Se perdió el momento político. No hará falta cancelar el T-MEC para que Washington logre lo que pretende y que México pierda, basta con volverlo impredecible. Lo escribí en varias ocasiones. Mientras México negociaba con la lógica de los años noventa, Washington cambió de tablero. La política comercial de EU ya no se diseña para maximizar eficiencia de costos, sino para reducir vulnerabilidades estratégicas.
México repetía que si EU decidiera terminar el T-MEC o renegociar sustancialmente el acuerdo subirían los precios de los automóviles, los electrodomésticos y miles de productos más. Los grandes perjudicados serían los consumidores norteamericanos. Incluso la presidenta Claudia Sheinbaum repetía este argumento con frecuencia. Se planteaba como si los negociadores estadounidenses desconocieran esa consecuencia, cuando en realidad ya la habían incorporado a su cálculo.
Aun si se cancelara el T-MEC, esto no significaría que las empresas estadounidenses instaladas en México cerrarían sus plantas. El comercio seguirá existiendo aun sin tratado. Estados Unidos comercia con prácticamente todos los países del mundo, y la mayoría no tienen un acuerdo de libre comercio equivalente al T-MEC. Los tratados facilitan el comercio, establecen reglas, reducen incertidumbre y, en muchos casos, otorgan preferencias arancelarias.
Hace tiempo lo expliqué en mi columna “Trump no necesita el T-MEC”. Sostuve que el poder de Estados Unidos radicaba en controlar el acceso al mercado más grande del mundo. El error de muchos analistas en México ha sido suponer que el dilema es binario. O existe el T-MEC o se desploma el comercio. En realidad, entre ambos extremos hay muchos escenarios intermedios. Las empresas que ya invirtieron miles de millones de dólares en México no abandonarían sus plantas de la noche a la mañana. Una fábrica automotriz, una planta de autopartes o un complejo manufacturero no se trasladan simplemente porque cambió un tratado. Son inversiones enormes, costos hundidos, activos que seguirían operando mientras las compañías negocian y se adaptan a las nuevas reglas.
El verdadero problema para México no está en las inversiones que ya llegaron, sino en las que todavía no llegan.
Una empresa que hoy analiza dónde construir una nueva planta para abastecer al mercado norteamericano durante los próximos veinte años no sólo compara salarios, logística o disponibilidad de proveedores. También evalúa entre otras, la falta de Estado de derecho, la previsibilidad regulatoria y la certidumbre comercial. Estos últimos han empeorado en México en los últimos años. Además, si el acceso preferencial al mercado estadounidense deja de percibirse como una regla permanente, la incertidumbre se convierte en parte del costo del proyecto. Pocas cosas afectan tanto una decisión de inversión como la incertidumbre. La inversión de largo plazo no premia únicamente los menores costos, premia la estabilidad.
Desde esa perspectiva, Estados Unidos no necesita detener el comercio con México. Le basta con generar incertidumbre para que una parte de la nueva inversión industrial termine instalándose en Texas, Tennessee o Carolina del Norte, en lugar de Nuevo León o Guanajuato, que además representa riesgos por seguridad y agua.
Hay un cambio profundo que los negociadores mexicanos no terminan de entender. Durante más de treinta años, la relación económica con Estados Unidos se construyó sobre una lógica relativamente simple, si América del Norte era más competitiva frente al resto del mundo, todos ganarían. La prioridad era reducir costos, integrar cadenas de suministro y producir donde resultara más eficiente. Ese paradigma cambió.
Como señalé en mi columna “México fuera de la mesa I”, la discusión en Washington dejó de girar exclusivamente alrededor de la competitividad. Hoy el concepto dominante es la seguridad nacional. El comercio dejó de ser un fin en sí mismo y pasó a convertirse en un instrumento de política nacional. Si el objetivo principal ya no es producir donde resulte más barato, entonces la política comercial deja de ser únicamente una política económica y se convierte en una herramienta geopolítica. La propia primera revisión del T-MEC ilustra ese cambio. En lugar de concentrarse en modernizar las reglas comerciales, terminó incorporando temas como seguridad fronteriza, migración, combate al fentanilo, aranceles y otros asuntos estratégicos. La agenda comercial dejó de discutirse de manera aislada y pasó a formar parte de una negociación mucho más amplia, reflejando que para Washington la relación económica ya no puede separarse de sus objetivos de seguridad nacional y competencia geopolítica.
El verdadero riesgo nunca fue perder el mercado estadounidense sino seguir teniendo certidumbre de acceso sin ningún cambio a las reglas para que la próxima fábrica se construyera en México. El T-MEC no sólo protegía comercio, protegía expectativas. Cuando un país pierde expectativas, pierde mucho más que un tratado.