Érase una vez un país que sacrificó su futuro en el altar de una idea equivocada. El gobierno de Morena apoya a las dictaduras de Cuba y Venezuela no por ser dictaduras, sino por ser socialistas.
Como les tienen miedo a las palabras, en vez de asumirse como socialistas, han optado por el ridículo membrete de “economía moral”. Como les da vergüenza asumirse autoritarios, prefieren que los llamen “humanistas”. Eufemismos que disimulan sus intenciones.
Por eso, cuando a Sheinbaum le piden que comente un premio a una mujer que defiende la democracia en Venezuela, prefiere decir: “sin comentarios” para no decir: “nosotros admiramos las dictaduras socialistas, quisiéramos como ellas eternizarnos en el poder”.
Poco importa lo que digan; lo que importa es lo que hacen. “Los actos de los hombres son los mejores intérpretes de sus pensamientos”, escribió Joyce. Sus actos los desnudan. Apoyamos a la dictadura cubana no por humanismo (de ser así, regalaríamos también combustible a Ucrania, invadida por una potencia), sino porque Cuba representa el modelo social del grupo que se hizo con el poder en México gracias al apoyo del crimen organizado.
Es cierto que hay muchos modelos socialistas y no todos ellos son autoritarios. Está, por ejemplo, el modelo socialdemócrata europeo. Pero en México no es ese el modelo al que se aspira, aunque se llenen la boca de la palabra democracia.
No es democrático un gobierno que intenta controlar las elecciones. No es democrático un gobierno que comete fraude en los comicios (como ocurrió con los acordeones en la elección judicial). No es democrático un gobierno que alienta la censura bajo la forma de demandas judiciales.
No es democrático un gobierno que elimina el órgano de transparencia para volver opacos sus actos frente a los ciudadanos. No es democrático un gobierno que controla los poderes Legislativo y Judicial para dotar de un máximo poder al Ejecutivo.
Asientan su legitimidad en los millones que votaron por su candidata, pero no cuestionan que para obtener ese triunfo López Obrador haya violado en más de cincuenta ocasiones la ley electoral ni que haya evidencias de que el crimen organizado haya financiado las campañas morenistas.
Presumen la popularidad como fuente de legitimidad. Vicente Fox fue también un presidente muy popular. Se le criticó en su momento que gobernara en función de las encuestas. Un estadista debería gobernar con altura de miras y no solo para satisfacer la coyuntura. Ahora “la izquierda progresista” ha fetichizado las encuestas de popularidad.
Ser famoso es ser validado por el pueblo. No importa que esa fama sea producto de un costoso aparato de propaganda, no importa que esa popularidad esté basada en mentiras y medias verdades.
Paradójicamente, quienes se asumen demócratas y populares han permitido la mayor concentración de poder en un elitista grupo compacto que en sus concentraciones separa una zona VIP de la que ocupa el pueblo; que se dispensa lujos y viajes mientras presume que aumentaron unos pesos al salario mínimo. Promueven una sociedad igualitaria, pero ya se sabe: “todos somos iguales, pero algunos somos más iguales que otros”.
López Obrador condecoró con el Águila Azteca al dictador cubano Díaz-Canel apenas unos días después de que este ordenara la represión de manifestantes que pedían democracia en la isla. Sheinbaum no asistirá a la Cumbre de las Américas porque no se invitó a las dictaduras.
En México se cobra un impuesto cada vez más alto a las gasolinas, pero a Cuba se le han obsequiado más de tres millones de barriles de combustible. Cuba es el modelo del grupo gobernante.
A pesar de que íntimamente creen en la revolución, avanzan con reformas graduales hacia el modelo imperante en Cuba y Venezuela. Los venezolanos que han llegado a México no dejan de advertirnos: está sucediendo aquí lo que vivimos allá.
Los próximos objetivos del gobierno que padecemos serán el control electoral, la censura bajo el modelo de “derecho de réplica” y la judicialización de las expresiones disidentes. Teniendo bajo su control todas las formas de protesta, acelerarán los pasos hacia la imposición del modelo cubano.
La democracia liberal ha cedido su puesto a un sistema autoritario y militarista. El sistema tolerará la corrupción siempre y cuando sea la de los suyos.
Se intentará pacificar al país imponiendo un modelo de dominancia de los cárteles más poderosos en cada región. La democracia será sustituida por la popularidad, ¿no acaso Morena elige a sus candidatos mediante encuestas? Se intentará debilitar a la prensa para controlarla o volverla marginal.
Los libros de texto enseñarán que el corto periodo de nuestra democracia fue una aberración. A los que piensen que exagero, les pido que se pregunten qué modelo social admiran nuestros dirigentes, al cual condecoran, al cual apoyan.
Por eso, si se les pide su opinión sobre el Premio Nobel a una valiente mujer demócrata, prefieren contestar, vergonzosamente, “sin comentarios”.