Mitos y Mentadas

México, fuera de la mesa (I)

Las diferencias quedaron aún más claras cuando Trump afirmó la semana pasada que EU no necesita el T-MEC y calificó el acuerdo como “irrelevante”, subrayando que Canadá sí busca mantenerlo.

Cuando se negoció el TLCAN en los años noventa, el objetivo era claro: competitividad. Producir más barato, integrar cadenas de valor, aumentar la eficiencia y reducir costos para consumidores y empresas. Era la lógica de la globalización en su momento de mayor optimismo. El comercio se entendía como una herramienta esencialmente económica; la seguridad nacional simplemente no estaba en la ecuación.

El contexto lo explicaba. Tras el colapso de la Unión Soviética en 1991, la posibilidad de un conflicto militar entre grandes potencias parecía desvanecerse. China aún no representaba una amenaza estratégica para EU, su economía apenas se abría al mundo y no competía en sectores clave a escala global.

El T-MEC, negociado dos décadas después, introdujo reglas de origen más estrictas, cláusulas laborales, mecanismos de cumplimiento y mayor protección a la propiedad intelectual, pero no alteró lo esencial. El objetivo seguía siendo el mismo: mantener la competitividad de América del Norte frente al resto del mundo. Hoy, ese ya no es el objetivo central.

La política comercial de EU ya no se diseña para maximizar eficiencia de costos, sino para reducir vulnerabilidades estratégicas. La seguridad nacional y el control geopolítico se han convertido en los nuevos criterios que guían las decisiones en Washington. Bajo este nuevo marco, se abren distintos escenarios. En esta columna y en la siguiente analizaré dos de ellos. Concluiré estas entregas con el tercer escenario: la “diplomacia empresarial”.

Trump ha construido su carrera política a partir de una lógica de estirar la realidad. Detrás de sus declaraciones extravagantes hay una estrategia de poder. Decir algo imposible para desplazar los límites de lo que luego se vuelve negociable.

Un ejemplo fue cuando afirmó que Canadá debería convertirse en el estado número 51 de Estados Unidos. La frase generó burlas, indignación y titulares sobre su delirio imperial. Los analistas repitieron que era un disparate, que Canadá jamás aceptaría algo así. Trump sabe que Canadá no podría ser un solo estado.

Luego viene el paso atrás, ya no proponer que Canadá sea el estado 51, sino plantear la negociación de un mercado común al estilo europeo. No como un salto abrupto, sino de forma gradual, sectorial y por etapas. Desde esta lógica, una integración económica deja de ser absurda.

Para EU, los beneficios serían evidentes. Un mercado común con Canadá permitiría asegurar acceso estable y preferencial a energía, minerales críticos, agua y otras materias primas estratégicas, reduciendo dependencias externas en un entorno geopolítico cada vez más incierto. También facilitaría la integración regulatoria en sectores como energía, defensa, telecomunicaciones y tecnologías emergentes.

Para Canadá, un acuerdo de este tipo ofrecería certidumbre de largo plazo frente a un socio mucho más grande. Garantizaría acceso preferencial a su principal mercado de exportación y reduciría el riesgo de decisiones unilaterales. Además, profundizaría la integración industrial y tecnológica, consolidando su papel como socio estratégico de Estados Unidos.

Un esquema gradual permitiría avanzar primero en sectores clave, armonizar reglas, generar confianza política y reducir resistencias internas en ambos países. La lógica ya no sería la eficiencia de costos, sino la seguridad económica compartida. Desde esta perspectiva, tiene sentido que Trump esté considerando acuerdos bilaterales: uno con Canadá y otro con México.

Muchos dicen que Canadá nunca aceptaría algo así. Los canadienses no quieren saber nada de Trump. En cuanto a Estados Unidos, una integración con Canadá no genera resistencias políticas ni emocionales. No despierta temores culturales ni debates identitarios, y a diferencia de México, no está asociada a narrativas de inseguridad y crimen organizado. Canadá es un socio confiable y estable, lo que hace esa integración no solo viable, sino políticamente vendible.

México llega con otro expediente: debilitamiento del Poder Judicial, desmantelamiento de instituciones independientes, crimen organizado, corrupción; se negó a condenar el fraude de Nicolás Maduro en 2024 como sí lo hizo Canadá; invitó tropas rusas y chinas a desfilar el día de la Independencia en 2023; boicoteó la Cumbre de las Américas y organizó una contra-cumbre con las dictaduras venezolana, nicaragüense y cubana. En un mundo donde comercio y seguridad ya son lo mismo, ese historial no se ignora.

Las diferencias quedaron aún más claras cuando Trump afirmó la semana pasada que EU no necesita el T-MEC y calificó el acuerdo como “irrelevante”, subrayando que Canadá sí busca mantenerlo. Más allá del tono, el mensaje es directo: Washington ya no se ve atado al tratado y distingue entre un socio que considera estratégico y otro cuya relación juzga prescindible.

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