hasta de su espacio aéreo. “¿Qué obtiene entonces Estados Unidos?”, preguntó. Si Washington mantiene tropas y asume compromisos para defender a esos países, pero cuando necesita esas instalaciones se le niega el acceso, dijo, habrá que reexaminar el valor de ese arreglo.
Durante décadas EU asumió una parte desproporcionada del costo de la seguridad occidental y del mantenimiento del orden internacional. Ese modelo está cambiando. No empezó con Trump y probablemente no terminará con él. Una alianza no elimina los intereses nacionales de sus miembros. Pero tampoco puede exigir reciprocidad únicamente cuando conviene a una de las partes. De otra manera, “aliado” deja de describir una relación y empieza a describir una conveniencia. Como bien decimos coloquialmente, lo que es bueno para el ganso es bueno para la gansa.