Contracorriente

¿Por qué no crece México?

La falta de crecimiento económico en México refleja los límites del modelo exportador y sus efectos sobre empleo, inversión y pobreza.

¿Por qué la economía mexicana no crece al ritmo de sus necesidades desde hace décadas, a pesar de la extraordinaria dinámica del comercio exterior que se practica desde nuestro territorio?

Es una paradoja que, mientras el comercio con Estados Unidos y Canadá ha pasado del orden de 55,000 millones de dólares en 1993 a más de 800,000 millones el año pasado, en el mismo lapso el producto interno bruto de México haya venido cayendo sistemáticamente.

Un débil crecimiento de la riqueza es parte de la explicación de las desigualdades y la pobreza, que son los mayores problemas de México. (La otra parte de la explicación es política).

El sexenio de José López Portillo fue el último en el que pudieron presumirse tasas anuales de crecimiento en torno al 6 por ciento. El sexenio de Salinas promedió 3.96% de crecimiento anual.

Desde entonces, el PIB ha seguido un declive imparable. Entre 2000 y 2018 el incremento anual apenas promedió 1.9% y el de 2018 a 2025 sólo avanzó 1.1% anual.

Las desigualdades y extensa pobreza que padece el país son efectos elocuentes de la insuficiencia de inversiones, empleos y salarios (y de las deformaciones en la distribución de la riqueza).

Otra manera de verlo es que entre 2000 y 2024, el PIB per cápita cayera a un promedio anual de 0.3% (INEGI/Conapo).

Esos promedios significan un estancamiento absoluto de la posibilidad de ascender en la pirámide de ingresos. Salir de pobre fue una expectativa posible hasta 1980; desde entonces, sólo es desesperanza, frustración y enojo que se acerca a la violencia.

Sin crecimiento de las inversiones productivas, del empleo y de los salarios, los esfuerzos del gobierno por transformar el papel que el Estado jugó desde 1982, propiciando la concentración de la riqueza y del ingreso, para emprender un modelo de desarrollo incluyente, será inviable pronto.

Por múltiples razones no crecen las inversiones de empresarios mexicanos; se citan desde la falta de agua y de energía eléctrica, se argumenta que la infraestructura de transporte carretero, ferroviario y portuario es cara y deficiente, y con más frecuencia se esgrime la inseguridad pública y jurídica. También generan incertidumbre las agresiones del gobierno estadounidense al de la presidenta Sheinbaum.

Son causas sensibles en las consideraciones de los inversionistas, pero hay una de carácter estructural que rara vez aparece en las discusiones; me refiero a la política económica que hace 40 años hizo de la integración a la economía de Estados Unidos y de las exportaciones a ese mercado, las condicionantes del crecimiento de la riqueza en México.

Ese modelo abandonó el fortalecimiento del mercado interno como estímulo al crecimiento y modernización de la planta productiva del país. En su lugar, los consumidores y las empresas estadounidenses animarían las inversiones productivas, el empleo y los salarios en nuestro territorio.

México no tiene otro destino que la plena integración a la economía de Estados Unidos, decía Carlos Salinas de Gortari, y lo repitieron los gobiernos sucesivos hasta el de Fox.

El débil mercado interno mexicano quedó, además, abierto a la oferta de 54 países con los que —por dogmatismo neoliberal — se firmaron sendos Tratados de Libre Comercio durante años posteriores a la entrada en vigor del Tratado de América del Norte (enero de 1994).

Tan amplia apertura mercantil enfrentó a la planta industrial del país a una competencia para la que no se había preparado, ni tuvo el respaldo de una política industrial que le facilitara adaptarse a las nuevas condiciones, en las que debía elevar su competitividad.

El TLCAN fue instrumento de esa política neoliberal. El mercado debía funcionar sin interferencias del poder público ni intentos de direccionar decisiones de inversiones privadas.

El propósito del TLCAN no era sólo facilitar los intercambios mercantiles liberándolos de aranceles, sino que coadyuvara —por efecto de la competencia mercantil— a lograr una integración productiva entre las economías de México, Estados Unidos y Canadá, de manera que las tres acompasaran su crecimiento.

Después de más de tres décadas, el único efecto del tratado es que las exportaciones desde México son el sector más dinámico y más importante de la economía; representan entre 36 y 40 por ciento del PIB.

El avance del PIB total de México va en sentido contrario al de las ventas exteriores. Hay una relación muy interesante entre haber convertido al sector exportador en el motor del crecimiento del país y la baja del crecimiento de la riqueza en otros sectores.

El TLCAN que México firmó hace 33 años no ha impactado ni el crecimiento económico ni el desarrollo social del país, ni el T-MEC lo hará en el futuro, porque ese modelo, que perseguía que por la mera lógica del mercado se modernizara y ganara competitividad la fabricación manufacturera del México, ya caducó.

La política de integración regional México —Estados Unidos —Canadá perdió vigencia ante la política proteccionista con la que Washington intenta repatriar industrias para enfrentar los avances de China que se perfila como la próxima economía hegemónica global.

En ese sentido, no está en el interés de Trump que el T-MEC se ratifique; lo ha declarado reiteradamente. Lo que ha dejado ver con toda claridad, es que sólo le interesa la subordinación económica, ideológica y geopolítica de México a sus intentos por preservar la hegemonía estadounidense global.

Las amenazas a la soberanía nacional, con el pretexto de combatir el narco terrorismo y la revisión del T-MEC, son dos de los poderosos instrumentos de Washington para lograr sus propósitos.

Otra manera de verlo es que entre 2000 y 2024, el PIB per cápita cayera a un promedio anual de 0.3% (INEGI/Conapo). Esos promedios significan un estancamiento absoluto de la posibilidad de ascender en la pirámide de ingresos.

Salir de pobre fue una expectativa posible hasta 1980; desde entonces, sólo es desesperanza, frustración y enojo que se acerca a la violencia.

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