Gerardo Herrera Huizar

Nuevo León, el experimento

La política se ha desgastado de una manera evidente. La legalidad, los equilibrios, los contrapesos pueden dejarse de lado sin rubor alguno.

Lo sucedido en Nuevo León, caprichitos gubernamentales y chicanas inéditas incluidas, da cuenta del deterioro que durante los últimos años ha venido teniendo tanto la política, como la clase política en México.

Las alternancias que se instalaron en la República a partir del inicio de este siglo, que ya va para cinco lustros, supusieron el ingreso a una modernidad democrática, más sana, transparente y regulada por contrapesos sólidos, con rendición de cuentas y sanciones pertinentes.

Sin embargo, pronto se adaptaron, confortablemente, los nuevos gobiernos a las viejas prácticas, sucumbiendo al embeleso del poder y los placeres que este brinda, dejándose embriagar por la arrogancia, la ambición o el interés personal.

Quizás el anhelado trono tenga algún hechizo, algo mágico que transforma al que lo posee y le hace perder la memoria, olvidando así las promesas de campaña, las vehementes ofertas de una vida mejor, próspera y feliz, haciendo al monarca, presa de su propia iluminación e infalibilidad.

Desde la primera alternancia del presente siglo, un factor común ha estado presente en cada sucesión presidencial: el hartazgo social con los modos de la política de los gobiernos previos, con la corrupción y la falta de resultados claros en el bienestar colectivo, una especie de castigo y la siempre presente esperanza de cambio positivo.

Ciertamente, son indispensables los mensajes conmovedores, la motivación de la promesa, el carisma, que no siempre conmueven ni motivan y terminan por inducir la decisión por el menos malo o guiados por las encuestas cada vez menos creíbles.

Los viejos se debaten entre la esperanza, el optimismo obnubilado de la promesa o el engaño, y los jóvenes, con sus naturales excepciones, transcurren entre la frivolidad y la superfluidad, lejanos de su propia realidad y el riesgo en que se coloca su futuro y trascendencia.

La política se ha desgastado de una manera evidente. La legalidad, los equilibrios, los contrapesos pueden dejarse de lado sin rubor alguno. En la lucha por el poder pueden usarse todo tipo de artimañas, denuestos y descalificaciones, persecución y acoso para derribar al adversario.

Mientras tanto, la sociedad asume en muchos casos un rol de simple espectador, adormecida por la complejidad del ambiente, enrarecido por el discurso, por la promesa hueca, por la manipulación mediática, con la pretensión de transformar la realidad que se vive.

Paulatinamente, se va normalizando el deterioro. Nos acostumbramos a vivir con miedo, con limitaciones de tránsito seguro, a la falta de justicia, a limitaciones de pensamiento y acción y al abuso, tan cotidiano, del poder.

La recta final en que se encuentra esta administración es por demás compleja e inquietante por todos los actores que están en pugna, legales e ilegales que ya tejen sus redes para ejercer influencia determinante en los resultados del año venidero.

Al tiempo.

El autor es catedrático, analista político, consultor en estrategia, seguridad nacional y administración pública

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