El horno no está para bollos. El ambiente nacional es de tensión evidente en todos los ámbitos de la vida pública. Aunque la narrativa oficial se esfuerce, mañana tras mañana, por ofrecer un panorama bajo control y sin mayores preocupaciones. Sin embargo, la realidad cotidiana presenta un amasijo de temas que se amalgaman y vuelven caótico su tratamiento.
Los temas económicos se asocian al deterioro manifiesto de la clase política, a la rampante inseguridad y a la incertidumbre social, y se impactan unos a otros de manera aleatoria, cual bolas sin control en una mesa de billar, sometiendo al país a grandes presiones en el interior y desde el extranjero.
El desencanto social va en aumento. El temor cotidiano, la continua exhibición de acciones apartadas de la más elemental ética por parte de personajes públicos, la incongruencia discursiva, abiertos actos de corrupción a gran escala y las menguantes condiciones de la economía alimentan en la población la desconfianza y el enojo.
Las evidencias, difundidas profusamente mediante redes sociales o aparentes filtraciones, son atajadas discursivamente de manera inmediata o, simplemente, se eluden desde la palestra desestimando su veracidad y trascendencia.
Ante un nuevo escándalo o acusación incómoda, se ofrece llevar a cabo la investigación correspondiente y, desde luego, la exhibición de pruebas acompañadas de la denuncia pertinente. Se patea el bote dejando a Cronos realizar su labor de olvido.
El arropamiento estratégico y la investigación selectiva sobre personajes específicos se convierten en una constante del ejercicio público. Sin embargo, desnudan, paulatinamente, los aspectos más oscuros de la institucionalidad aparentemente democrática de la política en el México actual. Los más prominentes miembros de ayer y hoy parecen, por alguna extraña y coincidente circunstancia, buscar refugio o iluminación en los brazos de la madre patria y alrededores.
Mientras los deleznables acontecimientos se suceden y la república se renueva, los ojos del poderoso vecino nos observan y actúan en consecuencia. Las pinzas se van cerrando dosificadamente, incrementando la incertidumbre en la relación bilateral. Lo que sucede en México trasciende nuestras fronteras y tiene un impacto directo e inmediato en la política interna, aunque se vaya aplazando treinta, sesenta o noventa días. La espada de Damocles sigue ahí, induciendo de manera suave o dura el derrotero a seguir.
Por lo pronto, parece ser que la herramienta más poderosa de presión no son los aranceles, ni los criminales mexicanos que están hospedados en los Estados Unidos, sino las filtraciones que surcan viralmente las redes sociales sobre nuestros ínclitos servidores del pueblo.