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Más y más democracia

La democracia no se agota con el voto. No sirve de mucho tener libertad para votar si el Estado y las instituciones que lo conforman no son democráticas.

El populismo nace como resultado de una crisis de representatividad de los partidos políticos. Una casta política se adueñó de ellos. Los ciudadanos, al no sentirse representados, buscaron nuevos cauces para participar en las decisiones colectivas y el populismo se las ofreció. El líder carismático representa a las mayorías que durante décadas fueron dejadas de lado. Si la oposición quiere ganar las elecciones sin modificar el viejo esquema, preservando a la casta partidista y pensando que la mayoría sólo sirve para votar, está pérdida de antemano. Se requiere, para ganar, una profunda revolución democrática.

Vicente Fox en el 2000 consumó la alternancia. Lo siguiente era reformar el Estado para construir instituciones democráticas, como ocurrió en España con el Pacto de la Moncloa. Reunir a la clase política y convencerla de la necesidad de una reforma democrática a fondo. No se hizo. En su lugar Fox pactó la transición con el PRI. Los grandes sindicatos corporativos no se tocaron a cambio de una transición incruenta. Valiéndose de las ventajas y padeciendo las rémoras del sistema autoritario que construyó el PRI, Fox gobernó sin pena ni gloria. No era un estadista sino un hombre frívolo al que sobre todo le preocupaba su popularidad. Calderón continuó por el mismo sendero. Gobernar sobre las ruinas del PRI. No podía convocar, en su caso, a todos los actores políticos para elevar desde esas ruinas una nueva construcción democrática porque la izquierda, estratégicamente, decidió darle la espalda para deslegitimarlo y basar desde entonces su apoyo social en el papel de víctima.

Lentamente se fueron creando nuevos andamiajes democráticos. Se fortaleció el órgano de transparencia. Se crearon durante el peñismo, quizá como consecuencia de la debilidad del presidente, instituciones que sirvieron de contrapeso al Ejecutivo. Pero nadie se atrevió entonces, y mucho menos durante el obradorato, a proponer una reforma de nuestra principal institución —anacrónica y antidemocrática—: el presidencialismo mexicano.

Durante los cinco años de gobierno de López Obrador hemos visto las consecuencias de no haber llevado a cabo una reforma democrática de nuestro sistema político. Con los fragmentos de las ruinas del PRI, López Obrador ha reconstruido el sistema semiautoritario que caracterizó a ese partido. Clientelismo, corporativismo, diputados y senadores levanta dedos, prensa amenazada. Uno tras otro López Obrador fue desmantelando los contrapesos al Ejecutivo. Prostituyó a la CNDH. En los hechos ha inhabilitado al INAI. Mediante ardides, trató de anular la autonomía del INE. Todos los avances en la construcción de un Estado democrático López Obrador los ha revertido. No tenemos, 23 años después de haber consumado la alternancia, un Estado más democrático sino uno más autoritario. La crisis de representatividad se resolvió tristemente en el liderazgo de un hombre muy limitado intelectualmente pero astuto. El viejo sistema político mexicano, de la mano de López Obrador, ha renacido de sus cenizas.

Xóchitl Gálvez, quien a mi parecer encabezará la oposición, pese al esfuerzo del presidente de tiznarla con calumnias, debe incluir dentro de su programa de gobierno una auténtica revolución democrática. Ofrecerle a la ciudadanía cauces reales de participación. En primer lugar, debe ofrecer una reforma de los partidos, para que vuelvan a representar a los ciudadanos. Brindar la oportunidad de crear partidos nuevos. Exigir democracia interna a los partidos. Elecciones primarias y debates. Sacudirnos la mala costumbre de elegir por encuestas: no se trata de gobernar por popularidad. Así lo ha hecho López Obrador y es cosa de ver en qué estado tiene la salud, la seguridad, la educación.

No sólo hace falta democratizar a los partidos. Como ocurrió en España luego de la muerte del dictador, debemos reformar las instituciones para volverlas democráticas. Es absurdo poner a votación a los miembros de la Suprema Corte, pero en otros países, como en EU, se votan a los jueces locales. Es indispensable volver a levantar los organismos autónomos como contrapeso al Ejecutivo. Y construir más. Crear un auténtico Estado democrático.

Es cierto que la democracia no se agota con el voto. No sirve de mucho tener libertad para votar si el Estado y las instituciones que lo conforman no son democráticas. El populismo nace de la insatisfacción de la gente por no poder participar en las decisiones de gobierno, de ser dejada a un lado. Este gobierno no abrió esos cauces, al contrario, volvió a piramidar la estructura del poder. Es una asignatura pendiente. Xóchitl Gálvez debe gobernar con una nueva mayoría, más activa y consciente. No se debe temer la participación de la gente, todo lo contrario. Nos lo confirma el presente: este país no necesita soluciones autoritarias sino un nuevo Estado democrático. Necesita más y más democracia.

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