La presidenta Sheinbaum ofreció en días pasados “un rápido conteo de las buenas noticias”; enunció 12 temas, algunos económicos y otros sociales que, según dijo, van configurando el segundo piso de la 4T.
Se ha reiterado que ese segundo piso consiste en acelerar un crecimiento económico que a la vez sea socialmente incluyente, que reduzca la desigualdad y la pobreza.
Sin embargo, no todos los asuntos que la presidenta festina de la vertiente económica han favorecido —ni habrán de favorecer— un mayor bienestar social.
Entre los doce puntos, la presidenta destacó algunas buenas noticias coyunturales como lo son, sin duda, que en abril de 2026 “la inversión fija tuvo un crecimiento de 5.9% respecto al año anterior”, que el indicador mensual de consumo privado aumentó 2.1% el mismo mes, que la actividad industrial repuntó para alcanzar en abril su mayor nivel desde octubre de 2024, mismo mes en que la inflación llegó a 3.6%, su menor nivel en ocho meses.
Son buenas noticias, y mejores si se toma en cuenta que tenemos décadas de muy bajo crecimiento económico y de una dependencia de factores externos que se profundiza, realidades que deberían recibir la mayor atención de la política económica.
Al bajo crecimiento de las inversiones le ha prestado toda la atención posible la presidenta, pero el empresariado nacional sigue reticente.
La dependencia externa del desarrollo nacional, en cambio, no parece preocupar al gobierno; que México esté entre los diez países con mayor inversión extranjera directa no es motivo de celebración, mientras no se le haya exigido que establezca tratos con proveedores nacionales y que transfiera conocimiento y tecnología de sus procesos.
Celebra también la presidenta que las exportaciones hayan alcanzado el récord histórico de 723 mil millones de dólares al cierre de mayo, aunque el valor de los componentes fabricados en nuestro territorio haya disminuido de 58.9% en 1994 a 40% en la actualidad, cuando además, predominan empresas extranjeras en su fabricación.
Nuestra economía no crece como lo hace el resto del mundo a pesar de que cada año se tengan volúmenes crecientes de inversión extranjera directa y de que lo que se exporta desde México alcance nuevos niveles históricos; no crece debido a la ausencia —antes y ahora— de una política orientada a disminuir la dependencia de inversiones, tecnología y mercados externos.
Dice Arnulfo R. Gómez, experto en comercio exterior, que entre 1994 y 2025 la economía de China creció 1,324%, seguida de la de India con 763%, Indonesia 717%, Turquía 608%; la de Estados Unidos casi se decuplicó, mientras que la de México apenas se duplicó al registrar 113% en todo el periodo.
Son pocos los países que han tenido éxito siguiendo un modelo de desarrollo basado en exportaciones. La semana pasada nos referimos en este espacio a las condiciones en que China, Hong Kong, Singapur, Corea del Sur y Taiwán lo consiguieron porque se negaron a ser dependientes, y por qué México no lo consiguió.
Tan bajo crecimiento repercute inevitablemente en deterioro del bienestar social, en bajas oportunidades de empleo y bajos salarios. Por determinación política de la 4T, decidida a romper inercias de varias décadas, se han logrado avances significativos en bienestar social.
Entre las buenas noticias al respecto, subrayó la presidenta que México destaca en la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) con los mayores incrementos a los salarios desde 2018; hoy por hoy se han alcanzado los salarios de cotización en el IMSS más altos de la historia, con 669 pesos diarios, 6.4% por encima del año anterior.
México tendría también la segunda tasa de desempleo más baja de la OCDE (aunque también una de las tasas de informalidad laboral más altas de América Latina).
Es incuestionable que los avances sociales se detendrán sin el soporte de un mayor crecimiento económico. A lo largo de poco más de 30 años ha quedado claro que la mera integración a la economía norteamericana (EU y Canadá), estrategia de la que el Tratado de Libre Comercio de América del Norte fue su instrumento, no podía ser el acicate para modernizar y dinamizar la planta productiva del país.
Menos aún lo será el T-MEC, sujeto a revisiones anuales bajo el poderío estadounidense, cuyo gobierno lo ejerce simplemente porque puede hacerlo.
Puede ser esta la oportunidad de reorientar el curso del desarrollo del país.
La presidenta Sheinbaum presentó un ambicioso Plan México el 13 de enero de 2025 que, ante la ruptura del orden económico global, del multilateralismo y la guerra tecnológica entre China y EU, da cuenta de la necesidad de impulsar la industria del país, de generar 1.5 millones de empleos industriales, de elevar el contenido nacional de las exportaciones, de sustituir importaciones y de fortalecer el mercado interno.
Para avanzar en esa ruta, la política del gobierno necesita la contraparte empresarial; la nacional, que aporta entre 70 y 75% de la formación bruta de capital (FBC), se ha visto reticente a acelerar sus inversiones.
La extranjera, que responde por un 11% aproximadamente de la FBC, en cambio, tiene a México entre sus diez destinos predilectos, como celebró la presidenta Sheinbaum.
El problema parece ser, como han advertido críticos del Plan México, como José Romero, que los protagonistas centrales del plan no son las micro, pequeñas y medianas empresas mexicanas para apoyarlas a elevar sus capacidades de innovación, exportación y competitividad, sino las corporaciones transnacionales, las mismas a las que le apostó el neoliberalismo hace décadas.
Los tiempos exigen un verdadero cambio de rumbo y actores en la marcha económica de México.