Contracorriente

¿A quién le interesa el T-MEC?

Ese modelo maquilador de exportación, de bajo impacto en crecimiento económico y empleo, es el que enmarca el actual T-MEC y tiene como sus principales beneficiarias a las ensambladoras —como las automotrices— y maquiladoras.

Resulta paradójico que, mientras el aumento de las exportaciones desde México rompe marcas cada año, el PIB viene en declive desde hace décadas.

De 2010 a 2020, el PIB apenas creció 1.7 por ciento anual en promedio. Durante los cinco años siguientes a la pandemia, entre 2020 y 2024, el crecimiento anual promedio del PIB fue de apenas 1.1 por ciento.

En contraste, las exportaciones desde México a Estados Unidos tuvieron un crecimiento superior a 38 por ciento en el mismo quinquenio.

En 2025, el PIB alcanzó un resultado aún peor, de apenas 0.8 por ciento, pero las exportaciones tuvieron un valor sin precedentes ese año, cuando rebasaron los 664 mil 800 millones de dólares, un 7.6 por ciento más que en 2024.

La clave de esa paradoja es que son corporaciones transnacionales y la industria maquiladora —no empresas de capital nacional— las generadoras del 67 por ciento de las exportaciones del país; producen poco en México, ensamblan partes importadas, lo que lleva a que tengan una baja articulación con proveedores del país.

Con un modelo de negocios de exportación como este, no hay crecimiento de las exportaciones —por mucho que se aceleren— que repercuta sensiblemente en más y mejores empleos, en desarrollos científico y tecnológico propios y en la integración de cadenas de valor nacionales.

Tampoco sirve de mucho para detener el crecimiento de la economía informal. En toda América Latina, el empleo fuera del sistema fiscal y de pensiones reconocido por el Estado es un problema masivo, aunque en México duplica el de Uruguay y es bastante mayor que el que padecen Brasil, Chile o Costa Rica.

No es que el TLCAN ni el T-MEC sean el origen de esta paradoja, sino la política económica que siguió a la firma del primer acuerdo, en 1993, bajo el más puro neoliberalismo de dejar que fueran las fuerzas del mercado las que resolvieran la suerte de los participantes.

Se hablaba entonces de que se estaba poniendo a la planta industrial mexicana ante una repentina competencia para la que no estaba preparada ni se le estaba dando el tiempo y los apoyos indispensables para que se preparara. Era un tratamiento de shock, así lo refirió en alguna declaración el presidente Salinas de Gortari.

En lugar de coadyuvar al desarrollo del complejo industrial mexicano, Salinas optó por el Programa de Industrialización Fronteriza, que fomentó el crecimiento de la industria maquiladora.

El dato que mejor ilustra la paradoja a la que nos hemos referido es que, del total de exportaciones de manufacturas que se hacen desde México, el valor agregado por la planta industrial y los trabajadores mexicanos era de un 58.8 por ciento en 1993. Actualmente, apenas llevan un 40 por ciento de contenido nacional.

Ese modelo maquilador de exportación, de bajo impacto en crecimiento económico y empleo, es el que enmarca el actual T-MEC y tiene como sus principales beneficiarias a las ensambladoras —como las automotrices— y maquiladoras.

Por eso Trump no anunció ayer el retiro de EU del T-MEC, pero exige que en las revisiones anuales que se hagan, se aumente el contenido estadounidense en la producción automotriz norteamericana, y se establezcan medidas que impidan que los productos chinos se beneficien del T-MEC.

Trump también exige abatir el déficit que Estados Unidos tiene en los intercambios agroalimentarios, que han venido creciendo desde 2015 hasta 18.4 mil millones de dólares en 2024 y 13.2 mil millones en 2025.

Hay que distinguir en esas cifras, por un lado, el déficit de México en granos oleaginosas y carne, productos básicos de alimentación de la población, y el superávit que generan empresas extranjeras ubicadas en México.

Esas empresas exportan cerveza (de propiedad belga y holandesa), tequila (de propiedad británica y estadounidense), aguacate (Mission Produce o Calavo, ambas estadounidenses), frambuesa y fresa, jitomate, pimiento, que son exportados por brokers de Estados Unidos como NatureSweet.

Igual que en el caso industrial, las exportaciones que Trump quiere combatir las generan empresas extranjeras, principalmente estadounidenses ubicadas en México.

Así como las armadoras y demás industrias beneficiarias del T-MEC defienden su vigencia, según el Centro de Estudios para el Cambio en el Campo Mexicano, poderosas organizaciones estadounidenses de productores de maíz, cebada, girasol, arroz, soya, oleaginosas, puerco, aves, pavo, leche, huevo, además de las asociaciones de semillas, de molinos, de bioproductos, de crédito agrícola, de energía, las fabricantes de etanol y CropLife, que reúne a las compañías productoras de semillas transgénicas, hacen todo lo que está a su alcance por la renovación del T-MEC.

México ha hecho todo lo posible por defender la biodiversidad de nuestros maíces nativos, y el gobierno de López Obrador emitió en 2023 un decreto imponiendo restricciones al uso y consumo de maíz transgénico; EU planteó la controversia y en diciembre de 2024, el panel de solución de controversias del T-MEC resolvió a favor de Estados Unidos.

Ni el sector exportador ni el T-MEC deben seguir siendo considerados como la plataforma privilegiada del desarrollo. Revisemos en México alternativas al Tratado de Libre Comercio de América del Norte.

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