Contracorriente

Ni destrozado ni boyante

La transformación ofrecida por López Obrador ha establecido algunas tendencias que merecen continuidad, aunque otras acciones reclaman correcciones profundas.

El proceso electoral que culminó en 2018 despertó esperanzas de corrección del rumbo económico del país que había profundizado las desigualdades, así como la renovación de los grupos que detentaban el poder político, cada vez más alejados de la ciudadanía y más cínicos y descaradamente corruptos.

La elección de Andrés Manuel López Obrador a la presidencia de la República alentó ambas expectativas; AMLO se declaraba portador de un proyecto de transformación económico-político orientado a establecer equilibrios más justos en la generación y distribución de la riqueza. “Por el bien de todos -era el lema- primero los pobres”.

La transformación ofrecida por López Obrador, dijimos en nuestra colaboración de la semana pasada, ha logrado establecer algunas tendencias fundamentales que merecen continuidad hasta su consolidación, aunque otras acciones reclaman correcciones profundas.

La voluntad y disposición de unir esfuerzos para conseguir colectivamente lo primero y lo segundo, exige que se puedan sostener los argumentos que se esgriman. Las dos fuerzas contendientes por el poder en 2024 están elaborando sus respectivos “proyectos de nación”; esperemos que no caigan, unos en sostener que todo lo que ha dificultado el paso del actual gobierno y las veces en que ha incurrido en errores viene del pasado, o lo ha provocado la oposición, ni los otros en repetir obcecadamente que el país está deshecho, la inseguridad está peor que nunca y que vamos al despeñadero y a una dictadura.

Los logros me parecen de la importancia suficiente como para no permitir que se les dé marcha atrás y algunos problemas lo suficientemente graves como para exigir cambios de estrategia, sea al gobierno actual y al siguiente.

Entre los logros, vuelvo a destacar, como lo he hecho antes en este espacio, que sin caer en populismo económico ni en satanizar el mercado, se ha actuado para mejorar los equilibrios (salarios y prestaciones) en el ámbito laboral, se han duplicado los presupuestos asignados a programas sociales y se han destinado inversiones públicas sin precedentes al sur sureste del país; ya se registran efectos benéficos, como la reducción de más de 5 millones de personas entre la población que vive en pobreza, desde hace decenios y siglos, aunque es apenas un paso, pero la trayectoria de seguir mejorando las remuneraciones laborales y de invertir en regiones siempre marginadas, es acertada.

Además, la reorientación correspondiente de gasto público ha mantenido la estabilidad macroeconómica en un entorno internacional inflacionario; se ha logrado mediante un manejo responsable de las finanzas públicas, basado en un gasto en general austero, en una mejor fiscalización de los grandes contribuyentes y la prohibición, por ley, de condonar impuestos, práctica que su prestaba al intercambio de favores y a la corrupción.

También se ha procurado fortalecer el protagonismo político del gobierno, para lo cual se ha buscado reducir la influencia excesiva de intereses particulares en el gobierno y recuperar confianza de los sectores sociales mayoritarios en las instituciones públicas.

Ambas acciones tienen sobrada justificación, pero el presidente ha hecho de esa dicotomía, motivo de vilipendio a sectores medios, de los que también forma parte la inmensa mayoría de los empresarios, al propio empresariado y ha dedicado efusivos elogios a los sectores populares, provocando con ello resentimientos y desconfianza entre “ricos” y el “pueblo”, cuando podía haberse valido de su autoridad moral para exaltar la colaboración siempre que se diera sobre bases equitativas.

De todas las críticas que ha recibido el gobierno al modificar o intentar incidir en la estructura y dinámica de las instituciones, lo que merece la mayor atención y esfuerzo para revertirlo es el creciente poder económico y político que se le ha transferido a las Fuerzas Armadas del país.

Se ha empoderado al Ejército mexicano y a la Armada de México y no se ha hecho lo necesario para detener y revertir la fractura del poder civil en municipios, estados y con probabilidad, algunas áreas federales.

El peor de los mundos es uno en el que predominen los argumentos de las Fuerzas Armadas sobre las razones civiles.

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