Contracorriente

Un “gran acuerdo comercial” con EU

Para darnos cuenta de lo que significa un gran acuerdo desde la perspectiva de Trump, tenemos a la vista el acuerdo entre Estados Unidos y la Unión Europea, firmado en julio de 2025, conocido como el acuerdo de Turnberry.

El 19 de octubre de 2026, Donald Trump dijo durante un mitin en Kansas que su gobierno está “muy cerca” de lograr un “gran” acuerdo comercial con México. Argumentó que tal acuerdo reduciría el déficit comercial estadounidense con México desde “150 mil millones de dólares (SIC) hasta cero”.

El tratado comercial con México no es el primero que negocia el gobierno de Trump. Para darnos cuenta de lo que significa un gran acuerdo desde la perspectiva de Trump, tenemos a la vista el acuerdo entre Estados Unidos y la Unión Europea, firmado en julio de 2025, conocido como el acuerdo de Turnberry.

Por ese acuerdo, Europa aceptó abrir su mercado a las manufacturas estadounidenses, aunque sus exportaciones similares deban pagar aranceles estadounidenses de hasta 15 por ciento.

Es evidente la desventaja que representa ese punto del acuerdo para la competitividad de la planta industrial europea ante las empresas estadounidenses; a muchas podría convenirles trasladarse a territorio de EU para evitar aranceles, aunque se venga abajo el crecimiento industrial en las economías europeas.

De hecho, el acuerdo prevé que empresas del viejo continente realizarán inversiones adicionales en Estados Unidos por 600 mil millones de dólares en tres años, lo cual repercutirá en menos inversiones y empleos industriales en Alemania, Francia, Bélgica y demás países, y repercutirá también en menores estímulos para desarrollar tecnología propia.

De eso se trata la política trumpiana, que pretende hacer que Estados Unidos “vuelva a ser grande”. Su credo es que lo que uno gana, alguien lo tiene que perder.

El acuerdo europeo establece, además del desequilibrio mercantil, otros rubros, que son la dependencia del viejo continente en energía más cara, la apertura franca a inversiones, mayores compras de armamento y dependencia tecnológica.

La Comisión Europea defiende el acuerdo como la forma de evitar una guerra comercial y de recuperar cierta previsibilidad, cierta certidumbre y orden, pero a un costo social que resienten los ciudadanos europeos.

Las protestas de alcance nacional en Francia, las que está habiendo en Italia y Bélgica que llegan a enfrentamientos con la policía, tienen motivaciones comunes en el alza del costo de la vida, bajas expectativas juveniles, recortes presupuestarios a la educación y deterioro de los servicios públicos.

Son ajustes al encarecimiento de la energía y otros que nadie quiere pagar y que elevarán la escala de la conflictiva social en Europa; pagarán los trabajadores con menores salarios reales, con la posposición de jubilaciones y pensiones y servicios públicos de menor calidad.

Todos tendrán que poner algo para adquirir petróleo y energéticos nucleares estadounidenses por un valor estimado de 750 mil millones de dólares hasta 2028, incluido gas natural licuado a mayor precio del que Europa recibía por gasoducto desde Rusia.

Un estudio publicado en octubre de 2026 en Energy Policy sostiene que Estados Unidos es ahora el principal proveedor de energía a Europa, a mayores costos que los de otras fuentes, y con escaso margen de la Unión Europea y sus 27 países miembros para negociar precios.

Con el mismo tratado, Estados Unidos también consolida su control europeo en tecnología; el acuerdo contempla que la UE compre al menos 40 mil millones de dólares en chips avanzados para sus centros de computación, lo que dificultará que desarrolle capacidades de diseño y de fabricación propias.

Está además el sustancial aumento comprometido en adquisiciones europeas de armamento estadounidense “para fortalecer la interoperabilidad de la OTAN y equipar a los aliados con sistemas avanzados”. El desarrollo de tales sistemas avanzados en la industria militar ha sido el generador de los mayores avances tecnológicos, que después se comercializaron, como la internet, el GPS y muchos más, que Europa tendrá menos oportunidades para desarrollar.

La experiencia europea nos deja ver claramente lo que significaría un “gran” acuerdo comercial de Estados Unidos con México.

El comercio bilateral acrecentado en el marco del TLCAN y después del T-MEC ha consolidado a las corporaciones transnacionales —en su mayoría estadounidenses— que exportan desde México —después de importar 80.43 por ciento de los insumos y bienes intermedios que utilizan—, como las principales proveedoras foráneas al mercado de Estados Unidos.

Esa estructura del sector exportador, que importa cuatro quintas partes del valor de lo que vende fuera, explica que no haya una simetría entre el crecimiento de esas ventas —18.3 por ciento en el periodo enero-agosto de este año con respecto al mismo periodo del año pasado— y el crecimiento del PIB; hay expectativas de que éste podría crecer arriba del 2 por ciento este año, desde una base débil de 0.8 por ciento que fue el crecimiento de 2025.

No hay una vinculación claramente positiva entre el T-MEC y el PIB nacional, ni razón para darlo todo con tal de que el sector exportador siga siendo el más dinámico de la economía de México, conforme al diseño del neoliberalismo impuesto hace cuatro décadas, con los resultados conocidos.

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