Gerardo Herrera Huizar

Abatimiento, calma chicha

Se ha entrado en una situación de aparente calma, construyéndose la narrativa de que todo ha vuelto a la normalidad.

Tras los hechos violentos que se registraron en el estado de Jalisco y otras demarcaciones por las operaciones militares orientadas a la captura del cabecilla de una peligrosa organización criminal con presencia en prácticamente todo el territorio nacional y con ramificaciones internacionales, se ha entrado en una situación de aparente calma, construyéndose la narrativa, desde el ámbito oficial, de que todo ha vuelto a la normalidad.

Mientras a nivel interno se califica la operación como exitosa a pesar de las bajas sufridas y se admite la colaboración de autoridades norteamericanas solo mediante la aportación de inteligencia, el gobierno de los Estados Unidos se arroga abierta y públicamente el abatimiento del líder criminal.

La suspicacia no se ha hecho esperar, destacadamente en redes sociales, sobre la realidad del deceso del personaje aludido, las condiciones en que se haya producido este y sobre su identidad, toda vez que no se ha hecho pública ninguna imagen al respecto, abriendo el espacio a la especulación, particularmente sobre la conveniencia de su desaparición para algunos actores públicos que pudieran, eventualmente, verse expuestos, de haberse iniciado su proceso en prisión.

Una pregunta que flota en el ambiente es la de quién le sucederá al frente del cártel, suponiendo que la organización delictiva se estructura bajo una lógica monolítica, pero la experiencia con circunstancias similares en épocas pasadas señala la posibilidad de la fragmentación, la confrontación interna de liderazgos y con ella la diseminación y emergencia de nuevos grupos criminales que pretendan el control de regiones geográficas determinadas de manera autónoma.

Bajo este escenario de ruptura y confrontación, se supondría un debilitamiento de las capacidades de cada nuevo grupo y mayor fortaleza institucional para combatirlos en detalle, pero ofrece el riesgo de la generación de mayor violencia e inestabilidad por la pugna por el control territorial.

Sea por determinación propia o atendiendo a las sutiles sugerencias del vecino del norte, el gobierno mexicano ha dado un giro radical a la estrategia de seguridad, que marca un nuevo derrotero en el combate a las organizaciones criminales, pero no se elimina la amenaza de nuevas acciones violentas en el futuro inmediato, toda vez que el espacio de aparente calma les ofrece también la oportunidad de reestructurarse y definir actos de revancha de manera selectiva que podrían suceder en cualquier momento y en cualquier parte, lo que supondría no solo un reto mayúsculo para las fuerzas de seguridad del Estado, sino una elevada posibilidad de inestabilidad generalizada.

La atomización del crimen organizado y, consecuentemente, de la violencia generada por este debe ser considerada como altamente probable y actuar con inteligencia y estrategia prospectiva, antes de que nuevos eventos violentos nos sorprendan y obliguen a la reacción en lugar de la anticipación.

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