“Yo solo confío en aquellas encuestas que he manipulado previamente”.
(Winston Churchill)
Aparece una encuesta que coloca a la candidata oficialista treinta puntos por arriba de la candidata opositora. “Lo ven, su candidata no levanta”, dicen. Como si viviéramos en Suecia. Como si la competencia fuera pareja. Desde el poder (legal e ilegalmente) se han inyectado cientos, quizá miles de millones de pesos para inflar la mediocre candidatura de Claudia Sheinbaum, cuyo logro como jefa de Gobierno son los 26 muertos ocasionados por el desplome de la línea 12 del Metro.
Hagamos un rápido repaso: dejó sin mantenimiento al Sistema de Transporte, no acudió al lugar del siniestro, el presidente tuvo que hacerse cargo de la comunicación, se contrató a una empresa extranjera para que hiciera la investigación, se exculpó a la directora del Metro, aceptó que la compañía que construyó los pasos elevados (de Carlos Slim) se hiciera cargo de la reparación sin recibir ningún castigo, decidió suspender el anuncio mediante el cual la compañía encargada del peritaje daría su dictamen para evadir su responsabilidad, introdujo ilegalmente a miles de elementos de la Guardia Nacional para sembrar la idea de un posible sabotaje, ordenó meter temporalmente a la cárcel a una señora a la que se le cayeron accidentalmente las aspas de una lavadora… El ridículo fue monumental. Su relación con las tragedias ocurridas en el Metro pinta de cuerpo entero a Claudia Sheinbaum. Incapaz de aceptar su responsabilidad. Sumisa ante las maniobras de su padrino político (el presidente). Responsable de la muerte impune de 26 personas. Cómplice del poder empresarial de Carlos Slim. Esta es la realidad de la exjefa de Gobierno. ¿En razón de qué méritos habría de llevar una ventaja de 30 puntos sobre nadie? ¿Treinta puntos de ventaja gracias a su carisma? Una sardina enlatada tiene más carisma que ella. Treinta puntos, dicen. Como si viéramos en Suecia y la cancha democrática estuviera pareja.
Estamos en México. Nuestra democracia es singular. Tolera que el presidente en cada una de sus conferencias viole la ley electoral y no pase nada. No sólo el presidente viola la ley, se burla de las autoridades impotentes y de todos nosotros. Se burla no sólo de sus “adversarios” sino de sus propios seguidores, obligados a defender lo indefendible. Periodistas venales, como la dupla Páez-Delgado, simulan creer que la diferencia de 30 puntos de Sheinbaum sobre Gálvez es real. Ven cómo el presidente viola la ley al emprender una campaña sucia contra la candidata opositora (que incluye la exhibición de documentos obligadamente confidenciales), de una forma abierta y grosera, y voltean la mirada para otro lado. Fingen que vivimos en un Estado democrático. Simulan no ver los miles de espectaculares, bardas y revistas de propaganda.
Vivimos en México. La mayoría de los índices internacionales que miden la democracia en el mundo señalan que la nuestra ha retrocedido varios puestos. En el mundo se nos ve como un gobierno autoritario, como una democracia fallida que genera más muertes violentas que los países en guerra. La transición política que inició en 1997, cuando el PRI perdió la mayoría en el Congreso, quedó trunca. La “nueva democracia” mexicana se parece mucho, curiosamente, a la dictadura perfecta del viejo PRI. López Obrador se ha encargado de restaurar el modelo. Se acabó el dedazo, afirma. Y enseguida organiza una serie de encuestas a modo para validar su decisión de que sea Claudia Sheinbaum la que lo suceda. Ya no más dedazo, ahora lo que tenemos es un dedazo disfrazado de encuestas. ¿Quién afirma esto, la oposición? No, lo dice con todas sus letras un alto cuadro de Morena que hasta hace unas cuantas semanas fungía como canciller. Los resultados de las encuestas se sabían antes de que concluyeran las consultas. No lo afirma Xóchitl, lo señala Marcelo Ebrard. Sí, practican el fraude interno, ¿qué podemos esperar de las elecciones federales sino un fraude de Estado?
Una contienda corrupta. Un proceso manchado. La guerra sucia ahora la encabeza el presidente y lo hace de frente a todo el mundo. No hay nada que esconder. Aquí se viola la ley. Aquí el proceso electoral es una burla. Las encuestas se manipulan previamente. La democracia mexicana, hoy, es un mal chiste.
Si la oposición quiere participar en este juego, se nos dice, tiene que aceptar —como Ebrard— todas las trampas y simulaciones. Aceptar, por ejemplo, los resultados de una encuesta que le da 30 puntos de ventaja a la candidata del presidente. No estamos en Suecia, estamos en México y aquí la única democracia que existe, la dicta el capricho del presidente. Para 2024 planean el asalto, justificado con votos sucios, del Poder Judicial. Para que la arbitrariedad no tenga diques. Para legalizar los abusos. Pobre de este país si no impedimos que eso ocurra.