Hay muchas maneras de hacerlo. Se puede, como hizo López Obrador, elegir los precandidatos que él quiera, darles carta blanca para utilizar dinero público y privado de sospechosa procedencia y permitirles que recorran el país haciendo proselitismo ilegal. Finalmente él elegirá al que considere más dócil, al que jure continuar su legado y proteger a su familia. Se trata de una reedición del método del tapado. Un mecanismo opaco, antidemocrático y autoritario.
Se puede también reeditar el mecanismo que el PAN empleó en 2017. El presidente de ese partido (Ricardo Anaya) utilizó su cargo para desplazar a sus rivales, para obligarlos a renunciar (como ocurrió con Margarita Zavala) y autopostularse como candidato. Se le conoce como el método Ricardo III: descabezar a todos tus amigos y enemigos para hacerte con el poder. El método, a la luz de sus resultados, fue desastroso. En vez de sumar, dividió; en lugar de abrir el partido, lo cerró. Un mecanismo cupular y vertical.
En 2017 para autonominarse López Obrador recorrió un camino arduo. Fundó su propio partido para que nadie osara disputarle la candidatura. Él se postuló, él diseñó su campaña, él debatió con su espejo y, finalmente, él se eligió candidato. Curiosamente, en el partido del pueblo sólo importa la voz de uno. El método autocrático es, huelga decirlo, el menos democrático.
Para elegir candidato se puede integrar una asamblea y manipularla. Se puede tomar una decisión cupular “en lo oscurito”. Se pueden inventar encuestas para manejarlas tras bambalinas. Pero sin duda la mejor manera para elegir candidato es mediante debates y elecciones primarias. No hay misterio en esto: la democracia interna como elemento indispensable para la democracia hacia el exterior.
Para 2024 Morena eligió el camino del Gran Encuestador. Se simulará la contratación de encuestadoras. Se simulará que se atiende el resultado de las encuestas. Finalmente, sólo contará la encuesta que el propio López Obrador se haga a sí mismo. Si uno de los precandidatos se insubordina ante el resultado López Obrador lo llamará traidor y será anatemizado. Maldición eterna a quien ose rebelarse.
Faltando menos de un año para la elección presidencial la oposición no tiene candidato. Quizá haya sido mejor así. López Obrador lo habría tachado de neoliberal y corrupto un día sí y el otro también en sus mañaneras. Habría soltado ya a su jauría digital para calumniarlo en las redes. Quizá Gertz Manero habría ya inventado cargos falsos para perseguirlo (como Peña Nieto hizo con Ricardo Anaya). Cuitláhuac García habría enviado a que gente cargando ataúdes soltaran amenazas de muerte frente a la casa del candidato. Desde el poder se habría hecho todo para aplastar esa candidatura rival.
Ya no alcanza tampoco el tiempo para que la oposición organice elecciones primarias, ni entre sus militantes, ni mucho menos una elección abierta a la sociedad. La dirigencia panista se ha distinguido por su mezquindad. Prefieren perder y seguir con el control del partido a arriesgarse a postular a un candidato atractivo que pueda poner en riesgo sus prebendas partidistas.
¿Qué hacer? En primer lugar forjar lo más pronto posible una alianza entre el PAN, la parte menos dañada del PRI (ya despunta un Frente “ciudadano” escindido del PRI de Alejandro Moreno), Movimiento Ciudadano (ya sin pretextos de que no quiere asociarse al PRI), lo que queda del PRD y la sociedad civil. Sin participación ciudadana no podrá alcanzarse la victoria electoral.
En el tiempo apretado que queda, se puede organizar un proceso en el que participe todo aquel que reúna un conjunto de firmas (no un millón, con 10 por ciento de esa cantidad basta) recabadas con dispositivos electrónicos controlados por el INE. Además de las firmas un requisito fundamental sería que los aspirantes no fueran militantes o simpatizantes de Morena. Los que reúnan esos requisitos mínimos —militantes de los partidos de la alianza y ciudadanos— quedarían inscritos como precandidatos con derecho a participar en los debates para elegir candidato.
Se puede organizar un proceso de selección de candidatos a partir de una serie de debates. Los debates podrían ser calificados de forma automática y transparente en tiempo real por paneles especializados. Los participantes tendrían que comprometerse, si no son seleccionados, a no lanzarse a candidaturas independientes. Luego de una serie de debates el número de los contendientes podría limitarse a la mitad. Le seguiría otra serie de debates, que al final dejaría sólo tres precandidatos, que también debatirían, proceso que al final dejaría sólo un candidato. Una serie de debates que se extendería por nueve semanas, a razón de un debate semanal. El proceso provocaría una enorme expectación.
Este es un método. Debe haber muchos más. El tiempo se acaba. Una decisión cupular o la exclusión de la ciudadanía sería suicida. ¿O ocurrirá acaso como en 1976 cuando el candidato oficial fue el único en la boleta? No dejemos que eso ocurra.